Druidesas

Las mujeres de los druidas participaban de la consideración que se tenía a sus maridos y participaban como ellos, no solamente en los negocios políticos, sino también en los asuntos de religión. Había templos en las Galias donde estaba prohibida la entrada a los hombres, siendo las druidesas las que ordenaban y arreglaban todo lo concerniente a los sacrificios y demás ceremonias religiosas. Disfrutaban sobre todo de la reputación de grandes adivinas y, a pesar de que los druidas se mezclaban en augurios algunas veces, habían casi enteramente abandonado esta práctica a sus mujeres, bien sea por que fuesen más diestras, o bien por que poseyesen el arte de engañar mejor. Además de druidesas mujeres de los druidas, había de ellas que vivían en el celibato, tales eran las vestales de los galos. Otras, aunque casadas, vivían religiosamente en los templos que servían, excepto un día del año, que les era permitido juntarse con su marido. Una tercera clase estaba destinada a servir a las otras. Su principal empleo consistía en consultar a los astros, sacar los horóscopos, y predecir el futuro, comúnmente por la inspección de las entrañas de las víctimas humanas que ellas mismas degollaban. Estrabón nos ha conservado los pormenores de estas sangrientas ceremonias y del modo que se practicaban entre los cimbrios, descendientes de los antiguos celtas; en estas ocasiones dice: "Las druidesas se vestían de blanco, iban descalzas y ceñidas con un cinturón de cobre. Cuando los cimbrios habían hecho algunos prisioneros, estas mujeres corrían con las espadas desnudas, arrojaban a éstos por tierra y los arrastraban hasta el borde de una cisterna, a cuyo lado había una especie de tarima sobre la cual se colocaba la druidesa que debía oficiar. A medida que se le ponían delante estos infelices, les hundía en el pecho un largo cuchillo y observaba el modo como corría la sangre. Las otras druidesas que asistían a sus funciones, abrían los cadáveres, examinaban sus entrañas y sacaban predicciones que, comunicadas al consejo o al ejército, servían para dirigir las más importantes operaciones. Las de la última clase tenían sus asambleas nocturnas en las orillas de los estanques y pantanos. Allí consultaban a la luna y practicaban muchas ceremonias supersticiosas que les atraían el desprecio del pueblo. Las druidesas, en general, eran aún más respetadas entre los germanos que entre los galos. Los primeros nada emprendían de importancia sin haberlas consultado porque las creían inspiradas; y aún cuando estuviesen ciertos de la victoria, no habrían osado presentar la batalla si las druidesas se hubiesen opuesto a ello. Se ha buscado cual podía ser el origen de la gran veneración que inspiraban estas mujeres y tan sólo puede conjeturarse que los germanos, lejos siempre de sus hogares por sus continuas expediciones militares, confiaban a su cuidados los enfermos y heridos; que estas mujeres, en la carrera de sus penosas ocupaciones, tuvieron ocasión de estudiar las virtudes de las hierbas y las plantas, de que se sirvieron en adelante para obrar cosas que parecían prodigios; y finalmente que unieron a estos conocimientos las observaciones sobre los astros, el vuelo de las aves, el curso de los ríos, por medio de los cuales, muchas llegaron a hacerse pasar por inspiradas, queriendo la casualidad que se verificasen. Ver, Druidas.
 
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