Drímaco

En otros tiempos, los habitantes de la isla de Quíos fueron los primeros en comprar esclavos, lo cual les acarreó la cólera de los dioses. Gran número de sus esclavos consiguieron huir y se establecieron en la montaña, de donde bajaban periódicamente a saquear las tierras de sus antiguos amos. Su jefe era un tal Drímaco. Tras muchos combates, los habitantes concertaron una tregua con él, por la que, mediante el pago de un tributo, se comprometía a no volver a atacarlos. Pese a ello, los quiotas pusieron precio a su cabeza, de modo que Drímaco, cansado de vivir, persuadió a un joven a quien quería, de que le cortase la cabeza y cobrase el precio estipulado por los habitantes de la isla. Así se hizo; pero después de la muerte de su jefe, los esclavos reanudaron sus expediciones de pillaje. Entonces los habitantes de Quíos levantaron un santuario a Drímaco y le rindieron culto. Cuando alguien estaba a punto de ser víctima de alguna maquinación de sus esclavos, Drímaco se le aparecia y se lo advertía.
 
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