Betilo

o Batilo. Varios son los usos que se han dado y se pueden dar al término betilo. Pero para definir el concepto betilo en el mundo antiguo, lo más sencillo, y a la vez lo más correcto, es remitirnos a la etimología misma de la palabra. Existen tres corrientes de opinión acerca de la etimología de betilo: para algunos, incluyendo a ciertos autores griegos antiguos, viene de la voz bait'h "cabra o piel de cabra", en alusión a la piedra envuelta en piel que Cronos habría tragado en sustitución de Zeus. Otros defienden un origen preindoeuropeo de la palabra, que vendría a equivaler directamente a meteorito. Pero la mayoría opta por hacer derivar el término de la raíz semítica beit-el, que significa la morada del dios. Y uno de los lugares en los que con más claridad aparece la idea es, sin duda, el famoso pasaje del Génesis en que el Jacob, tras soñar con la escala que ascendía hasta el cielo, despertó de su sueño y se dijo: "Ciertamente está el Señor en este lugar y yo no lo sabía". Y atemorizado añadió: "¡Oué terrible es este lugar!. No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos". Levantóse bien de mañana, y tomando la piedra que había tenido por cabecera la alzó como memoria y vertió aceite sobre ella, y llamó al lugar Betel aunque la ciudad se llamó primero Luz. E hizo Jacob voto diciendo: "si el Señor está conmigo y me protege en mi viaje, y me da pan que comer y vestidos que vestir, y retorno en paz a la casa de mi padre, el Señor será mi Dios; esta piedra que he alzado como memoria será para mí casa de Dios, y de todo cuanto a mí me dieres te daré el diezmo" (Gén. 28:16-22). En efecto, un betilo no es, ni más ni menos, que la piedra habitada por la deidad, un liqoV emyucoV "piedra viva", siguiendo la definición clásica de Filón de Biblos, o, en palabras más matizadas, la representación anicónica de la divinidad que se venera como imagen de culto. El hecho de especificar que se trata de representaciones anicónicas y no simplemente de piedras, responde a una situación concreta: existen, claro está, betilos naturales, pero también betilos artificiales tallados por la mano del hombre, sin que por ello pierdan su carácter anicónico: es el caso, por ejemplo, de los betilos troncopiramidales o aquéllos en forma de columna. El betilo, por su propia naturaleza, posee dos características principales que lo colocan en una posición conceptual que podríamos calificar casi de ventajosa sobre las imágenes antropomorfas. Por un lado, sobre todo si el betilo es meteórico, como en el caso de Cibeles y Elagábal, implica la teofanía directa, es decir, la manifestación voluntaria de la divinidad, que escoge habitar un betilo concreto (con lo que, en este sentido, un betilo es más venerable, entre comillas, que una imagen icónica, que ha sido, al fin y al cabo, tallada, esculpida o pintada por alguien). Desde luego, los fenómenos asociados a la caída de betilos meteóricos son suficientemente espectaculares como para que la teofanía quede en el mundo antiguo fuera de duda. Para comprender mejor la situación, bien se puede tomar como ejemplo la descripción de la caída de un meteorito que se produjo al norte de Vladivostok el 12 de febrero de 1947: una bola de fuego cegadoramente brillante cruzó disparada el cielo soleado durante unos segundos. El brillo de esta bola era tan enorme que hacia daño a los ojos, y tras ella se formó una gigantesca cola de humo que todavía podía verse transcurridas varias horas, y tan densa que el sol se adivinaba como un pálido disco rojizo a través de ella. La desaparición de la bola de fuego estuvo acompañada de explosiones y truenos ensordecedores, como si muchos cañones hubieran sido disparados al mismo tiempo. Así pues, la imagen betílica meteórica llega por sí sola, y de una manera que deja bastante clara su condición de morada de una divinidad. Por otra parte, el aniconismo betílico en general, ya se trate de betilos meteóricos o de betilos artificiales, implica la no-representación voluntaria de la deidad, que se juzga demasiado poderosa para ser constreñida a una representación icónica. Con lo cual, los pasos que llevan al henoteísmo, a la consideración de esa deidad como superior a todas las demás, si quieren darse son, desde luego, mucho más cómodos que para el caso de las divinidades veneradas exclusivamente bajo forma antropomorfa, y por tanto limitada. El betilo no es una representación tosca o primitiva de la divinidad destinada a ser sustituida por las más evolucionadas imágenes icónicas. Un betilo no es un intento fallido de crear una imagen icónica; no es una versión pueblerina de la imagen antropomorfa, como una figurilla de Tanagra no es un ensayo de un Lisipo en horas bajas un día que se quedó sin mármol. Son cosas diferentes que conviven en un mismo marco para expresar ideas diferentes. El betilo, como hemos dicho, es una imagen de culto, y se le trata como tal; los betilos se visten, se bañan, se les presentan alimentos, se les saca en procesión cuando se tercia y se puede; en fin, se hace con ellos todo lo que se haría con una imagen antropomorta. Hoy en día siguen existiendo betilos en diferentes paises del mundo, y en algunos casos en lugares que no están tan alejados de nosotros. El mismo Evans fue testigo de la enorme perduración de este tipo de culto al visitar a principios de siglo un pequeño santuario turco. Algo más hacia oriente, aún podemos ver betilos, por ejemplo en la India, Indonesia o Japón. Y estos betilos contamporáneos no son fenómenos residuales ni pervivencias anacrónicas, sino elementos perfectamente integrados en los sistemas religiosos y cultuales de los que forman parte. Así, probablemente, los betilos seguirán presentes entre nosotros todavía muchísimo tiempo. )o(۩ LOS BETILOS DE CIBELES Y ELAGÁBAL Tanto el betilo de Cibeles como el de Elagábal eran de color negro y mostraban una serie de marcas de aspecto curioso. Pero, en realidad, esto no tiene nada de extraño si tenemos en cuenta que ambos fueron meteoritos. Para mayor exactitud, conviene puntualizar que hay meteoritos de composición pétrea, que son casi todos, y meteoritos de composición ferrea, que son pocos, además de algunos poquísimos casos de composición mixta pétreo-férrea. Dentro del grupo dominante, es decir, dentro de los meteoritos pétreos, nos encontramos con los meteoritos condritos (los que muestran en su estructura una serie de glóbulos, a veces sólo visibles al microscopio) y con los meteoritos no condritos, que, como su nombre indica, carecen de glóbulos en su estructura. No podemos saber con seguridad a qué clase de meteorito correspondieron los betilos de Cibeles y Elagábal, aunque si miramos las estadísticas, lo más probable es que fueran meteoritos pétreos condritos. Cibeles tenía un tamaño que casi podríamos calificar de standard para un meteorito, mientras el tamaño de Elagábal, más grande, es más infrecuente. Hemos de tener en cuenta que lo más normal es que los meteoritos pierdan una parte muy considerable de su masa, que queda vaporizada y transformada en polvo durante la caída a través de la atmósfera. En algunos casos, como por ejemplo el del meteorito checo de Pribram, caído en 1959, se estima que la pérdida de masa llega hasta el 96%. Otras veces el meteorito llega a desintegrarse por completo. Así, los casos de meteoritos grandes son raros, casi excepcionales, aunque los hay, como por ejemplo el de Kansas, caído en 1948, de una tonelada de peso. Pero en lo que respecta al color, la práctica totalidad de los meteoritos, ya sean pétreos o férreos, condritos o acondritos, presenta sobre su superficie una capa negra más o menos gruesa denominada corteza de fusión, que se forma a causa de la fricción que la atmósfera ejerce durante la caída. Así, no es raro que los betilos meteóricos sean de color negro, como muchas veces especifican las fuentes antiguas. En cuanto a las marcas que presentaban Cibeles y Elagábal, son con toda probabilidad lo que hoy los astrónomos denominan regmagliptos, del griego "fractura de la piedra", marcas que también se forman durante la caída del meteorito a través de la atmóstera a causa de una fusión irreguIar de la superficie. Además, esta caída a la Tierra dota en ocasiones a los betilos meteóricos de otra sus características más comunes: la forma más o menos ovoidea o cónica, rasgo que también comparten Elagábal y Cibeles. Esta forma característica de muchos betilos meteóricos está también seguramente detrás de la creencia en las famosas "piedras del rayo" o gemmae cerauniae, es decir, hachas pulimentadas neolíticas que, probablemente por su forma, se consideraban caídas del cielo. Estas gemas ceraunias no son en realidad betilos, pero su supuesto origen las dotaba de un aura sagrada y talismánica. El emperador Heliogábalo, como siempre original e interesado en todo lo que tuviera que ver con objetos caídos del cielo, hizo incluso tallar algunas piedras del rayo grandes para utilizarlas como platos. Pero la bajada del Cielo no es sólo importante para el betilo desde el punto de vista físico, sino, sobre todo, desde el punto de vista conceptual. En primer lugar, da movimiento al betilo, de forma que la capacidad de desplazarse se convertirá en una característica común a todos los betilos, sean o no de origen meteórico, e incluso llegará a asociarse a ciertos árboles, pues existe una íntima relación entre el betilo, el árbol y la fuente. Un bonito ejemplo de esta creencia en la capacidad de moverse a voluntad de los objetos caídos del cielo puede encontrarse en el episodio del traslado al Elagabalion del Palladio. Dicen las fuentes que el emperador, temiendo sin duda que la escultura escapase del templo, hizo que la atasen y la fijaran al suelo con cadenas de oro. También el betilo de Cibeles estaba investido de movimiento: según Dión Casio, a finales de la República la imagen se dio la vuelta para mostrar su desacuerdo con la campaña de Mutina, dirigida por el cónsul Pansa. Pero es sobre todo el origen celeste del meteorito, más que su trayectoria, el rasgo más destacado: para una imagen bajada del Cielo está clara la teofanía a la que se aludía al definir el término betilo; desde luego, como se veía al principio, la caída de un meteorito no es un fenómeno cualquiera. Así, el betilo ha caído a la Tierra desde una esfera superior, acompañado de toda una serie de ruidosos y espectaculares fenómenos. Para la mentalidad antigua, queda establecido de este modo un eje de comunicación entre Cielo y Tierra que, como señala Mircea Eliade, se relaciona directamente con el concepto de Axis Mundi, de Monte del Centro del Universo. Así, es lógico que gran número de divinidades veneradas bajo forma betílica sean divinidades asociadas a montañas. Ocurre con el propio Elagábal, cuyo nombre, como se explicaba antes, significa precisamente el Dios de la Montaña, y también con Cibeles, que, por lo general, es calificada de Madre del monte Ida, pero que en otros lugares se asocia a otras montañas. Así, por ejemplo, en la ciudad de Cicico la llamaban Dindimia y Lobrina, por los montes Dindimo y Lobrino, y el mismo nombre de Cibeles podría derivar de un monte llamado Kybela, según señala Diodoro. Hay además otros muchos casos de divinidades betílicas asociadas a montes, entre los que podemos escoger por ejemplo a Baal Hammon, que tal vez fue en origen el dios del monte Amano, junto al Orontes, sin que falten otras propuestas que incluyen la traducción de Hammon como brasero o santuario palatino. Esto no quiere decir, naturalmente, que todos los betilos hagan referencia a una montaña, ni que todas las divinidades de montaña se veneren bajo forma betílica. Pero la relación es ciertamente muy frecuente. En algunos casos curiosos, los atributos del betilo llegan incluso a hacerse extensivos a toda la montaña, como sucede probablemente en el caso chino de la montaña de Fei-lang Dong, cerca de Hangzhou, hoy cubierta de imágenes búdicas, y denominada precisamente Pico que Llegó Volando. Por otra parte, este concepto de eje de comunicación que comporta la caída del betilo meteórico potenciará en algunos casos el componente oracular que se aprecia en muchos cultos de carácter betílico, aunque conviene puntualizar también aquí que no todos los cultos con aspectos oraculares, claro está, se relacionan con betilos, y viceversa. Ambos casos, Cibeles y Elagábal, constituyen los dos máximos exponentes del culto betilico de origen meteórico en la ciudad de Roma. El betilo de Cibeles fue venerado en Roma en su templo del Palatino, no lejos del de Elagábal, el betilo del emperador Heliogábalo. La Gran Madre, Cibeles, fue la primera divinidad oriental en tener su propio templo en la ciudad. Se trataba de un edificio próstilo del que no nos ha llegado demasiado, y que ya sufrió en la propia antigüedad dos incendios, uno en el 111 a.C, y otro en el año 3 de nuestra era, siendo en esta última ocasión restaurado por Augusto. El basamento, que es de lo poco que todavía puede verse hoy, es probablemente el original del siglo II a.C., mientras que de la restauración que siguió al incendio del 111, se conservan fragmentos de opus quasi-reticulatum, y de la fase augustea las columnas de peperino. Más datos tenemos sobre la introducción del culto a Cibeles en la ciudad; de hecho, las circunstancias de su llegada, en el año 204 a.C., fueron bastante particulares. Según nos dice Tito Livio, "por aquellas fechas una repentina ola de superstición se extendió entre la población, pues se encontró en los Libros Sibilinos, consultados porque aquel año habían sido más frecuentes las lluvias de piedras, un vaticinio según el cual siempre que un enemigo extranjero llevase la guerra a suelo itálico se le podía vencer y expulsar de Italia si se trasladaba de Pesinunte a Roma a la Madre del Ida (..). Se decidió enviar como embajadores a Marco Valerio Levino, que había sido cónsul dos veces y había dirigido operaciones en Grecia, al ex pretor Marco Cecilio Metelo, al ex edil Servio Sulpicio Galba y a los dos antiguos cuestores Cneo Tremelio Flaco y Marco Valerio Faltón (...). Llegaron a Pérgamo a presencia del rey [Átalo]. Este acogió cordialmente a los embajadores, los llevó a Pesinunte, a Frigia, les entregó la piedra sagrada que a decir de los nativos era la Madre de los Dioses, y los invitó a que la llevaran a Roma (...). Y sigue Livio: Publio Cornelio [Escipión] recibió el encargo de salir a Ostia al encuentro de la diosa con todas las matronas; él la recogería de la nave, la sacaría a tierra y se la entregaría a las matronas para que éstas la portasen. Cuando la nave se aproximó a la desembocadura del Tíber, siguiendo las instrucciones recibidas él se trasladó hasta mar abierto en una embarcación, recibió la diosa de manos de los sacerdotes y la sacó a tierra. Se hicieron cargo de ella las matronas más distinguidas de la ciudad, entre las cuales es famoso el nombre de una sola, Claudia Ouinta: era dudosa su reputación hasta entonces, según cuentan, y este piadoso ministerio le dio fama de casta para la posteridad. (Livio se refiere a una matrona cuya reputación, efectivamente, estaba en entredicho, y que, según cuenta Ovidio, probó su castidad al desencallar, sólo con la ayuda de su cinturón, el barco de la diosa, que había quedado inmovilizado en una parte poco profunda del lecho del río). El historiador romano concluye así su relato: Mientras toda la población salía en masa a su encuentro y se colocaban inciensarios delante de las puertas por donde iba pasando, y quemando incienso le pedían que entrase en la ciudad de Roma con voluntad propicia, las matronas, pasándosela de mano en mano y relevándose, llevaron a la diosa hasta el templo de la Victoria, que está en el Palatino, la víspera de los idus de abril (11), fecha que se consideró festiva. El pueblo en masa acudió al Palatino a llevar ofrendas a la diosa, y se celebró un lectisternio [banquete ritual en el que también participaba la diosa) y unos juegos, llamados Megalenses. El betilo, pues, no debía de ser muy grande, porque si no hubiera sido imposible pasárselo de mano en mano. En realidad, por lo que sabemos y por lo que podemos deducir, debió de tener el tamaño aproximado de una cabeza humana. Además, en la superficie tenía una serie de marcas irregulares, que recordaban vagamente a un rostro. En principio fue colocado directamente en el templo, pero más adelante se decidió utilizarlo precisamente como rostro de una estatua de culto de la diosa, probablemente la misma que podemos ver hoy en el Museo Palatino. Hay que tener en cuenta también que el betilo era de color oscuro, negro o casi negro, cosa que, es muy frecuente en los meteoritos. Seguramente la estatua producía en Roma una impresión muy particular, con su rostro irregular y oscuro, sentada entre leones y rodeada de un ambiente ritual bastante poco convencional. Ovidio nos describe así las festividades de la diosa: ".... en seguida sonará la flauta berecintia de curvo cuerno, y serán las fiestas de la Madre del Ida. Avanzarán los eunucos golpeando los huecos tambores, y darán su tañido los címbalos de bronce que entrechocan. A través de las calles de Roma, la diosa será portada en procesión sobre las nucas afeminadas de sus sirvientes, en medio de los aullidos de los fieles. La escena resuena, llaman los juegos: acudid al espectáculo, romanos, y que los foros se vacíen de sus litigios". Y Lucrecio añade: "Llevada por las urbes, [Cibeles] derrama silenciosa su muda bendición sobre los mortales; se tapizan de bronce y plata todas las calles de su recorrido; se le presentan abundantes ofrendas, y una lluvia de rosas cubre de flores a la Madre y su comitiva. Mientras, el grupo armado que los griegos llaman Curetes Frigios, pues celebran justas entre sí, saltan al compás, alegrándose ante la sangre, y balanceando la cabeza agitan los penachos amenazadores.
 
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