Señora de la Turquesa

El templo de Hathor, Señora de la Turquesa, está situado en el corazón montañoso de la Península del Sinaí, sobre la meseta de Serabit el-Jadim. Es difícil sustraerse a la magia de Serabit el-Jadim. Los meteoros han erosionado las montañas esculpiendo sus laderas con caprichosas formas que sugieren figuras fantásticas. El viento ha dejado al descubierto los veteados perfiles de diferentes capas minerales, donde se dan cita todos los colores del arco iris, y las montañas de la turquesa se adornan con cientos de terrazas redondeadas que evocan misteriosos cultivos en bancales, petrificados por algún extraño hechizo. El acceso a la meseta por el lado oriental es espectacular. La profundidad de los precipicios, excavados por la erosión de las aguas torrenciales en los desérticos uadis, sobrecoge el ánimo. Las fuerzas telúricas parecen concentrarse y mostrar su potencia en ausencia de todo rastro de vida vegetal. La impresionante belleza del lugar envuelve al que llega, haciéndole sentir que está en un lugar sagrado. En un escenario así no debió resultar difícil para los antiguos egipcios identificar a sus dioses en las fuerzas cósmicas que, previsiblemente, habitaban el lugar. Así, el dios Gueb, el dios de la tierra, guardaría celosamente la hermosa turquesa que Hathor regalaba a su hijo, Faraón, Señor del Doble País. Por tanto, era el rey, presente o representado, quien recogía la turquesa alojada en las entrañas del dios Gueb. Sólo él podía hacerlo. El templo se sitúa en lo alto de una meseta que domina un entorno de valles, uadis, torrenteras secas y desiertos arenosos. Se orienta desde el este hacia el oeste. Los speos están construidos aprovechando una pequeña colina en la parte más oriental de la meseta. En opinión de Petrie, la situación del templo, en un lugar elevado, y la existencia de determinados elementos mobiliarios de culto, tales como tres tanques de agua que él consideró debieron usarse para las abluciones de los fieles, y de piedras cónicas, que interpretó como altares donde hacer sacrificios o quemar incienso, harían pensar que se trata de un templo egipcio adaptado para cultos de dioses de naturaleza semita. A dos de estas salas que contenían tanques de piedra, rectangular en un caso y redondo en otro, Petrie las llamó Hanafîya, tal y como se denomina en el Islam la zona de las abluciones. Pero no hay que olvidar que en los rituales egipcios también estaba prescrita la realización de abluciones como acción previa a casi todas las ceremonias. En el conjunto, tal y como se presenta hoy a la vista del visitante, se pueden distinguir dos áreas diferenciadas: un largo pasillo compuesto por una sucesión de salas orientadas en dirección sudoeste-noreste, al fondo de las cuales, insertadas en la colina, hay dos cuevas artificiales; dos speos que sirvieron de santuarios del conjunto templario. Ligeramente desplazados respecto al eje principal, y al norte del mismo, se encuentra otro eje, cuya construcción más significativa es la Capilla de los Reyes. El lugar más sagrado y más importante del templo era el speos de Hathor, Señora de la Turquesa. En la actualidad presenta un estado desolador y ruinoso. Un cartel de la Organización Egipcia de antigüedades, colocado a la entrada de la cueva, prohibe la entrada y avisa del peligro. Muy probablemente, el lugar donde se custodiaba el valioso mineral, la cueva de Hathor, en lo más recóndito del conjunto templario, era el lugar donde se operaba la entrega ritual de la apreciada turquesa al faraón. Los nichos existentes en el interior del speos debieron servir para guardar los ""panes de turquesa"", resguardados del sol y conservando el grado de humedad necesario, garantizado por la temperatura estable de un lugar subterráneo. El templo de Hathor, Señora de la Turquesa, está concebido, igual que la mayoría de los templos egipcios, como algo vivo, que crece y se extiende continuamente. La parte más antigua es el speos de Hathor, que data de comienzos de la Dinastía XII. Cada jefe de expedición deja su huella en el recinto templario. Algunos, como es el caso de Ptahur, Canciller del Dios y Superintendente en Jefe del Tesoro, tiene la oportunidad de realizar diferentes expediciones y llega a transformar radicalmente el templo. Efectivamente, Ptahur dirigió su primera expedición en el año 45 de Amenemhat III, último de este rey, y continuó haciendo nuevas expediciones con su sucesor. Amplió de manera notable la Capilla de los Reyes. Cada expedición erigía una estela. Se diría que el templo es un enorme almacén de estelas, pero de un tipo bastante original. Son rectangulares y extraordinariamente altas y estrechas, con la parte superior redondeada. Es difícil encontrar paralelos a estas estelas en Egipto. La altura máxima es de 3'5 m y, generalmente, están inscritas por los cuatro lados. Esto podría indicar que fueron construidas para ser situadas en lugares suficientemente amplios como para poder circular alrededor de ellos. Pero ni siquiera es posible asegurar esto último. La atribución de capacidades mágicas a las representaciones, una vez que sobre las mismas se había realizado un ritual del tipo de los de ""Apertura de la Boca"" hacía innecesaria la continua presencia de transeúntes que ""revitalizaran"", con su presencia, el acontecimiento. Los textos grabados nos transmiten una gran cantidad de información, desde los conocimientos tecnológicos relativos al manejo del mineral, hasta la productividad diaria de los hombres en relación con la extracción de la turquesa o la localización de un punto de agua, la llegada de un enviado del rey, la duración de la misión, las raciones del equipo, etc. Ouizás la información más original es ver reflejado en las estelas la lista completa de los miembros de la expedición, algo bastante inusual en el Antiguo Egipto. El lenguaje es grandilocuente, del tipo ""yo he hecho más que nadie"", refiriéndose a la cantidad o la calidad del material, en un estilo propio de la fraseología en los monumentos egipcios. La erosión eólica ha causado verdaderos estragos en la cara oriental de las estelas, haciendo desaparecer textos y representaciones. El templo, como cualquier templo egipcio es, por definición, la ""casa del dios"", en este caso la diosa Hathor. Además, bajo una advocación concreta: Señora de la Turquesa. Su nombre se encuentra asociado a los elementos arquitectónicos más antiguos del templo y, en la Capilla de los Reyes, se dice explícitamente: ""la casa de la diosa Hathor, Señora de la turquesa"". Los relieves más significativos los encontramos en la Capilla de los Reyes, donde podemos ver a la diosa Hathor ""visitando"" a Ptah, que está de pie en su nao característica. En ocasiones hay estelas dobles, orientadas hacia el oeste, dedicadas a Hathor y a Ptah, en las que el oficiante se dirige hacia el norte para hacer ofrendas a Hathor y hacia el sur para hacer ofrendas a Ptah, lugares donde se encuentran, respectivamente, los speos de los dos dioses. Pero en este conjunto templario hay, además, toda una pléyade de dioses que describiremos sucintamente. El dios Ptah, a quién ya nos hemos referido, se convierte en el Imperio Nuevo en el dios tutelar de las expediciones que parten hacia las minas del Sinaí. La mención más antigua está en la estela 136, colocada por Inen, y es del año 11 de Amenemhat III. La estela 100, correspondiente al año 20 del mismo rey, está dedicada por Ptahanj a Ptah. El speos sur, construido con posterioridad al speos de Hathor, parece estar dedicado a Ptah durante el Imperio Medio. Una magnífica estela, la 114, colocada por Anjren a la entrada del santuario, identifica perfectamente a este dios. En Serabit el-Jadim es muy frecuente la presencia de dioses propios de la frontera del desierto oriental. La estela 122, erigida por el Canciller del Dios y Superintendente en Jefe del Tesoro, Djaf-Horemsaf, en el año 9 de Amenemhat IV, es en honor de los dioses Jenty-Jéty y Soped. Djaf dedica la estela 119 a un dios tan local y poco frecuente como el dios Nemty, cuya iconografía es muy semejante a la del dios Seth. El dios Thot tuvo aquí una gran importancia, en este caso relacionado con el culto a la luna. Es el dios egipcio que primero se documenta en el Sinaí, concretamente en una estela con la representación de una masacre ritual de enemigos del rey Jufu. Su presencia es especialmente importante en Serabit el-Jadim durante el Imperio Nuevo. De esta época se ha encontrado, y se conserva en el templo, una magnífica estatua del dios bajo la forma de babuino sentado, con una representación de la luna en cuarto creciente sobre su cabeza. La estatua es del reinado de Amenhotep III, y en los textos (217) grabados en ella se define a Thot como ""Señor de Hermópolis"". También recibieron culto reyes divinizados, como Esneferu, padre del faraón Jufu. Su prestigio era enorme. Tanto que, cuando los jefes de expedición querían magn¡ficar el resultado de su trabajo, solían comparar sus logros a los obtenidos en tiempos de Esneferu. Este rey aparece indistintamente como divinidad a la que se hacen ofrendas y como rey haciendo ofrendas a los dioses. Soped es el ""Señor de los Países Desérticos"", como se pone de manifiesto en la los textos que Renefinpu mandó grabar en la estela 115. Su iconografía aparece en Serabit el-Jadim de forma diversa según el contexto, a veces como un halcón momificado con las plumas de avestruz sobre su cabeza, a veces como un hombre en actitud de marcha, igualmente coronado por las plumas de avestruz. Es el ""Señor del Este"" y tiene una fuerte presencia en la frontera oriental, donde se han encontrado abundantes restos arqueológicos, especialmente del Imperio Nuevo. Es un dios propio de una zona con fuerte presencia semita. La localización en el speos del sur de una estela con el nombre de Soped y los conos de piedra que Petrie indicó encontrados en este speos, hizo que se atribuyera el mismo como dedicado al dios Soped, adscripción que ha sido contestada por otros arqueólogos. En la estela 122, datada en el año 9 de Amenemhat IV, el dios Soped recibe del rey Esneferu dos vasos redondos conteniendo vino. Otro dios, cuyo lugar principal de culto está cerca del Sinaí, concretamente en Athribis, es Jenty-Jety. Aquí lo encontramos en representaciones antropomorfas, con cabeza de halcón y tocado por un disco solar y dos plumas de avestruz. En la estela 122 se le denomina ""Señor de Athribis"". El rey está realizando el rito de ""saludar por medio del vaso nemset"". El dios Gueb ocupa un lugar importante en el mito de la turquesa. Gueb es la tierra y, por tanto, poseedor de lo que los egipcios venían a buscar a Serabit el-Jadim. Su presencia es muy ostensible en la Capilla de los Reyes, donde podemos ver, al menos en dos representaciones, el naos de Gueb. Es un relieve de finales del reinado de Amenemhat III, donde se evoca la transmisión de caracteres divinos del poder monárquico. En la Capilla de los Reyes está la representación del naos de Gueb como un cuadrado que tiene, en la parte superior, dos ojos acicalados (al estilo egipcio), separados por el signo chen. En la parte inferior hay tres signos nefer. Todo ello coronado por un friso de jakeru. En el Imperio Nuevo la presencia del dios Amón-Ra, el gran dios imperial, es patente en todo el complejo templario. La figura del faraón, aparece en los monumentos egipcios ""...actuando como protector invencible de Egipto o como oficiante ante los dioses, cumpliendo su papel de intermediario entre los hombres y el orden divino"".

Dado que el faraón era el único interlocutor con los dioses, en ausencia del mismo era el jefe de la expedición quien oficiaba los ritos en su nombre. Sólo en algunos casos se observa una mayor profesionalidad en la función sacerdotal, como en el de Sanefert, a la sazón Sacerdote en Per-Neser y Superior de los Secretos de Per-Ur. Los jefes de expedición dejaron en este lugar, no sólo testimonios de su paso, sino lo que era más importante para ellos, auténticos mecanismos de culto para alimentar eternamente el espíritu del personaje. Este es el caso de la estela 93, levantada por Ameny-Sechen, Canciller del Bajo Egipto y Brazo Derecho del Intendente en Jefe, en el año 15 de Amenemhat III. Está situada en el patio P, frente al speos de Hathor. En ella podemos ver cómo la cara oeste está dedicada a fórmulas de ofrendas y escenas de banquetes funerarios. La presencia de estelas con motivos de carácter funerario en las que aparece el interesado y su familia, con la intención de beneficiarse de los rituales que se desarrollan en el templo, a semejanza de los de Abydos, presupone la atribución al lugar de un carácter sacro, más allá del puro yacimiento de turquesas. En la estela 105, levantada el año 30 de Amenemhat III, se hace mención al Canciller del Bajo Egipto Ameny y también a su hijo, el Canciller del dios y Mayordomo Nehy. En el lado norte de la estela podemos ver la lista de los miembros de la expedición. La mención de los miembros de la familia es algo a destacar, dada la ubicación de las estelas en un medio oficial. Por tanto, hay que presuponer que era una prerrogativa otorgada por el rey. Este puede ser el caso de Sanefert, que hace representar a su madre y a su hermana sobre la estela 112; o de Ameny, que además hace representar las ya comentadas escenas del banquete funerario. No obstante, hay que señalar que los funcionarios destacados en los territorios alejados, como las minas del desierto, los oasis o en territorios extranjeros, disfrutaban de ciertos privilegios derivados de ser la única autoridad que representaba al rey. Las inscripciones de personajes vivos que se declaran justificados, hemos de entenderlas como una previsión para cuando esto ocurriera. Las llamadas de atención a los vivos y las escenas de banquetes funerarios deben tener necesariamente este sentido: es una previsión para un futuro inevitable y una magnífica oportunidad para aprovechar un contexto cultual en el que eran la autoridad indiscutible por delegación del rey. El Director del Bajo Egipto Inen levantó una estela (la 136) en la Capilla de los Reyes, y al pie de la misma situó una bellísima mesa de ofrendas de piedra, que tiene la forma del signo jeroglífico hotep (ofrenda) y en la cual han quedado esculpidos, para que nunca falten en esta mesa de ofrendas, panes y dos jarras de agua del tipo heset. Unos canales, finamente esculpidos en la pieza, permiten dirigir los liquidos de las libaciones sobre la mesa. Colocada el año 11 de Amenemhat II, Inen pide a los vivos que pasen por allí, aquello que era tan importante para los egipcios: que le recuerden, que su memoria no quede en el olvido, para poder seguir viviendo eternamente. Sobekjerheb dejó grabado el siguiente mensaje para las generaciones venideras: ""Oh vosotros que vivís sobre la tierra y que llegáis hasta esta región minera, si vosotros (deseáis que) vuestro rey viva mucho tiempo para vuestro bien, que vuestros dioses os guarden en estima, y volver (a vuestra casa) en paz, decid: ""Un millar de panes, jarras de cerveza, piezas de ganado, aves, incienso y mirra y todas las cosas de las cuales vive un dios ' para el Ka del Superintendente del Tesoro, Sobekjerheb, ique viva siempre l"". En las estelas nos legaron una valiosísima información acerca de sí mismos y de su época. En la estela 93 de Ameny-Sechen, entre sus títulos destaca el de Infante Real, y su madre, que aparece citada en varias ocasiones, es calificada de ""oriental"", lo que indica que podría ser una princesa siro-palestina del harén de Amenemhat III, y nos habla del tipo de relaciones políticas existentes con esta conflictiva zona. Los rituales que se desarrollaban en el templo, a juzgar por lo que vemos en relieves y estelas, eran de diferente tipo. Quizás la más representativa del lugar es la de la ofrenda de panes de turquesa, de la que tenemos abundantes testimonios. En ella aparece el rey haciendo la ofrenda, pero también vemos a los ancestros, como Esneferu, en el Imperio Medio y, en ocasiones, directamente el Canciller del Dios, como es el caso de Sanefert. Otras ceremonias se refieren a la entrega de objetos rituales a la divinidad, como en la estela 112 colocada por Sanefert en el pórtico del Santuario, en la que se hace entrega a Hathor de telas o vestidos para su estatua, un sistro, un menat, un vaso conteniendo lapislázuli y un jarro de alabastro lleno de ""insignias de la realeza"". Eran muy frecuentes también los objetos de fayenza, especialmente en el Imperio Nuevo. Lógicamente, durante el tiempo que permanecían los expedicionarios en el lugar, debieron realizarse los rituales diarios de ofrendas de alimentos y purificación. Y ello no solamente a Hathor, sino a todos los dioses significativos del lugar, como podemos ver en la estela 122, ante los dioses Jenty-Jety y Soped.Los yacimientos mineros del Sinaí fueron explotados por el estado faraónico desde los comienzos de la era dinástica. Las inscripciones más antiguas corresponden a faraones de la Dinastía III, como Dyeser (Necherjet), Sanajt o Sejemjet, encontradas en el Uadi Maghara, un lugar con abundantes filones de cobre relativamente próximo a Serabit el-Jadim, que eran explotados mediante túneles o cuevas, dejando un paisaje característico que recoge la toponimia árabe local (Maghara = cueva). El progresivo agotamiento de los filones del Uadi Maghara empujó a las sucesivas expediciones a buscar nuevos yacimientos, desplazándose hacia Serabit el-Jadim. Esto ocurrió, probablemente, durante el reinado de Esneferu, fundador de la Dinastía IV, ya que los jefes de antiguas expediciones insisten, de manera recurrente, en sus inscripciones, en el patronazgo de aquel rey. Sin embargo, paradójicamente, no se han localizado fuentes epigráficas o arqueológicas contemporáneas de este rey, que indudablemente quedó asociado al templo, puesto que es objeto de culto y aparece en los relieves de la zona, en épocas posteriores, como uno de los reyes ancestros del lugar. El objeto fundamental de las expediciones faraónicas al Sinaí era la obtención del metal más utilizado por los egipcios: el cobre. También obtenían allí un compuesto de cobre muy apreciado y utilizado en la joyería egipcia: la turquesa. Los bellísimos brazaletes aparecidos en el brazo momificado del rey Dyer, en su tumba de Abydos, tienen en común el oro y la turquesa, y uno de estos brazaletes, el que nos ha permitido identificar al rey, está compuesto por piezas que representan su nombre de Horus, alternativamente en oro y en turquesa. Este rey, cuya tumba fue identificada con la del dios Osiris, fue el tercer rey de la primera dinastía. La turquesa es una gema de un bellísimo color azul celeste, muy apreciada desde la antigüedad y usada en la elaboración de joyas. Está compuesta de un fosfato hidratado de aluminio y cobre. Cuando hay hierro en el entorno geológico, como en este caso, parte del aluminio puede ser sustituido por este otro metal. Es de una dureza extraordinaria, y resulta muy difícil de rayaría. Otra característica de esta gema es su brillo de cera, que permite unos bellísimos acabados una vez pulimentada. El color azul es una consecuencia de la presencia de compuestos de cobre. Cuando contiene hierro el color de la gema adquiere un tinte más verdoso.

Es un mineral inestable, muy sensible al calor y a la luz del sol, que alteran sus propiedades haciendo que se deshidrate y virando a un color verde. Por ello, las expediciones debían realizarse preferentemente en invierno. Así nos lo hace saber el Canciller del dios Horurrá, haciendo gala de sus conocimientos técnicos, en la estela 90. La justificación ideológica que asociaba la propiedad de la turquesa al rey, porque ese era el deseo de los dioses, da lugar al mito de la turquesa. En la Capilla de los Reyes ha quedado una de las versiones (texto 124 B) más completas acerca del mito de la turquesa, correspondiente al reinado de Amenemhat III: ""Las montañas nos traen lo que ellas encierran para el rey del Alto y Bajo Egipto Ny-Maat-He, vivo para siempre. Ellas la colocan bajo su autoridad, como un legado de su padre Atum; ellas le dan toda la turquesa escondida en la tierra, la antesala de Gueb"". Igualmente, en el Imperio Nuevo, el mito permanece, si bien se explicita más en relación con Tachenen. En la estela 196, de la época tutmósida, se dice: ""Las montañas traen lo que ellas encierran; Tachenen da lo que se encuentra en él...."". Hemos de suponer que este mito es de origen heliopolitano, habida cuenta de los dioses que intervienen en él: Atum, su ""nieto"" Gueb y, en la medida que le corresponde, Tachenen, el interior de la tierra, asociado a Ptah hasta confundirse como Ptah-Tachenen. Los mineros extraían el mineral ayudándose de grandes cinceles de cobre o de bronce, según las épocas. Era necesaria la presencia de herreros para el mantenimiento y la puesta a punto de las herramientas y, en su caso, la elaboración de otras nuevas si fuera preciso. La forma de explotación era mediante túneles, que seguían los filones de turquesa. Dejaban pilares para prevenir posibles derrumbamientos en los largos túneles, que llegaron a alcanzar 67 metros de longitud. Cada expedición debía montar su campamento, generalmente cerca del filón que habían elegido explotar. La apertura de una exitosa nueva galería de mina era celebrada, y se dejaba constancia conmemorativa, grabando una inscripción dedicatoria. Las rutas que utilizaron las expediciones para llegar a las Terrazas-de-la-Turquesa pudieron ser diversas, incluyendo la vía marítima a través del Mar Rojo, aunque la más frecuente debió de ser la que alcanzaba la península desde el Nilo a través del Uadi Tumilat, hasta llegar al Golfo de Suez y, en dirección Sur, llegar a algún punto próximo en la misma latitud que los valles donde se encontraban los yacimientos de los minerales buscados: Uadi Maghara, Uadi Jarit, Uadi Nasb, etc. A juzgar por los restos encontrados, la meseta de Serabit el-Jadim pudo ser objeto de más de cien expediciones. Aproximadamente cincuenta durante el Imperio Medio y otras tantas en el Imperio Nuevo. La duración de la expedición solía oscilar entre uno y tres meses. En la entrada de las minas es frecuente encontrar el nombre de las mismas y quién las ha abierto: ""Galería [llamada] ""Contemplar la belleza de Hathor""; abierta por el Canciller del Dios, Superintendente del Gabinete, Director del Bajo Egipto, Sanefert, justificado, y el Director de Cuadrilla Iuki, justificado"". Las minas y canteras no eran objeto de explotación permanente. Los reyes organizaban expediciones a las Terrazas-de-las-Turquesas, cuando las necesidades del país lo requerían, y estas expediciones tenían el carácter de una misión de estado, poniéndose al frente de las mismas un alto cargo de la administración faraónica. El rey entregaba al alto funcionario un mandato concreto, que en algunos casos se ha conservado grabado en magníficas estelas de piedra sobre el solar del templo. La estela 90 recoge, en la parte superior de la cara occidental, uno de estos mandatos, concretamente el que, en el año 6 de su reinado, el rey Amenemhat III entregó al Canciller del dios Horurrá, ordenándole ir a aquel lugar para recoger la piedra considerada preciosa y llevarla hasta su Majestad. Los jefes de expedición eran responsables últimos del éxito total de ésta, por lo que, una vez conseguidos sus objetivos, dejaban documentada prueba de su labor, en un lenguaje envuelto de ritualismo. Así, en la estela 112, podemos ver al Canciller del Dios Sanefert, ofreciendo el ""pan de turquesa"", una figura cónica parecida a un panecillo egipcio, que representaba un montoncito del mineral extraído y que eleva en sus manos en dirección al speos de la diosa Hathor. Los títulos que portan los responsables de las expediciones, todos ellos personas muy próximas al rey y en la esfera de la administración económica, indican hasta qué punto eran cuidadosamente elegidos estos enviados reales. Ellos, además, representaban al rey para oficiar en su nombre los ritos que habían de realizarse en el templo. El título que vemos repetido con más frecuencia es el de Canciller del Dios, como por ejemplo en la estela 112 del Canciller del Dios Sanefert, que también ostentaba los títulos de Superior de los Secretos de Per-Ur, Sacerdote en Per-Neser, Superintendente del Gabinete y Director del Bajo Egipto. El titulo de Canciller del Dios parece referirse, tanto a un mandatario del rey, como a un representante de un templo de un dios importante. No obstante, el contexto en el que aparecen estos títulos indica, más bien, que están refiriéndose al carácter divino del rey de Egipto. Los hombres que componían la expedición no eran ni serán ya gente anónima. La lista de miembros de la expedición nos describe uno a uno quienes la componían, como podemos ver en la estela 85. Regresar con todos los miembros del equipo sanos y salvos era para los jefes de expedición un mérito tan importante como regresar con la cantidad de mineral ordenada por el rey, y así lo hacían constar. Evidentemente, para el rey eran muy importantes los hombres, muy bien escogidos, que enviaba al desierto. En la cara oeste de la estela 92, del año 13 de Amenemhat III, podemos ver la lista nominativa de los miembros del equipo integrantes de esa expedición. Estas listas también podían aparecer en un lateral de la estela, como es el caso de la estela 105, donde Nehy hizo grabar la lista que aparece en el lado norte del monumento. Además, entre los miembros de los equipos se observa la frecuente existencia de antropónimos teóforos propios de la zona del Delta, lo que hace suponer que éstos se formaban fundamentalmente con personal reclutado en estas ciudades, próximas, por otra parte, a la antigua capital, Menfis. Esto tiene mucho sentido, teniendo en cuenta que el material para que los artesanos desarrollen su producción y su manejo requiere unos conocimientos técnicos que eran transmitidos entre generaciones de manera gremial y de padres a hijos. A ello puede deberse también la presencia tan relevante del dios Ptah entre los dioses del templo. No obstante hay egiptólogos, como ValbeIle, que consideran que la presencia tan notoria de Ptah en el templo, durante el Imperio Medio, está más ligada a ritos en relación con la monarquía que con el artesanado. Las personas que componían el equipo tenían diferentes categorías. En la estela 85 se ha conservado, no sólo el detalle de los componentes de la expedición, sino también su estructura. Esta expedición la conformaban más de 267 personas y disponía de un Director de Cuadrilla, un Director Adjunto que tenía a su cargo a diez Directores de Equipo, componiéndose cada equipo de diez hombres. Además, estaban las personas encargadas del transporte, de los avituallamientos, mantenimiento de las herramientas, etc. A juzgar por sus obras en el templo, en el contingente de obreros había muy buenos especialistas: albañiles, escultores, ceramistas, etc.. El medio para el transporte de hombres, útiles y herramientas que componían las expediciones, eran enormes caravanas de asnos que, según documentan las estelas del templo, podían llegar a disponer de entre 200 y 600 animales. El asno era el animal de carga más utilizado para el transporte, tanto de personas, como de materiales. Su resistencia y docilidad hace que aún siga siendo un elemento muy útil en la economía de la zona. En el templo de Hathor, Señora de la Turquesa, existen testimonios diversos dejados por los enviados reales de las Dinastías XII (Imperio Medio), XVIII, XIX y XX (Imperio Nuevo). Prácticamente todos los reinados de las cuatro Dinastías están representados en el templo. La última inscripción faraónica lleva el nombre de Ramsés VI. Después, el silencio. Los restos arqueológicos y epigráficos, con una gran riqueza de datos y fechas, han permitido reconstruir la vida del templo, que estuvo en continuo crecimiento desde el Imperio Medio hasta finales del Imperio Nuevo. A través del testimonio de la estela del Canciller del Dios Jety sabemos que en la Dinastía Xl se explotan las minas en las Terrazas-de-la-Turquesa. Amenemhat I, fundador de la Dinastía XII, tuvo que afianzar la frontera del desierto oriental, para lo cual mandó construir un complejo dispositivo defensivo denominado ""El muro del Príncipe"", que no era sólo una defensa frente a una posible invasión asiática, sino también un punto básico de aprovisionamiento en la ruta a las explotaciones mineras del Sinaí. Su hijo, Senusert I, parece ser el verdadero fundador del templo y del conjunto de instalaciones cultuales de Serabit el-Jadim, y de él hay numerosos testimonios en el templo. Amenemhat II dejó estelas y estatuas, una de ellas con la reina Neferu y su hija Sebat. Senusert II depositó un altar en el speos de Hathor y estatuas en el templo. De Senusert III se encontró la parte baja de una estatua y diversos textos inscritos en diferentes salas. Durante el reinado de Amenemhat III el templo fue visitado con gran regularidad, y se han llegado a documentar unas 28 expediciones durante los 46 años del reinado de este faraón, lo que supone alrededor del 25% del total de expediciones registradas en Serabit el-Jadim, algo difícil de explicar si lo que buscaban era solamente turquesa. Algunos egiptólogos, como Vandersleyen, consideran que, probablemente, el objetivo principal de las expediciones era la obtención de cobre, necesario para, entre otras cosas, fabricar herramientas agrícolas, imprescindibles para implementar la gran aceleración que se produce en la economía agraria de este reinado. Es, con diferencia, el reinado mejor representado en el complejo cultual, como tendremos ocasión de comprobar a lo largo de este articulo. Además, en el lugar queda constancia de la fluidez de las relaciones de la corte egipcia con los principados de la zona siro-palestina durante este reinado. Prueba de ello es que en varios lugares del complejo templario se hace referencia a la participación del hermano del príncipe de Retenu, Jebeded, quien, con sus hombres, colabora de manera continuada en la actividad de Serabit el-Jadim. Esta presencia es especialmente evidente en la estela 112, colocada por Sanefert, Director del Bajo Egipto, en la que Jebeded aparece representado montado en un asno y seguido de su hijo Kekebi. Amenemhat IV se encuentra también muy representado, especialmente en la 'Capilla de los Reyes"" y en el speos del sur. No hay datos referidos a la reina Neferusobek, la última reina de la Dinastía XII. La mayoría de los restos arqueológicos y epigráficos del Imperio Medio se han localizado alrededor de los speos o en construcciones de la zona norte del conjunto templario. Sin embargo, están prácticamente ausentes en el largo corredor que conforman las distintas salas previas al speos. El Segundo Período Intermedio es una época silenciosa en Serabit el-Jadim. Durante más de dos ss. el templo permanece completamente abandonado. La ausencia de expediciones pudo llevar al conjunto de edificaciones a una situación de deterioro notable, al no existir un clero estable que se preocupase de su mantenimiento. Durante el Imperio Nuevo, el templo crece y se transforma al ritmo de las expediciones. Nos referiremos a las más significativas. El primer rey de la Dinastía XVIII del que tenemos constancia en el templo es Amenhotep I; también hay huellas de Thutmose I y de Thutmose II. Las expediciones enviadas por Hatshepsut y porThutmose III llevaron a cabo una gran transformación del templo, restaurando las partes deterioradas y materializando sus propias ideas arquitectónicas, las de su momento histórico, al tiempo que respetaban la estructura inicial del edificio. En el eje central, y a la altura de la Capilla de los Reyes, se construye un pilono acorde con las dimensiones del templo, que se convierte en una referencia arquitectónica notable. Su monumentalidad debió impresionar a los que llegaban al lugar sagrado. En el pilono podemos ver al rey ante Hathor, seguido de Sennefer, Superintendente del Tesoro, y de Kanunu. En la sala N encontramos una estela del año 25 en la que el rey, seguido del Canciller del Bajo Egipto y Superintendente del Tesoro Tey, aparece ante Hathor. Durante los reinados de Hatshepsut y de Thutmose III, el speos del sur sufre una gran transformación. Ante él se construye un magnífico vestíbulo y empieza a tener una cierta presencia el dios imperial, Amón-Ra, quién, junto a Hathor y Soped, pudo haber formado una triada en este templo. Una estela (la 190) del año 13 presenta a Thutmose III ante Amón-Ra. También se encontró una estela (la 179) en la que podemos ver a la reina Neferura, esposa de Thutmose III, seguida de Senmut, el gran apoyo político de Hatshepsut, ante Hathor. También se encontraron fragmentos de un menat de la reina Neferu-Ra. En el vestíbulo previo al speos había una estela doble en la que Thutmose III aparece ante la diosa Hathor y Hatshepsut ante el dios Onuris-Shu. En los alrededores del speos sur se encontraron dos esfinges del rey y pilares hathóricos que incluyen al rey y al Escriba de los Caballos Najt. De Amenhotep II y Thutmose IV apenas se han hallado algunos relieves, aunque suficientes para documentar las expediciones que ambos enviaron al Sinaí. Amenhotep III, el gran rey de la Dinastía XVIII, se encuentra ampliamente representado. Su fiel Panehesy, Superintendente del Tesoro, coloca en la sala B una estela doble (la 211) en la que el rey se presenta ante Sodep, a la izquierda, y ante Hathor, a la derecha. En otra estela (la 212), también del año 36, Amenhotep III está ante Amón-Ra y Hathor. En la sala D hay dos pilares hathóricos y en la sala E una magnífica estela (la 128). Panehesy dejó también dos copas de alabastro (222) y multitud de objetos de culto, escarabeos de la caza de los toros y una magnífica estatua de un babuino (217), representación del dios Thot. Pero el mismo Panehesy tiene en el templo al menos tres estatuas (219-21), dedicadas todas ellas por Sebkmosi, también Superintendente del Tesoro. La cabeza de una bellísima estatuilla de la reina Tiyi (210), que ahora se encuentra en el Museo de El Cairo (inventariada como JE 38257), nos indica hasta qué punto el templo se había convertido en un importante lugar de culto. No se trataba solamente de dejar testimonio de la presencia del rey, sino de sumarse al ambiente sacro del lugar. Amenhotep IV, el faraón hereje, también dejó huella de su presencia en Serabit el-Jadim, concretamente en el interior del pórtico de Hathor, a la entrada del speos. Los tiempos turbulentos de su reinado, así como la necesidad de sus sucesores de apaciguar el país, parece que no permitieron a los últimos reyes de la Dinastía XVIII enviar nuevas expediciones al Sinaí, puesto que el siguiente rey del que hay huella es Ramsés I, de la dinastía XIX, así como de su hijo, el faraón Sethy I. Por supuesto que Ramsés II, el gran rey constructor de la dinastía XIX, dejó múltiples huellas de su presencia en Serabit el-Jadim. En un fragmento de estela (253) hallado en el santuario de Hathor, aparece un cortesano adorando el nombre de Ramsés II. También podemos ver una estela (la 252), del año 2 de su reinado, en la entrada de la sala A, con un dios con cabeza de halcón, posiblemente Ra-Hor-Ajty. En la parte inferior de la estela hay dos personajes adorando el nombre de Ramsés II, uno de ellos Ashahebused, el otro no ha sido identificado. Hay también varias estelas y pilares reuti¡izados a lo largo de las salas del Eje Central. En el speos de Hathor aparece un relieve con Ramsés II, seguido de una reina haciendo ofrendas a la diosa. De su sucesor, Merenptah, hay huellas en los relieves de un fragmento de jamba en la sala J, así como una estela, una esfinge y fragmentos de vasos con su nombre. Del turbulento final de la Dinastía XIX sólo tenemos huellas del reinado del faraón Sethy II, en el pilono del templo y, tanto de este faraón, como de la reina Tausert, algunos fragmentos de vasos. La última etapa del templo coincide con la última Dinastía del Imperio Nuevo. El fundador de la Dinastía XX, Sethnajt, está representado en la primera estela (la 271) que encontramos a la entrada del templo, ante la diosa Hathor. En la parte baja de la estela aparecen Sethy y Amenopet, adorando los nombres del rey. Su hijo, Ramsés III, el último gran faraón de Egipto, está representado en una estela (la 273) del año 23 de su reinado, ante Hathor, en la sala A. También se han encontrado fragmentos de vasos, unos con relieves y otros pintados, en los que aparece el rey con las princesas. De Ramsés IV encontramos huella en la sala O, en el santuario sur y el santuario de Hathor. De Ramsés V sólo hay algunos fragmentos de objetos de culto, y de Ramsés VI hay fragmentos de inscripciones parietales, de una estela (la parte superior) y de objetos de culto. Es el último faraón del que queda constancia en Serabit el-Jadim. A pesar de todo lo descrito sumariamente en los párrafos anteriores, es mucho lo que aún queda por descifrar de los documentos hallados en Serabit el-Jadim, cuya información nos permitiría reconstruir mejor su historia. Aún quedan esculturas anepigráficas, difíciles de datar, o las llamadas inscripciones protosinaíticas, aún mal conocidas. Durante estos dos últimos ss. el lugar ha sido objeto de expolio permanente por parte de viajeros, arqueólogos y coleccionistas de antigüedades, o como consecuencia de las guerras. En algún caso los monumentos han retornado a su lugar de origen. En otros casos las piezas enriquecen los fondos de numerosos museos de Europa, América, África y Australia. Todavía hoy el templo aparece a los ojos del visitante como un montón informe de ruinas.

 
Volver