Sacrificios

En Roma las personas destinadas para ejercer las funciones de sacrificador debían ser puras y castas y debían abstenerse de los placeres del amor, segun lo disponía la ley de las Doce Tablas. Su vestido era blanco y además llevaban las sienes coronadas de ramas del árbol consagrado al dios a quien tributaban el sacrificio. Cuando éste era votivo, el sacerdote que lo hacía llevaba los cabellos esparcidos, el ropaje suelto y los pies desnudos. Al principio se limitaban a ofrecer frutos a los dioses, como lo había establecido Numa Pompilio, pero después de este príncipe se introdujo por todas partes la costumbre de inmolar animales, porque consideraban que la efusión de sangre era muy agradable a los dioses. Los animales destinados al sacrificio se llamaban víctimas u hostias, y debían ser hermosos y sanos. Eran separados de la vida profana (sacrificium) y por este hecho se convertían en res sacra. "En virtud de un Senado consulto se dispuso que fuese castigado con esta ley el que hubiera hecho o celebrado sacrificios ilícitos (Modestino). La ley a la que se refiere el texto es Ia ley Cornelia, sobre sicarios y envenenadores: La importancia de los sacrificios se muestra, asimismo, en la legis actio per pignoris capionem. "Por ley se estableció la toma de prenda, por ejemplo, en virtud de las XII Tablas, contra el que habiendo comprado una res para sacrificarla a los dioses no page el precio". Se abría la ceremonia del modo siguiente. Un heraldo imponía silencio a los asistentes, se mandaba salir a los profanos y los sacerdotes arrojaban sobre la víctima una pasta compuesta de harina de trigo y sal, ceremonia llamada inmutatio. El sacrificio y los que se hallaban presentes probaban el vino, y luego aquel lo vertía entre los cuernos de la víctima. Cuando quemaba el incienso, los criados, llamados Pope, medio desnudos, conducían al animal delante del altar, donde otro llamado Cultrarius le hería de un hachazo, recibiendo la sangre en copas y derramándola sobre el mismo altar. Muerta la víctima, la colocaban en la mesa sagrada (ancalabris), donde la desollaban y descarnaban. Algunas veces la quemaban toda entera, pero generalmente la repartían entre los dioses. Los que hacían el sacrificio comían con sus amigos la parte que les había tocado en suerte. Concluída la ceremonia los sacrificadores elevaban las manos, rezaban algunas oraciones, y después se despedían con la fórmula ordinaria de Liceto Ex templo. Los griegos en sus sacrificios seguían con poca diferencia iguales ceremonias y las mismas costumbres que los romanos. Doraban los cuernos de las víctimas mayores y se contentaban con adornar las menores con hojas de árbol o de la planta consagrada a la divinidad en honor de la cual ofrecían el sacrificio. Colocaban al pie del altar las canastas o cestas sagradas, donde se hallaba todo lo que servía para la ceremonia. Llevaban estas canastas las canéforas. La práctica más religiosa para ellos consistía en desollar la víctima y revestir con su piel las estatuas de los dioses. Algunas veces la clavaban en la muralla o las suspendían en las bóvedas de los templos. Además los sacerdotes se echaban sobre las pieles de los corderos, las ovejas y los cameros que hablan servido de víctimas; se dormían y, cuando despertaban, anunciaban sus sueños y los explicaban en forma de oráculos. Ver, Sacrum, Sacrificio romano, Thysía.
 
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