Ríos
En todos los pueblos de la antigüedad, los ríos participaron de los honores divinos. Era tal el respeto que les tributaban los persas, que no sólo consideraban como un crímen cometer indecencias en ellos, sino que hasta habían prohibido lavarse las manos en sus aguas. Hesíodo los supone hijos del Océano y Tetis, y cuenta hasta tres mil. Según el mismo autor, nadie podía pasarlos antes de invocarlos y de lavarse las manos. Les inmolaban caballos, toros, y se les tributaban otras varias ofrendas. Homero cuenta que Peleo consagró al Esperquio la cabellera de su hijo Aquiles. Cada río, según la fábula, era gobernado por un dios. Los pintores y poetas los representan bajo la figura de ancianos respetables, símbolo de su antigüedad, barba espesa, cabellera larga y las sienes ceñidas de una corona de juncos. Echados en medio de cañas, se apoyan en una urna de donde sale el agua que forma el río que presiden. Esta urna está inclinada o a nivel, para expresar la rapidez o la tranquilidad de su curso. En las medallas están colocados, a derecha o a izquierda, según su corriente. Los representan a veces en forma de toros o con cuernos, ya sea para expresar el murmullo de sus aguas, o porque los brazos de un río se asemejan a los cuernos del toro. Los agrigentinos, para denotar la poca corriente del río que atravesaba su ciudad, lo honraron bajo la figura de un hermoso niño, a quien consagraron una estatua de marfil en el templo de Delfos. Cada río tiene un atributo que le caracteriza, escogido por lo general de entre los animales que habitan el país que riega, o de los pescados que encierra en su seno.

