Roma

Ciudad de. "No fue casualidad que los dioses y los hombres eligieran semejante lugar para la fundación de la ciudad, con colinas saludables, un río para transportar los productos agrícolas desde el interior y para recibir las mercancías llegadas del Mediterráneo, cercano al mar, pero no a sus orillas, expuestas a las incursiones de flotas extranjeras". Éstas eran las palabras de Tito Livio (5.54.) sobre la posición estratégica de la ciudad y sobre su notable potencial de desarrollo. Para la fundación de Roma, fue determinante encontrarse en el centro de las más importantes vías de comunicación de la primera Edad de Hierro, que convergían desde los asentamientos latinos, etruscos y sabinos hacia el vado primario del Tíber, cerca de la Isla Tiberina. De aquí, a través del cauce del Tíber, la distancia con el mar es bastante corta y ello permitía el contacto con el resto del Mediterráneo antiguo. El discurso sobre las vías terrestres es idéntico; el sistema vial en la edad arcaica unía la Urbe con Ostia, Ardea, Labico, Tuscolo, Preneste, Gabi, Tivoli y Nomentum. A finales del siglo IV, existe una red de comunicaciones viales de largo recorrido que, en la actualidad, cruzaría treinta y dos naciones. A pesar de que el sistema vial romano con la construcción de las vías Appia, Flaminia, Salaria. Cassia, Aurelia y Emilia, era realmente imponente, las vías de agua serán las que abrirán los horizontes comerciales del Mediterráneo a Roma. Por ejemplo, se utilizaban circuitos mixtos, por tierra y por mar para transportar el necesario trigo egipcio (250.000 toneladas anuales), al igual que para alcanzar las Indias Orientales, el Golfo Pérsico o el Mar Rojo. En la época de Diocleciano (284-305 d. J.C.), por ejemplo, costaba menos transportar el trigo en una nave de un extremo a otro del imperio, que cargarlo en un carro y trasladarlo unos cien kilómetros por tierra. Por las vías de agua podían transportar cualquier tipo de carga: desde voluminosas columnas, bloques de mármol, estatuas, sarcófagos, grandes obeliscos..., a materiales diminutos (cerámica, telas, cristal, joyas, vino y víveres). Las rutas más importantes de navegación unían Roma con las grandes ciudades del Mediterráneo: Antioquía, Alejandria, Cesárea, Cartago, Cádiz, Tarragona, Narbona, Marsella o Arles, con trayectos directos y conexiones marítimas locales. Los trayectos sufrían modificaciones dependiendo de las estaciones, así como de los destinos, pero sobre todo teniendo en cuenta los objetivos comerciales. )o()o( Los problemas de la urbe )o( La gran Roma imperial se podría definir como una metrópolis, en el sentido moderno del término, esto es, una enorme aglomeración urbana con algunos de los problemas comunes a las modernas megalópolis: tráfico, densidad de población, contaminación, peligro de incendios, higiene, orden público, viabilidad, bolsas de pobreza, precios de la vivienda elevados, etcétera. En esta ciudad, con problemas urbanísticos y de gestión de extraordinana complejidad, vivían entre un millón y un millón y medio de habitantes. A pesar de que las soluciones urbanísticas y arquitectónicas llevadas a cabo por algunos emperadores fueran de notable genialidad y eficacia, las grandes transformaciones urbanas de la Roma de los Césares no resolvieron nunca las profundas deficiencias de la Urbe. Los problemas urbanísticos de Roma empezaron prácticamente desde sus orígenes, a partir de que el asentamiento urbano alcanzara tamaño desarrollo en un área morfológicamente limitada por siete colinas, con una dinámica urbanística de excepcional aglomeración; cuando se quiso llevar a cabo una planificación racional, ya era demasiado tarde. Sobre la caótica distribución urbanística de la ciudad, cabe decir que gran parte del problema residía en los asentamientos arquitectónicos tardío-republicanos ya existentes y consolidados, así como en la limitación morfológica (las siete colinas), que impidieron poner en marcha operaciones sistemáticas de reorganización; como máximo se llevaron a cabo extensas intervenciones "quirúrgicas" de transformación y de actualización urbanística. Paradójicamente. se puede decir que una de las pocas ocasiones (en parte, perdida) de reestructuración y regularización urbanística y arquitectónica se produjo durante el reinado de Nerón, tras el devastador incendio del año 64. Era mucho más fácil encontrar en la provincia o en la periferia de la capital del imperio, espléndidos ejemplos de experimentos arquitectónico-urbanísticos, porque las condiciones del espacio urbanístico y las posibilidades de planificación lo permitían. La historia urbanística de la Roma imperial es una historia de grandes demoliciones urbanas, desde la construcción de los Foros Imperiales (desde César a Trajano), a la apertura de la vía Nova entre las colinas de Aventino y Celio (en la época de Caracalla), hasta la construcción de los muros de Aureliano en el 271. Las grandiosas obras de transformación urbana desarrolladas por Augusto, con la creación de la ciudad de las catorce regiones; por Nerón, tras el incendio del 64, y por Trajano, entre otros, dieron lugar a magníficas anmonías y fastos arquitectónicos, pero en realidad no modificaron sustancialmente las deficiencias más evidentes. La viabilidad sufría problemas crónicos de espacio; las calles eran estrechas, la circulación era lenta, en el centro el intenso tráfico a duras penas permitía circular con cierta fluidez. A las reducidas dimensiones, cabía sumar los bultos y mercancías, que constituían un serio obstáculo para la circulación de los vehículos y, sobre todo, un elevado riesgo de incendio, incrementado por el uso indiscriminado de la madera para la construcción de las insulae y de numerosos edificios urbanos. Para esta eventualidad, existía un servicio contra incendios formado por un cuerpo de siete mil hombres, asentados en cuarteles creados para dicho fin (en la actualidad aún se pueden visitar en el subsuelo de la ciudad). No existía un sistema de transporte público, a excepción de las carrozas y carruajes de alquiler, a modo de taxi, tirados por los esclavos. Gran parte de la población abastecía sus necesidades de agua de las fuentes; tener agua en casa era un privilegio concedido como favor del emperador. En cuanto a las sepulturas, no existían cementerios públicos, ni terrenos reservados para ese uso; los romanos podían enterrar a sus difuntos en propiedades particulares siempre que estuvieran en el exterior del terreno adyacente a los muros de la urbe (el pomerio), único límite impuesto por el Estado. El único testimonio de intervención pública en este ámbito es la transformación de los antiguos cementerios en parques por parte de Augusto y Cayo C. Mecenas. Uno de los problemas crónicos de la ciudad imperial era el de la política sanitaria, sobre todo, en cuanto a la higiene y a la limpieza del hábitat. La elevada densidad de población y de concentración urbana no tuvo nunca una solución adecuada. La carencia de comodidades en las casas, la falta de aire y de luz debido a la altura de los edificios, así como el exiguo espacio de vías públicas, determinaban unas condiciones urbanas que en casos de emergencia (guerra urbana, epidemias, incendios y revueltas) devenían fatales. Estos problemas fueron dramáticos pues hay que tener en cuenta que, hasta el siglo IV d.C., Roma no dispuso de hospitales públicos, ni asilos ni hospicios. En la época de Galieno la peste mató a 5.000 personas diarias como mínimo, entre Roma y las ciudades circundantes. Sólo por iniciativa privada, a menudo de naturaleza cristiana, y en edad tardía, se crearon estructuras sanitarias; en los alrededores de Roma, la primera institución de este género fue el hospital construido por Fabiola en el 380, en una casa de campo. Otra importante deficiencia urbanística romana era la falta de señalización. Sólo estaban señalizadas las vías más importantes, en particular, los vici. Si excluimos las áreas y los edificios públicos y religiosos, los Foros y las realizaciones monumentales, los espacios residenciales restantes parecían todos iguales, con fachadas uniformes en calles estrechas y poco iluminadas. Por lo tanto, las referencias topográficas consistían, por ejemplo, en el nombre y la profesión del propietario, el número de casas o calles contado a partir de lugares bien conocidos, las insignias de las tiendas o almacenes o bien, en el mejor de los casos, marcas particulares o decoraciones de edificios privados. Es lógico que los notables y los personajes importantes, al ser propietarios de los domus, residencias privadas, fueran fáciles de localizar, incluso sólo con el número de la región a la que pertenecían. La ausencia completa de museos (en el sentido moderno del término: espacios cerrados dedicados a la exposición pública de obras de arte) se tradujo en la creación de exposiciones al aire libre, como en la Plaza de Augusto, en el Foro de la Paz; en el interior de las termas, en los jardines de Agripa, en el Campo de Marte o en los jardines de César en Trastévere. Las termas y los pórticos de la edad imperial representaban el mejor espacio público para hacer exposiciones; el más famoso era el porche de Octavia, en cuyo interior se distribuían las colecciones entre el área central, la columna perimétrica, la schola y los dos templos de Júpiter Stator (el que detiene a los ejércitos) y Juno. Igual de numerosas, pero con menor afluencia, eran las exposiciones celebradas en el interior de los templos, como el del Divino César y del Divino Augusto o el de la Concordia en el Foro; o como el de los Comicios Curiados; los teatros de Marcelo, Pompeyo y Balbo; el palacio imperial del Palatino, así como en la Domus aurea de Nerón. En realidad, se puede afirmar que el público tenía dificil acceso a la mayoría de estas colecciones. Sobre este propósito, Plinio el Viejo (Naturalis historia XXXV, 10, 29) habla de la Domus aurea como de la "prisión" de las pinturas de Fabullo. La historia urbanística de la Roma imperial concluye con la caída del Imperio Romano de Occidente, en el 476 d. J.C., cuando el reino ostrogodo hereda la administración de la ciudad. En el 537-538 d. J.C., en el momento en que Vitiges, rey de los ostrogodos, asedia Roma y destruye los acueductos, la ciudad deberá abastecerse con el agua del Tíber, hasta un milenio más tarde. )o()o( La Roma de los orígenes )o( Desde el siglo XIV hasta finales del siglo XI a.C., los primeros asentamientos en el área en la que surgiría Roma se desarrollan entre el monte Palatino y el Capitolio. La topografia de la época abarca las zonas encharcadas del Velabro, en el centro, y una serie de pequeñas comunidades distribuidas en diversos relieves que se comunicaban con barcas. Entre finales del siglo XI y el segundo cuarto del siglo VIII a.C. (período de los populi y de las asociaciones), las comunidades se dividen en asociaciones jurídico-sacras, se instalan en los montículos y prominencias y crean, a partir de ciudades esparcidas, auténticas comunidades-estado, embriones de la futura civilización urbana. Entre mediados del siglo IX y el segundo cuarto del siglo VIII a.C. (esto es, desde la primera fundación de Roma), en un espacio urbano lunitado, se construyó el Septimontium, una federación de pueblos unidos por lazos jurídico-religiosos. En este periodo, los centros habitados viven un extraordinario proceso de crecimiento tras la condensación de grupos tribales diversos. Pero, ¿cuál era el paisaje de esa Roma tan lejana en el tiempo? Debemos imaginar un paisaje bastante inhóspito, con valles surcados por ríos pedregosos y senderos tortuosos que ascienden por las colinas hasta alcanzar las viviendas. Bosques seculares de encinas, hayas, acebos y cipreses cubren las montañas, mientras que los valles y las faldas aparecen salpicados de mirto, higueras, laureles y zarzas. Algunos de estos lugares se consagran a ninfas y a divinidades, como las fuentes y las grutas: la del Lupercale, sobre el Velabro, lugar en el que, según el mito, se criaron Rómulo y Remo. Los pueblos del Septimontium debían de ser aglomeraciones autónomas rodeadas de huertos y campos cultivados, rediles para el ganado y centros artesanales para la realización de cerámicas y objetos metálicos. En el segundo cuarto del siglo VIII a.C., cuando Roma fue fundada (según la tradición, el año 753 a.C. (año I del calendario romano, que contaba los años a partir de la fundación, ab urbe condita)), la que había sido una comunidad-estado deviene una ciudad-estado, con un territorio urbano propio limitado por el Monte Palatino y por la línea de los muros exteriores de la ciudad (pomerio). El ejército en armas tenía "prohibido" el acceso al Palatino y el monte aparece como un territorio "prohibido" bajo la égida de una única autoridad política. El rito etrusco de la fundación de la ciudad, que debía de tener lugar en el arco de un día de la mano del rey-augur Rómulo, bajo la protección de Júpiter, concedía al Palatino la primacía absoluta del espacio urbano, interpretado como espacio de poder. Este hecho, que llevará a la Urbe a desarrollarse a partir del Palatino, núcleo de formación-fundación, caracterizará los orígenes de Roma con un episodio completamente distinto respecto a la fundación de otras ciudades de la antigüedad como, por ejemplo, las ciudades griegas. En la edad de Rómulo, tras una planificada convergencia de pueblos dispersos, Roma puede definirse como uno de los asentamientos más importantes del Mediterráneo occidental. Ya en el siglo VIII a.C., la plaza de los Bueyes es una plaza pública y el centro del mercado principal de la ciudad. Durante los reinados de Anco Marcio (640-616 a.C.) y de Tarquino Prisco (616-578 a.C.), se producen las primeras intervenciones de planificación urbana de las que han quedado huellas en el valle del Foro, consistentes en la primera pavimentación (625 a.C.) y la primera Regia, en forma de casa. En este periodo, las cabañas construidas con palos, leña y arcilla, son sustituidas por casas de albañilería y techos de teja. En los reinados de Tarquino Prisco y Servio Tulio (entre finales del siglo VII y mediados del siglo VI a.C.), se asiste a la realización de grandes obras públicas: calles, plazas, edificios, alcantarillas y canales. El drenaje de las marismas y la canalización de las aguas permitieron un ulterior desarrollo de los asentamientos en el valle con la consiguiente unión de los pueblos. Estas nuevas dinámicas urbanas llevaron al saneamiento del Foro romano (con la construcción de la Cloaca Máxima), convertido en el nuevo centro político, religioso y administrativo. Se atribuye a Tarquino Prisco la reconstrucción de la Regia, la edificación de la Curia y la planificación monumental de la plaza para las asambleas ciudadanas. En la plaza de los Bueyes, Tarquino levantó más tarde los templos dedicados a la Fortuna y a la Mater Matuta. ¿Cuál era el aspecto de Roma en dicha época?. Las casas se extienden ya por doquier, en las colinas, en los valles, a lo largo de la vía Sacra, en el Foro, en las laderas del Palatino, con plantas de varias estancias, pórticos, patios cerrados y techos arquitectónicamente decorados. Para tener una idea de la rica policromía arquitectónica y de la suntuosidad del ajuar doméstico, podemos poner el ejemplo de las tumbas de cámara etruscas de Cerveteri, excavadas en la toba, como la Tumba de los Escudos y la de las Sillas. Con toda probabilidad, la arquitectura sagrada no dista demasiado de la doméstica, como muestran las dos fases arcaicas del Templo de San Homobono, atribuido a Servio Tulio, de planta casi cuadrada y tres cámaras con pórtico delantero. Las casas, a pesar de estar ricamente decoradas con terracotas arquitectónicas polícromas, en general no superan los 10 x 20 metros de extensión, incluido el patio. Tan sólo en una segunda fase, alcanzan superficies mayores, como muestran los recientes descubrimientos efectuados en las laderas del Palatino bajo el Arco de Tito (35 x 19 metros de lado con extensos patios). Otros elementos de organización urbana posteriores consisten en la realización de cisternas construidas con bloques de toba para recoger el agua de lluvia. Con la conclusión de la época arcaica, el paisaje urbano de Roma adquiere una fisonomía arquitectónica y territorial definitiva: las viviendas de los ciudadanos con techos de teja, las casas patricias coronadas con torres, las moradas de los dioses, los templos resplandecientes de decoraciones polícromas (como el Templo de Júpiter sobre el Capitolio, el de Fides, el de Juno Lucina en el monte Cispio y el de la Luna en el Aventino); las calles y plazas adoquinadas, así como los muros de forma cuadrada, extendidos en buena medida por todo el paisaje urbano, se adaptan con docilidad al terreno siguiendo los perfiles y articulaciones morfológicos. La consolidación definitiva del espacio urbano se produce con la construcción de la muralla limítrofe, por iniciativa de Servio Tulio (578-534 a.C.). Se trata de una realización cuadrangular imponente, realizada con toba, de once kilómetros de perímetro, que asciende por colinas y montículos, dividiendo el territorio urbano del rural. Fue una obra decisiva, no sólo para la configuración del paisaje urbano, sino también para la legitimación política y sacra de la ciudad. Se calcula que en este penodo Roma contaba con unos treinta o cuarenta mil habitantes y una superficie de trescientas hectáreas, cifras que hacían de ella una de las mayores ciudades del Mediterráneo occidental. Una ulterior consagración de la identidad política urbana aparece simbolizada en la construcción del Templo de Júpiter Capitolino por orden de Tarquino el Soberbio. Éste fue el primer dios ciudadano y protector del pueblo romano. El templo es una obra grandiosa, de planta cuadrada de 53 metros de lado, con frontal de seis columnas y tres cámaras, símbolo de la tríada de Júpiter, Juno y Minerva, dioses tutelares de la ciudad. )o()o( La Roma de Augusto, la ciudad de las catorce regiones )o( Al término de la edad republicana, los confines físicos de la ciudad estaban marcados por el perímetro de la muralla limítrofe (pomerio). En el año 7, Augusto extendió el perímetro de la ciudad a la zona suburbana, la de los suburbios, que formaban los pagi, en la primera periferia de la urbe. La operación determina un fuerte crecimiento en el área urbana y, por ello, se divide administrativamente en catorce regiones (de ahí adquiere el nombre de Urbs XIV regionum, "Ciudad de las catorce regiones"). Estas a su vez, son divididas en barrios o vici, cruzados por calles (viae) y por callejuelas (vialis), que tomaban, cuando eran pendientes, el nombre de clivus (Clivus Tuscus, etc.). Una de las mayores dificultades que debe afrontar Augusto en su obra de reestructuración, deriva de la irregularidad urbanística que la ciudad heredó de la época republicana. El centro histórico y geográfico se encuentra en el monte Palatino, rodeado por el resto de colinas, mientras que la principal arteria vial, el cardo, con orientación norte-sur, se extendía desde vía Appia y vía Flaminia. A lo largo del decumanus, eje topográfico este-oeste, nacían numerosas vías. Cada una de las regiones representaba un distrito topográfico distinto y sumaban siete regiones intramuros y siete extramuros. En fin, la ciudad contaba, además de los foros, con un gran número de plazas (compita). Desde la época de Augusto hasta finales del imperio, la ciudad crecerá en dos direcciones: hacia el este, en la edad de Aureliano, a causa de la realización del nuevo entorno amurallado, y hacia el oeste, entre el 136 y el siglo IV d. J.C., en la zona del Trastévere. La ciudad de las catorce regiones alcanza su máxima extensión en el siglo IV, con una superficie de 1.800 hectáreas, con los arrabales (continentia).
 
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