Insulae
o Insula. Se dice por oposición a domus, casa aislada y de un solo propietario o inquilino. Casa de vecindad de la antigua Roma. Entre los elementos que más acercan la Roma antigua a nuestras ciudades, se hallan las insulae, edificios de viviendas de crecimiento vertical. Cada insula se dividía en viviendas o pisos, los cenacula, que solían ser de alquiler. El término insula se forjó cuando las primeras viviendas eran unitarias y disponían de un espacio libre y un huerto. A continuación, con el fenómeno de aglomeración urbana, se ven abocadas a desaparecer para dejar lugar a los grandes edificios de varios pisos que, a pesar de todo, conservan el nombre original de insulae. Con el paso del tiempo, este tipo de construcción arquitectónica termina encarnando la imperiosa necesidad urbana de aprovechar al máximo el espacio y el suelo disponibles. El uso de casas de vecindad de varios pisos, la ocupación residencial de almacenes y espacios subterráneos, así como la progresiva reducción de las habitaciones y de la superficie de las viviendas, constituyen los remedios más recurrentes a la desmesurada densidad demográfica urbana y a la escasez de vivienda en la Roma imperial. El tipo de insula más frecuente era un edificio de enormes proporciones, dividido en numerosas viviendas y pisos, que podía superar los cuatro o cinco pisos, con comercios en la planta baja y jardines pensiles o desvanes en la terraza. En general, las insulae albergaban viviendas de reducidas dimensiones; la fachada medía entre seis y doce metros y disponía de una entrada para la tienda y otra para la escalera de la vecindad. Cada uno de los pisos que componían el edificio se alquilaba de forma separada a distintos precios, en función de las dimensiones y de los acabados. El tipo más pequeño de insula era la taberna, un modesto comercio o un local destinado a actividades artesanales que podía utilizarse como taller, tienda, o como vivienda. En la Roma imperial, la progresiva carencia de viviendas condujo a un exagerado desarrollo vertical de estos edificios que, a veces, alcanzaban alturas vertiginosas de más de cien pies (treinta metros), con peligro de inestabilidad estructural y de incendio.

