Águilas romanas

Existieron, hasta casi el final de la República, multitud de enseñas por legión, una por centuria, que a juzgar por la iconografía monetal conservada, tenían en el siglo I a.C. forma de lanzas decoradas con discos y crecientes, así como con corbatas de tela. Antes de Cayo Mario, fundador del ejército profesional romano, cada legión contaba, además de con multitud de enseñas manipulares, con cinco estandartes rematados por un águila, un lobo, un minotauro, un jabalí y un caballo. Las cuatro últimas solían dejarse en el campamento. Mario estableció en el 104/103 a.C. el águila de plata como enseña principal de las legiones. Las unidades menores de cada legión mantuvieron sus insignias tácticas tradicionales, pero sería el águila el símbolo por excelencia del poderío de Roma, asociada a cada legión por vínculos incluso de carácter religioso. Cuenta Salustio que Catilina, en su conjura que culminó en guerra civil, se había apoderado del águila que Cayo Mario había usado en su guerra contra los cimbrios. No era una cuestión irrelevante, aunque fuera derrotado. La elección del águila, que a menudo se representa agarrando un haz de rayos, radica en su vinculación a Júpiter y está muy enraizada en la tradición romana; el águila llegó a ser considerada la encarnación del alma de la legión. En época republicana las águilas eran de plata (Suetonio), o de plata con rayos de oro y durante el Imperio fueron de oro o plata sobredorada (Dion Casio). Hasta la época de Augusto fueron pequeñas, podían ser envueltas en un manto, pero en el Imperio pudieron ser mayores. En época republicana las águilas se guardaban en templos cuando la legión no estaba en servicio activo. En campaña, o en el campamento permanente de las legiones imperiales, se honraban en una capilla especial en la zona central, junto al Cuartel General. El natalicio del águila, esto es, el aniversario de la fundación de una legión, se celebraba en la unidad como un importante festival religioso. Hay una amplia relación entre los prodigios, a que tan aficionados eran los romanos, y las águilas legionarias, como en el caso narrado por Suetonio: un águila se abatió sobre dos cuervos en el campamento de los triunviros en Bolonia y "todo el ejército intuyó que tarde o temprano surgiría la discordia entre los colegas de triunvirato". A veces, las águilas reales se relacionaban con las legionarias: "Dos águilas se posaron sobre las otras dos de plata de los estandartes, picoteándolas o, según dicen otros, protegiéndolas. Y permanecieron allí, alimentadas por los generales a costa de las provisiones públicas, hasta que emprendieron el vuelo el día anterior a la batalla" (Apiano). Incluso, se aseguraba que las propias águilas legionarias podían cobrar vida: "las águilas de las legiones de Pompeyo, batiendo sus alas y tirando los rayos de oro que algunas llevan en sus garras, lanzaron sobre él públicamente la desgracia y salieron volando hacia César..." (Dion Casio). Los soldados han sido siempre supersticiosos, por lo que un cristiano intransigente como Tertuliano se quejaba amargamente de que la religión del ejército romano estaba "dedicada por completo al culto a los estandartes; se jura sobre las enseñas, y las enseñas son preferidas a todas las deidades". Hay anécdotas que muestran cómo se empleaba el "esprit de corps" de las unidades y su apego a las águilas para encorajinar a los soldados en momentos difíciles. Así, cuando César desembarcó en Britannia en el año 55 a.C., los soldados vacilaron en las naves, ante lo que el aquilifer de la X Legión se lanzó a la playa gritando: "Saltad al agua si no queréis ver el águila en poder de los enemigos"; ante la perspectiva de perder su enseña, los soldados saltaron de los barcos. Hay ejemplos de generales tomando personalmente las enseñas para tratar de frenar la huida de sus hombres y el mismo César en alguna ocasión degradó a algunos portaenseñas por no haber actuado como se esperaba de ellos. Incluso, las águilas fueron usadas para engañar al enemigo. Tácito cuenta cómo, durante su campaña en Armenia, el general Corbulón juntó los efectivos de dos legiones bajo "una sola águila, para que pareciera una sola legión". Tal era la importancia que se concedía a las águilas legionarias y tal la parafernalia que las rodeaba que los enemigos de Roma tenían a gran gala su captura, y su escarnio constituía la mayor ofensa que podía inferirse a Roma como, tras Teutoburgo, hizo el germano Arminio. Cuando se perdían las águilas su recuperación se convertía en una prioridad militar y diplomática absoluta. Así, una de las más famosas estatuas de Augusto, la de Prima Porta, le muestra con una coraza muy decorada con figuras que delinean un programa iconográfico cuyo motivo principal es precisamente la escena de la recuperación de las águilas perdidas por Craso en la batalla de Carras contra los partos, el 9 de junio del año 53 a.C., y por Marco Antonio en Fraaspa, en el 36 a.C. y recuperadas, tras intensas gestiones diplomáticas. Augusto mismo recalcó el éxito en la Res Gestae, su testamento político. Las viejas águilas fueron depositadas en el santuario de Mars Ultor (Marte vengador). Dion Casio recoge, a propósito de las enseñas de Craso, un prodigio y un presagio: "una de estas águilas no consintió en atravesar el Éufrates junto a Craso, sino que se hincó en la tierra como si hubiera echado raíces, hasta que muchos juntaron fuerzas alrededor y la sacaron... pero una de las grandes insignias, de las que se asemejan a una vela que porta letras en púrpura para indicar la legión y el comandante a cargo, cayó desde el puente al río boca abajo. Esa caída fue obra del viento, que soplaba con violencia; entonces Craso ordenó recortar las restantes insignias del mismo tamaño, a fin de reducirlas y poder así transportarlas con más seguridad, pero con ello acrecentó los prodigios...". El propio Augusto perdió tres águilas en el desastre de Teutoburgo de septiembre del año 9 d.C.. No se ahorraron esfuerzos para recuperarlas: en el año 15 Germánico consiguió recuperar el águila de la XIX Legión y al año siguiente consiguió otra, guardada y custodiada por los germanos en un bosque sagrado. Por cierto que Germánico aprovechó la devoción supersticiosa de las tropas por las águilas cuando, persiguiendo a los queruscos, vio ocho águilas, tantas como sus legiones, penetrando en los bosques: "grita a sus hombres que avancen, que sigan a las aves de Roma, los espíritus de las legiones (Tácito). La tercera águila fue recuperada en el año 41 en el curso de una razzia romana dirigida contra los chaucii por el gobernador militar de la Germania Inferior. Sin embargo, las tres legiones nunca fueron reconstruidas y su numeral fue considerado nefasto. Con todo, no siempre que una legión perdía su águila era disuelta: la XII Fulminata la perdió en la guerra judía del año 66 d.C. y continuó existiendo (Suetonio).
 
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