Simbolismo
La mentalidad egipcia, lo mismo que la mentalidad medieval, fue trabajada en la fragua del simbolismo. Pero, en este terreno, resbaladizo en grado sumo, hay que andar con extremada precaución; de otro modo se expone uno a atribuir a los pensamientos antiguos más de un sueño puramente moderno. Un método se impone: solamente atribuir sentido simbólico a tal o cual elemento arqueológico si algún texto autoriza a hacerlo. Por ejemplo, la diosa Nut en el reverso del sarcófago no constituye un elemento decorativo. Aparece ahí para mantener en gestación durante la noche al difunto, asimilado al Sol, de forma que pueda renacer por la mañana como este astro. El individuo duerme en un lecho con cabezas de león para acostarse en el horizonte aker, simbolizado por unos prótomos de león adosados, y levantarse revivificado, como el Sol. Le es vedado a todo mortal común tocar el oro, toda vez que es éste la propia carne del dios Ra, la luz incorruptible de la vida divina. La luz que irradia del dios mismo no es más que un aspecto del oro. El templo simboliza el mundo creado por el dios: en la base, los vegetales, y en el techo, las estrellas. El santuario oscuro es el horizonte. La caza es una extensión de la creación divina: consiste en hacer retroceder los límites del caos, el cual, en forma de animales salvajes, subsiste en los confines del mundo organizado. Sería fácil multiplicar los ejemplos de simbolismo de que se vale constantemente el pensamiento egipcio. Todos los que aquí se han dado se apoyan en textos bastante explícitos. Cualquier otro procedimiento se inspira en la pura fantasía. El querer encontrar cueste lo que cueste en unos hechos arqueológicos oscuros la expresión simbólica de adquisiciones científicas modernas es, casi con toda seguridad, hundirse en el arenal del error. Ver, Simbología egipcia.

