Anna
Hermana de Pigmalión y Dido. Siguió a ésta al África. Después de la muerte de Dido, el reino de Cartago había sido invadido por indígenas acaudillados por Yarbas (Ver), y Anna, obligada a huir. Primero halló asilo en la corte del rey de Mélite, isla de la costa africana. Pero Pigmalión, rey de Siria, había ido a pedir al de Mélite la entrega de la fugitiva. Ésta abandonó la isla y, hallándose en alta mar, una tempestad la arrojó a las costas del Lacio. Pero he aquí que a la sazón Eneas reinaba en la ciudad de los Laurentes, y precisamente allí abordó la joven. Eneas se paseaba por la orilla en compañía de su amigo Acates y éste reconoció a Anna. Eneas la acogió con lágrimas, lamentándose por el triste fin de Dido, e instaló a Anna en su palacio. Ello disgustó a Lavinia, esposa de Eneas, que no veía con buenos ojos la presencia de este testigo del pasado de su esposo. Un sueño reveló a Anna la necesidad de precaverse contra los lazos de Lavinia, y, en plena noche, la mujer huyó del palacio. En su errabundeo, encontró al dios del río próximo, Numicio, que fluía por aquellos parajes y la arrastró en su lecho. Entretanto, las gentes de Eneas estaban buscando a la fugitiva. Siguieron sus huellas hasta la margen del río. Allí los pasos cesaban, y como no sabían qué dirección tomar, surgió de las aguas una figura y les reveló que Anna se había convertido en ninfa acuática y que desde entonces se llamaba Perenna, nombre que indicaba su eternidad. Ver, Anna Perenna.

