Midas
Midas es un rey de Frigia, hijo de Gorgias y Cibeles, héroe de varias leyendas populares. Se contaba especialmente que un día había encontrado a Sileno, solo y dormido, tras libaciones excesivamente copiosas. Cuandó el dios se despertó, Midas le pidió que le hablase y le enseñase la sabiduría. Entonces Sileno le contó la historia de dos ciudades, situadas fuera del mundo, y llamadas, una, Eusebes, la "ciudad piadosa", y la otra, Máquimo, la "ciudad guerrera". En la primera, los habitantes eran siempre felices y terminaban su vida entre risas. Los moradores de la ciudad guerrera pasaban la existencia combatiendo; nacían completamente armados. Los dos pueblos reinaban sobre unos países muy extensos y eran muy ricos. Poseían oro y plata en tal cantidad, que estos metales preciosos eran para ellos lo que para nosotros es el hierro. Un día los dos pueblos resolvieron visitar nuestro mundo. Cruzando el Océano, llegaron al país de los Hiperbóreos, que, como todos saben, son los más afortunados entre los mortales. Pero cuando vieron su triste condición y consideraron además que eran los más felices de la tierra, no quisieron continuar y se volvieron a su lugar de procedencia. Tal es la parábola decepcionante que Sileno contó a Midas. Existía otra versión del encuentro entre el rey y Sileno; la relata Ovidio en sus Metamorfosis. Sileno, extraviado, se había dormido lejos del cortejo de Dioniso, en las montañas de Frigia. Unos campesinos lo encontraron y al no reconocerlo, lo condujeron, encadenado, a su rey. Midas, que en otro tiempo había sido iniciado en los misterios por Orfeo y Eumolpo, se dio cuenta en seguida de la personalidad del prisionero. Lo desató, lo recibió con grandes honores y partió con él para reintegrarlo al séquito de Dioniso. Éste dio cortésmente las gracias al rey, y, para recompensarlo, le ofreció realizar el deseo que le formulase. En seguida Midas pidió que todo lo que tocase se transformase en oro. Como el dios accediera a su demanda, el rey volvió contento a su casa y se puso a poner a prueba el don recibido. Todo marchó bien hasta la hora de la comida. Cuando Midas quiso llevarse a la boca un pedazo de pan, encontró sólo un trozo de oro, y, de modo análogo, el vino se transformaba en metal. Hambriento, muerto de sed, Midas suplicó a Dioniso que le retirase este pernicioso don. Dioniso le escuchó, y le dijo que se lavase la cara y las manos en la fuente del Pactolo. Así lo hizo Midas, y al punto quedó libre del don; pero las aguas del Pactolo se llenaron de pajuelas de oro. Plutarco narra otro relato muy afín al anterior. Midas había ido a visitar una lejana provincia de su reino y se extravió en medio del desierto. Ni una gota de agua encontró para calmar su sed y la de sus seguidores. La Tierra se compadeció e hizo brotar un manantial, pero resultó que, en vez de agua, fluía de él una corriente de oro. El remedio era vano. Midas imploró entonces a Dioniso, el cual transformó la fuente de oro en otra de agua, que recibió el nombre de Fuente de Midas. Midas desempeña también un papel en una leyenda: la de Pan (o Marsias) y Apolo. Errando por los bosques, se encontró en el monte Tmolo en el momento en que el dios de la montaña acababa de pronunciar su sentencia, declarando a Apolo vencedor. Sin que se le pidiese su opinión, Midas declaró que esta sentencia era injusta, ante lo cual Apolo, irritado, hizo que le creciesen a ambos lados de la cabeza un par de orejas de asno. Según otra versión, Midas había sido nombrado juez, junto con otros, y habría sido el único en votar en favor de Marsias. Otras veces se atribuía al propio Midas el invento de la llamada "flauta de Pan". Sea de ello lo que fuere, Midas ocultó en lo posible sus molestas orejas bajo una tiara. Sólo su peluquero sabía el secreto, y le estaba prohibido, bajo pena de muerte, revelarlo a nadie. El pobre hombre, abrumado por el peso de un secreto tal, no pudo contenerse más y, haciendo un agujero en el suelo, confió a la Tierra que el rey Midas tenía unas orejas monstruosas. Entonces las cañas que crecían en aquellas cercanías se pusieron a repetir el secreto del rey y a murmurar al viento que las agitaba: "Midas, el rey Midas, tiene orejas de asno...".

