Estornudo
La primera señal de vida que dio el hombre de Prometeo fue un estornudo. Después de haber recogido una porción de fuego o rayos solares, y llenando una botella que cerró herméticamente, la acercó a su estatua para que la aspirase. Los rayos solares no habían perdido aún su actividad, e insinuándose en los poros de la estatua la hicieron estornudar. Prometeo, alegre y admirado del suceso, exclamó repentinamente: "De provecho te sirva", e hizo ruegos para la conservación de su obra. El hombre lo observó, y tuvo gran cuidado de practicarlo en casos semejantes, y de encargarlo a sus descendientes, los cuales de padre a hijo perpetuaron la costumbre de generación en generación. La costumbre de costumbre de obtener augurios del estornudo era muy antigua. Se consideraban buenos si se producían por la tarde, malos cuando acaecían por la mañana, y perniciosos al salir de la cama o al levantarse de la mesa; y si sucedía que estornudasen mientras se estaban calzando, solían muchas veces volverse a la cama. Vemos en Homero que Penélope obtiene un augurio favorable cuando Telémaco, anunciando la llegada de un extranjero, estornudó de manera que hizo resonar todo el palacio. Jenofonte, animando a sus tropas, aprovecha la casualidad de haber estornudado uno de sus soldados para obligarles a tomar una resolución peligrosa. En fin, el demonio de Sócrates no era otra cosa que el estornudo, si damos crédito a lo que dice Polimnio en Plutarco. Este síntoma era decisivo en las uniones amorosas, y los poetas griegos y latinos dijeron de las personas alegres, "que los amores habían estornudado en su nacimiento". Eustaquio demuestra que el estornudar a la izquierda era una señal fatal, al paso que el estornudar a la derecha es un augurio favorable. Así es que Plutarco nos dice que, estando Temístocles sacrificando sobre su nave antes de darse la batalla contra Jerjes, y habiendo uno de los asistentes estornudado a la derecha, el augur Enfrantides predijo al instante la victoria a los griegos. Los rabinos dicen que Dios dispuso que todo mortal no estornudaría más que una vez, y que en el mismo instante entregaría su alma al Creador. Jacob, continúan, pidió al Señor la gracia de ser exceptuado de esta regla y le fue oncedida. Estornudó en efecto y no murió. Todos los príncipes de la tierra, informados del hecho, mandaron que de allí en adelante los estornudos serían siempre acompañados de votos y de acciones de gracias para la prolongación de la vida. Esta creencia se ha conservado hasta nuestros días.

