Árabes
Naturales de Arabia. Estos pueblos nómadas vivían en tribus, antes de la predicación de Mahoma, aisladas y separadas una de otra, sin unidad de culto, aunque la mayor parte seguían el sabeísmo. Adoraban las constelaciones y los planetas, fuese por ellas, fuese suponiéndolas habitadas por seres de forma humana, aunque de una clase intermedia entre el Ser supremo y los hombres. El cielo puro de Arabia manifestaba evidentemente a sus habitantes que las lluvias periódicas, tan raras y tan necesarias a su clima cálido y seco, caían siempre al salir o al ponerse ciertas estrellas. Así que no es de extrañar que les atribuyesen unos beneficios tan preciosos y que les atestiguasen su reconocimiento como a seres dotados de una virtud divina. Los templos más augustos estaban dedicados, como en la India, a todos los planetas en general, o a uno de ellos. Tal era el templo de Venus, llamado Zoharah, eregido bajo el título de Beit- Choudam, en Sanaa, capital del Yemen. El templo de La Meca debió estar consagrado a Zohal o Saturno. Sin embargo, aunque todos los planetas eran universalmente adorados por los árabes, no por esto dejaba de tener cada tribu cierta devoción particular a uno u otro de ellos. Así es que los "hamiaritas" preferían al Sol; la tribu de "misan" a Al-Debaram, el dios de los ojos de buey; la de "lakhm" y la de "Jodam" a AI-Moshtari, o Júpiter; "tay" a Sohail, o Canopus; "asad" a Octared o Mercurio. En general parece que en Arabia, así como en la India, tributaban mayores obsequios a las estrellas fijas que a los planetas, pues los árabes les atribuían no tan sólo las lluvias, sino también las borrascas, los vientos, las tempestades, el calor, y el frío. Todas las variaciones de la atmósfera sujetas a la influencia de las estrellas fijas las hacían depender de la salida de las unas y de la desaparición de las otras.

