Arúspice
o Augur o Harúspice. Ministros de la religión romana instituidos por Rómulo, cuya atribución especial era examinar las entrañas de las víctimas y augurar lo futuro. En la antigua Roma practicaba oficialmente la adivinación por el canto, el vuelo de las aves, por su movimiento, por su posición en el espacio del cielo y por el modo de picar el grano los pollos sagrados o por otros signos, como diversos fenómenos fortuitos o de la naturaleza. Los etrurios eran reputados por los más sabios arúspices de toda Italia, y los únicos de que se servían los romanos. Además enviaban todos los años a Etruria un cierto número de jóvenes para instruirse en esta ciencia, procurando siempre escogerlos de las mejores familias de Roma, a fin de que este arte no llegara a envilecerse por la inferior calidad de las personas que lo ejerciesen. Los arúspices examinaban:
)o( 1º) Las víctimas antes de abrirlas
)o( 2º) Las entrañas después de la apertura
)o( 3º) La llama se elevaba al quemar las carnes
)o( 4º) La flor de harina, el incienso, el vino y el agua que servían para los sacrificios. )o(
En primer lugar debían observar si las víctimas iban contra su voluntad a los altares, si querían escaparse de la mano de su conductor, si eludían el golpe, si daban saltos o mugían al recibirlo, si la agonía era lenta y dolorosa. Todos pronósticos siniestros así como los opuestos eran favorables. Abierto ya el animal, examinaban el color de las entrañas, y un doble hígado, un corazón pequeño o flaco eran de mal presagio. Pero se tenía por el más funesto de todos que a la víctima le faltase el corazón. Así es, según se cuenta, que el día en que fue asesinado César, no se halló el corazón en los dos bueyes que hizo inmolar. Cuando las entrañas eran más sanguinolentas que de ordinario, o su color era pálido o lívido, anunciaban desastres inmediatos y una ruina próxima. En cuanto a la llama, era indispensable para que el augurio fuese feliz, que se elevase con fuerza y consumiese prontamente la víctima; que fuese clara, pura y transparente, sin mezcla de humo ni de color rojo o negro, elevándose a manera de una pirámide. Pero presagiaba por el contrario las mayores desgracias si se encendía con lentitud; si en lugar de elevarse en línea recta, describía sinuosidades y dejaba claros; si en vez de abrasar de un golpe a la víctima, lo hacía gradualmente; si era dispersada por el viento, o apagada por una lluvia repentina, o cuando dejaba por fin alguna parte de la vlctima sin consumir. El deber de los ministros se extendía también a observar si el incienso, etc., y demás aromas que empleaban, tenían el gusto, el color y el olor que se requería. En la consulta por los augures de las señales del cielo, con el rostro vuelto hacia el sur, los fenómenos a su izquierda eran de buen agüero. Y es que la izquierda señalaba el Oriente, la región donde nace el sol, portador de vida. Los augures formaban un colegio de seis miembros, que después aumentaron a nueve, y más tarde hasta quince con la reforma de Sila. Los augures se elegían entre sí por cooptatio, desde 104 a.C., en época republicana. El augur portaba en su mano derecha el lituus o bastón curvado, signo de su cargo con el cual dibujaba el cielo o la tierra. Su poder era notable, ya que las decisiones de magistrados y asamblea dependían de la interpretación que daba a las señales divinas (signos favorables o desfavorables respecto a las mismas). Desde Augusto y a lo largo del Imperio, fue el Princeps quien tuvo el privilegio de designarlos por voluntad propia, siendo éste el principal augur y rector de su colegio; el colegio de los augures subsistió, pero terminaron por perder el poder político, aunque mantuvieron su importancia religiosa. El colegio de los arúspices tenía como todos los demás, sus registros y sus memorias; formando de su arte una ciencia a la cual dieron el nombre de Aruspicina. Ver, Augurios, Augurio de salud, Augurales (Libros).

