Infiernos

Para los antiguos, los Infiernos eran la morada de los muertos, de todos los muertos, y no, como el Infierno de los cristianos, un lugar de castigo reservado a los malvados. Los griegos lo designaban con el nombre de "el Hades" (es decir, el reino de Hades "el Invisible", que reinaba en sus dominios junto a su esposa Perséfone), o con el de Érebo "las Tinieblas". Contrariamente a lo que sugiere el término latino inferi, que designa "los espacios inferiores" o "situados abajo", los Infiernos mitológicos no son forzosamente un espacio subterráneo. En el canto Xl de la Odisea, donde Ulises accede por mar al país de los muertos, este se localiza en el extremo septentrional del mundo, más allá del río Océano, que rodea la tierra separando el mundo de los vivos del de los muertos. A menudo también se le sitúa hacia Occidente, lugar donde se oculta el Sol (que se suponía que descendía al reino de los muertos durante la noche), punto contrario a Oriente, que pertenece a la Aurora y al que se asocia todo renacer. Estas representaciones, basadas en un eje horizontal, coexisten con la de un mundo de los muertos situado bajo tierra, representación ligada sin duda a los ritos de inhumación, pero también a las imágenes de muerte seguida de retorno a la tierra que ofrece el ciclo vegetal. Esta concepción vertical está también presente en Homero, así como en Hesíodo, quien distingue un Hades subterráneo y un Tártaro, situado a mayor profundidad todavía, donde permanecen prisioneros aquellos que osaron rebelarse contra los dioses celestes. Será esta la concepción que terminará imponiéndose tanto en Grecia como en Roma. Así Eneas, en el canto VI de la Eneida, deberá efectuar un descenso a los Infiernos guiado por la sibila de Cumas. La morada de los muertos está poblada de "almas" o "sombras", especie de dobles inmateriales de los seres vivos que se desprenden de estos llegada la hora de la muerte. Estas sombras llevan en los Infiernos una existencia larvaria en un mundo lleno de brumas, víctimas del recuerdo obsesivo de su vida terrestre. "Preferiría ser esclavo de un humilde granjero que reinar sobre todos estos muertos, sobre este inmenso pueblo extinto", declara a Ulises la sombra del glorioso Aquiles. La misma suerte está reservada a todos, sin distinción entre virtuosos y malvados; solo reciben castigo los criminales miticos que osaron desafiar a los dioses. Este lugar de desolación está cercado por ríos pavorosos: el Éstige de tortuosos meandros, cuyo solo nombre es garante solemne de los juramentos de los dioses; el Piriflegetonte (río de fuego) y el Cocito (río de los lamentos), cuyos cursos se unen para formar el Aqueronte, de aguas cenagosas. Para penetrar en el reino de los muertos, el alma debe atravesar este río a bordo de la barca de Caronte, pagando al siniestro barquero un óbolo que se colocaba en la boca del difunto, sin lo cual el alma permanecería en aquella orilla tan próxima al mundo de los vivos, errando por toda la eternidad. En la otra orilla del Aqueronte se abrían ya las puertas de los Infiernos, guardadas por el terrible Cerbero. La topografía interior de los espacios infernales aparece evocada de formas diversas según los autores. En cualquier caso, el desarrollo de la reflexión moral fue imponiendo progresivamente un tratamiento diferente de las almas según los méritos realizados en la vida terrestre, de ahí que se mencionen dos regiones distintas: los Campos Elíseos para los virtuosos y el Tártaro, lugar de castigo para los criminales, entre los que se encuentran Tántalo, Ixión atado a su rueda de fuego, Sísifo, las Danaides.. El alma se dirige hacia una u otra región después de haber comparecido ante los tres jueces supremos: Éaco, Minos y Radamantis, todos ellos hijos de Zeus. Platón, en el Fedón, introduce además la idea de un castigo proporcional a la falta cometida y al arrepentimiento del culpable, de una purificación y de una salvación posibles tras un período de expiación. A veces se sugiere la noción de una reencarnación de las almas que, antes de volver a la tierra, deben beber el agua del Leteo, río del olvido. Entre los poetas órficos, el alma del iniciado, conducida por Hermes psychopompe (conductor de almas) y advertida con precisión sobre el itinerario a seguir en el reino de los muertos y las fórmulas que deberá pronunciar, podrá beber finalmente el agua del lago de la Memoria y recobrar así su origen divino y su eternidad. La descripción más precisa y más rica es la que ofrece Virgilio en el canto VI de la Eneida, donde los Infiernos aparecen representados conforme a una verdadera geografía simbólica de inspiración pitagórica. Diversos mitos antiguos nos muestran a mortales que van a los Infiernos y regresan vivos: Heracles, Teseo, Orfeo, Eneas... Su victoria sobre la muerte después de las pruebas que han tenido que superar, y que les han conducido hasta el secreto de las cosas ocultas, confirma su identidad heroica. Este modelo de búsqueda iniciática volverá a aparecer, matizado, en otros muchos relatos posteriores de diversas culturas. )o()o()o( De los drusos )o( Los apóstatas desertores del culto de Hakem, deidad de los drusos, serán castigados con los más crueles suplicios en el nuevo imperio que debe formar después de haber destruido todos los hombres. Todo lo que comerán o beberán tendrá gusto de hiel y de amargor, y serán esclavos de los verdaderos adoradores. Llevarán gorros de pelo de cerdo de un pie y medio de largo en señal de una eterna reprobación, y de su orejas penderá un anillo, que en el verano será ardiente como el fuego, durante el invierno frío como el hielo. Los indios y los cristianos estarán sujetos a los mismos castigos, aunque con algunas ligeras modificaciones. )o()o()o( De los griegos )o( Los muertos habitaban en un reino de sombras, oscuro y ambiguo, en el que no existía propiamente ningún tipo de castigo. Con este mundo subterráneo e infernal estaban relacionados una serie de dioses muy positivos como Deméter, diosa de las cosechas; Plutón, dios de la riqueza; Perséfone o Core "la muchacha", hija de Deméter. Existen, sin embargo, una serie de especulaciones, como la de los órficos, que llegaron a desarrollar la creencia de premios y castigos post mortem (Campos Elíseos, Tártaro), pero esto no deja de ser marginal dentro de las creencias de los griegos. El Infierno era un lugar subterráneo donde pasaban las almas después de la muerte para ser juzgadas por Minos, Éaco y Radamante, Plutón era el dios y rey. Los griegos, según Homero y Hesíodo, etc, se figuraban el Infierno como un lugar vasto, oscuro, dividido en diversas regiones, la una horrorosa, donde se veían lagos, cuyas aguas infectas y cenagosas exhalaban vapores mortales, un río de fuego, varias torres de hierro y de cobre, hornos ardientes, monstruos y furias encarnizadas en atormentar los malvados; la otra risueña y pacífica, destinada para los buenos y los héroes. Estos pueblos que no conocían más que nuestro hemisferio, que ponían los límites de la tierra en las rocas del Atlas y en las llanuras de España, se imaginaron que el cielo cubría tan sólo esta parte del globo y que reinaba en la otra una noche eterna y horrorosa. Estas tinieblas absolutas habían precedido todas las cosas y conducían a los Infiernos. Homero pone su entrada en la extremidad del océano. Jenofonte hace entrar a Hércules en los infiernos por la península cercana de Heraclea, ciudad del Ponto. Otros han supuesto el infierno debajo del Ténaro, porque era un lugar oscuro y espantoso, rodeado de espesas selvas y formado de sendas cortadas como las vueltas de un laberinto. Ovidio hace bajar a Orfeo por este lugar terrible. Otros han creído que la ribera o pantanos del Estigia en Arcadia eran la entrada de los infiernos, los griegos creían que se extendían por debajo de nuestro continente y se dividían en cuatro distritos diferentes, que los poetas, y el mismo Platón han comprendido en lo sucesivo bajo el nombre general de Tártaro o Campos Elíseos. El primer lugar, el más vecino de la tierra era el Erebo. En él se veía el palacio de la Noche, el del Sueño, y el de los Sueños, y era la morada del Cerbero, las Furias y la Muerte. Por este lugar erraban, por espacio de cien años, las sombras infelices cuyos cuerpos no habían recibido los honores de la sepultura; y cuando Ulises llamó a los muertos, todos los que aparecieron salieron del Erebo. El segundo lugar era el Infierno de los malvados, donde cada crimen era castigado, donde el remordimiento devoraba sus víctimas, y donde se hacían oír los gritos agudos del dolor. Las almas de los conquistadores y de todos aquellos cuya vida era funesta a los hombres, después de haber sido sumergidas en los lagos infectos y helados, sentían de repente el ardor de las llamas vengadoras y experimentaban sucesivamente todos los tormentos que pueden causar tanto unos fuegos activos, como un frío extremo. El Tártaro seguía después de los Infiernos y era la cárcel de los dioses. Rodeado de un triple muro de cobre, sostenía los vastos fundamentos de la tierra y los mares. Su profundidad se alejaba tanto de la tierra, como estaba lejos del cielo. Fueron encerrados en él, para no salir jamás, los dioses antiguos, arrojados del Olimpo por los reinantes y victoriosos. Urano precipitó en él a sus hijos, los cíclopes y gigantes. Saturno a su vez arrojó en él a Urano, después de haberle vencido; y habiendo Júpiter subido al trono, encerró en el mismo a Saturno y a los titanes. El dios vencedor liberó entonces a sus tíos, los cíclopes, los cuales en reconocimiento le dieron el rayo y el relámpago. Algún tiempo después mitigó la pena de Saturno, dejándole reinar en los Campos Elíseos; pero los titanes, como Coto, Ciges y Briareo de cien manos, quedaron para siempre en el Tártaro. La tierra, por su unión con este lugar inflamado, produjo el horrible Tifón, que tenía cien cabezas de serpiente. Despedía fuego por la niña de los ojos y quiso destronar al padre de los dioses. Éste lo destruyó con la nueva arma que le habían regalado los cíclopes y le castigó también con los tormentos del Tártaro. Le Clerc hace derivar este nombre del Tártaro del fenicio Tarak, lugar penoso. Pluche dice que esta palabra significaba en caldeo praemonitum, el lugar que nos advierte, porque su idea detiene a veces el brazo del asesino, y previene el crimen. La raíz ar, er, ha significado siempre en las lenguas orientales una profundidad, una cavidad subterránea. Los nombres antiguos de la mayor parte de los ríos y de las profundas riberas se forman por lo común de ellas. Doblando la palabra Tar se hace Tártaro, lugar en extremo profundo y tenebroso. Los Campos Elíseos, morada feliz de las almas virtuosas, forman la cuarta división de los Infiernos, Para llegar a ellos era necesario atravesar el Erebo. Ver, Elíseos. )o()o()o( De los judíos )o( Los talmudistas distinguen tres clases de personas que comparecerán al juicio final. Primera, los justos; segunda los malvados; y tercera, los que se hallan en un estado medio, esto es que no son ni del todo justos, ni de todo impíos. Los justos serán destinados al momento a la vida eterna, y los malvados a la genna o Infierno; los medianos, tanto judíos como gentiles, descenderán con sus cuerpos al Infierno, y llorarán por espacio de doce meses, subiendo y bajando, yendo a sus cuerpos, y volviendo al Infierno. Después de este término serán consumidos sus cuerpos y quemadas sus almas, y el viento los dispersará bajo los pies de los justos: pero los herejes, ateos y los tiranos que han desolado la tierra, y los que inducen a los pueblos al pecado, serán castigados en el Infierno durante ss. de ss.. Los rabinos añaden que todos los años, en el primer día del Tisri, primer día del año judaico, Dios hace una especie de revisión de sus registros, o un examen del número y del estado de las almas que hay en el Infierno. )o()o()o( De los romanos )o( Entre los poetas latinos, algunos han colocado el Infierno en las regiones subterráneas, situados directamente debajo del lago Averno, en la campiña de Roma, con motivo de los vapores envenenados que se elevan de este lago. Según los romanos, los infiernos se dividían en siete lugares diferentes. El primero encerraba los niños muertos al nacer y que, no habiendo probado ni las penas, ni los placeres de la vida, no habían contribuido ni a la dicha ni a la infelicidad de los hombres, y no podían por consiguiente ser castigados ni premiados. El segundo lugar estaba destinado a los inocentes condenados a muerte. El tercero contenía los suicidas. En el cuarto, llamado Campo de lágrimas, erraban los amantes perjuros y sobre todo la multitud de amantes desgraciados. En el se veía la audaz Pasifae, la celosa Procris, la animosa Dido, la demasiada crédula Ariadna, Erifila, Evadne, Fedra, Ceneo y Lacodamía. El quinto lugar era habitado por los héroes cuya crueldad había oscurecido el valor, tales eran Tideo, Partenopeo, Adrasto. El sexto era el Tártaro, esto es, lugares de los tormentos. El séptimo, en fin, los Campos Elíseos. )o()o()o( De los galos )o( Ver, Ifurim. )o()o()o( De los musulmanes )o( Según el Alcorán, el Infierno tiene siete puertas y cada una su suplicio particular. Algunos intérpretes entienden por estas siete puertas, siete estancias diferentes en las cuales son castigados siete clases de pecadores. El primero que se llama Gehennem, está destinado para los adoradores del verdadero Dios, tales como los musulmanes, que por sus crímenes habrán merecido caer en él: el segundo llamado Ladha, es para los cristianos; Holihama, el tercero, es para los judíos: el cuarto, Sair es paralos sabianos; el quinto llamado Sacar para los magos o guebros: Géhin, el sexto, es para los idólatras; el séptimo y más profundo del abismo, y que se llama Haoviat, está reservado a los hipócritas. Se presume muy bien que esta clasificación varía según el capricho de los doctores musulmanes. Otros místicos pretenden que las siete puertas son los pecados capitales; otros en fin, ven en ellas los siete miembros principales del hombre que son los instrumentos del pecado: tales son los ojos, las orejas, la lengua, el vientre, las partes naturales, los pies y las manos. Este infierno está lleno de tormentos de fuego y de azufre, donde los condenados, cargados con cadenas de setenta codos de largo, serán sumergidos y vueltos a sumergir por los ángeles malos. En cada una de las siete puertas hay una guardia de diecinueve ángeles, siempre prontos a ejercer su crueldad con los condenados; y sobre todo con los infieles, que estarán para siempre en estas cárceles subterráneas, donde las serpientes, las ranas y las cornejas, animales horrorosos para los persas, agravarán más y más los tormentos de estos desgraciados. los mahometanos permanecerán en el infierno, el que más siete mil años, y el que menos cuatrocientos años. Pasado este término el Profeta les alcanzará su libertad. Durante todo el tiempo del suplicio, los condenados sufrirán el hambre y el fuego. Sólo se les darán frutos amargos, y semejantes a las cabezas de los diablos. Su bebida se tomará en fuentes de azufre ardiente, que le causarán continuos retortijones. El inspector de los ángeles malos que guardan la entrada de las siete puertas, decidirá el rigor de los tormentos. Siempre será proporcionado al crimen, y a la mas o menos negligencia en hacer la limosna y en observar los demás preceptos del Alcorán.
 
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