Augurios
Especie de adivinación que se hacía por la inspección del vuelo y canto de las aves, y del modo con que comían, o bien por los meteoros y fenómenos que aparecían en el cielo. Este arte tenía su origen en los caldeos, del que lo tomaron los griegos y los romanos. Algunos autores hacen derivar la ciencia de los augures del primer hombre, que debía entender perfectamente el lenguaje de las aves. De padres a hijos pasó hasta Noé, sabio astrólogo, quien no soltó el cuervo y la paloma del arca hasta después de estar bien orientado de la inteligencia de estos animales, según los principios de la ornitomancia. De Noé se transmitió a Cam, famoso por su afición a las ciencias abstractas, y conocido entre las naciones bajo los nombres de Saturno, de Pan y de Zoroastro. Finalmente de Cam pasó a Tages, según se dice, nieto suyo, llamado también Malosh, por medio del cual llegó esta maravillosa ciencia a Europa. El colegio de los augures en Roma, a cuyo jefe se le daba el título de Magister collegii, se compuso primeramente de 3, después de 4, y finalmente de 9 augures, de los cuales 4 eran patricios, y los 5 restantes plebeyos. Gozaban de suma consideración, y hasta una de las leyes de las Doce Tablas prohibía bajo pena de muerte desobedecer a los augures. Y si algunos de ellos se hacían reos del algún crimen, no por esto perdían sus prerrogativas, de cuyo favor no disfrutaban los demás colegios sacerdotales. Cuando querían hacer sus observaciones, subían a una torre y se volvían hacia el oriente colocándose de manera que les quedase el norte a la izquierda y el mediodia a la derecha. Partían el cielo en cuatro partes con un bastón en forma de báculo, sacrificaban luego a los dioses y se cubrían la cabeza. No se hacía ninguna empresa de consideración sin consultarles antes. Sin embargo, parece que en los últimos días de la república estaban ya en bastante descrédito, y los romanos ilustrados decían, sin duda con Cicerón, que no concebían cómo un augur podía encontrarse con otro sin reírse mutuamente de su profesión. Los hombres más sensatos entre los griegos, opinaban a corta diferencia del mismo modo, pues Eurípides hizo decir a Teseo cuando condenaba a Hipólito: "La carta de Fedro es un testimonio irrecusable que depone contra ti, que en cuanto al vuelo de las aves, es un testimonio falaz del que no hago caso". De todos los meteoros de que se servían para tomar los augurios, el trueno, los rayos y los relámpagos; cuando venían de la izquierda, era un presagio feliz, porque venían, según ellos, de la derecha de los dioses. No obstante se encuentra en Homero que Júpiter envió a los griegos una señal favorable haciendo brillar relámpagos a su derecha. Los rayos que iban del oriente al occidente se reputaban como dichosos, y desgraciados los que pasaban del septentrión al oriente. En los augurios se observaban también los vientos, pero se ignora cuales eran de buen o mal augurio. Las aves cuyo vuelo se observaba con más interés, eran el águila, el buitre, el milano, el búho, el cuervo y la corneja. Ya se sabe el gran papel que representaban los pollos sagrados en las empresas más importantes. Los galos creían también en la ciencia de los augures, y no les consultaban menos que los griegos y los romanos. Entre estos últimos, se distinguía: 1º "augurium celeste", el augurio que provenía del rayo y del relámpago. 2º "coactum", el que ofrecían los pollos que a propósito dejaban hambrientos. 3º "imperativum", el que se pedía a los dioses. 4º "impetrativum" (Servo), conforme el deseo. 5º "nauticum", el que los marineros sacaban de las aves marinas. 6º "oblativum", aquel que se presentaba sin pedirlo. El augurio es designado comúnmente en las medallas por un hombre en pie, con una corona en la cabeza, el bastón augural en la mano, y que observa el vuelo de un ave o bien a unos pollos a quienes da de comer. Su vestido consiste en una ropa de color encarnado. Ver, Auspicia, Augur, Augurio de salud, Augurales (Libros), Auspicios.

