Diomedes
Rey de Tracia, hijo de Ares y de Pirene, que tenía la costumbre de hacer devorar por sus yeguas a los extranjeros que abordaban en su país. Euristeo encargó a Heracles que pusiera fin a esta atroz práctica y condujese las yeguas a Micenas. Heracles partió con un contingente de voluntarios y, tras reducir a la impotencia a los mozos encargados de los animales, se llevó a éstos; pero en la playa fue atacado por los indígenas que acudían a defender los caballos. Al ver esto, Heracles los confió a su amigo Abdero, hijo de Hermes, nacido en Opunte de Lócride; pero éste fue arrastrado y muerto por ellos. Entretanto, Heracles venció a los habitantes del país, dio muerte a su rey Diomedes y fundó una ciudad en la costa, a la que dio el nombre de Abdera, en recuerdo del joven a quien tanto quería. Luego condujo las yeguas a Euristeo, pero éste las dejó en libertad y acabaron siendo devoradas por las fieras del macizo del Olimpo. Otra tradición afirma que Heracles mató a Diomedes abandonándolo a sus propias yeguas, que lo devoraron. Acto seguido, el héroe habría llevado las bestias a Euristeo, el cual las habría consagrado a Hera. Sus descendientes existían aún en tiempo de Alejandro Magno. La tradición ha conservado el nombre de dichas yeguas, que eran cuatro: Podargo, Lampón, Janto y Deino. Estaban atadas por una cadena de hierro a su pesebre, que era de bronce.

