Bacantes

Mujeres que celebraban los misterios de Baco. Las primeras bacantes fueron las que siguieron a Baco a la conquista de las Indias, llevando en la mano un tirso o lanza corta cubierta de yedra y de pámpanos. Hay quien expresa que las primeras bacantes fueron las ninfas que educaron a Baco. Se dice que habiendo ido Baco para sitiar a Argos, Perseo que defendía la ciudad, ganó la victoria y que perecieron en el combate muchísimas bacantes. Con frecuencia desnudas, a excepción de un ligero velo que ondeaba afrededor de ellas, ceñida la cabeza algunas veces por serpientes vivas, con los ojos encendidos, las bacantes corrían de este modo sin orden ni concierto de una parte a otra, haciendo retumbar los aires con sus desacompasados gritos y con el sonido brusco de sus instrumentos, gritando Evoe (valor), amenazando y golpeando a los espectadores, formando una especie de danzas que consistían en saltos irregulares y convulsivos. Despedazaban becerros, comían cruda su carne e iban a celebrar estas fiestas en la cumbre de los montes Citerón, cerca de Tebas, Ismeno en Beocia; Ismaro, Ródope, y otros en Tracia; lugares en los cuales Baco era particularmente venerado. Aunque las solteras, las casadas y las viudas concurrían sin distinción a celebrar las fiestas de Baco, no obstante parece que las verdaderas bacantes eran vírgenes, y que sólo ellas llevaban el tirso (o vara enramada, símbolo de Baco) ahullando y dando gritos desacompasados. Después de las bacantes seguían en buen orden las matronas acompañando las ceremonias sagradas, y cantando himnos. Eurípides refiere que las bacantes sabían conservar su castidad en medio de la agitación y del furor de que estaban poseídas; y que se defendían a golpes de tirso de los hombres que las querían hacer violencia. Se habla de las bacantes como unas vírgenes tan amantes de su castidad que para que no las sorprendiesen durmiendo, se ceñían con una serpiente. En la Antología se lee que las bacantes Eurinoma y Porfírida se retiraron de sus funciones, porque iban a desposarse. Pero Juvenal es de otro parecer; y Licofronte da el epíteto de bacantes a las mujeres disolutas. Las bacantes se ocupaban con preferencia de la caza de los animales salvajes tales como los tigres, leones o panteras y se cubrían y adornaban con sus despojos. Se ejercitaban en la danza y en carrera. Había en Esparta once doncellas llamadas Dionisíadas, quienes en las fiestas de Baco se disputaban el premio de la carrera. Las bacantes llevaban también vestidos blancos o pintados de diversos colores que tenían el brillo como de muchas flores reunidas, y de otros cuyo color se asemejaba al racimo cuando empieza madurar. A imitación de su numen tutelar las bacantes llevaban alguna vez coturnos, y se coronaban de laurel, dado que Baco se coronó de él cuando volvió triunfante de la conquista de la India. Eurípides dice que hay cuatro especies de coronas propias de las bacantes: de hiedra, de zarzal, de roble y de abeto y les atribuye además tres ejercicios principales: el de saltar, el de quedarse en cierta actitud y el de agitar la cabeza. En los monumentos que nos quedan de los antiguos se representan las bacantes con los cabellos desordenados y caídos sobre sus desnudas espaldas, lo que se tenía por suma inmodestia entre los romanos. Las matronas romanas los llevaban prendidos con un aguja o palito. Una pintura antigua representa una bacante coronada de yedra y llevando un tirso guarnecido de un sarmiento, con el cual da golpes a un hombre que la persigue. Otra pintura antigua muestra un fauno violando a una bacante. En otras pinturas de Herculano se representan diversas bacantes durmiendo, mientras que un sátiro quiere abusar de ellas. En otra pintura se ve una bacante a la cual un fauno le besa la mano amorosamente. La desnudez de las bacantes se observa en todos los monumentos, no sólo en el acto de entregarse a sus furores, sino también en sus funciones más serias. Se llamaban también bacantes unos hombres admitidos en las orgías o bacanales. Usaban los mismos adornos que Baco e iban como él coronados de hojas de yedra, mezcladas con aquellos pequeños granitos o el fruto de este arbusto. Cuando estaban bastante ebrios por el vino, se batían con gruesos palos, de modo que algunas veces se herían gravemente y aun se llegaban a matar, por cuya razón sustituyeron los palos por troncos de cañaheja. Ver, Sacerdotes, Basárides.
 
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