Bosques sagrados
Los bosques han sido los primeros lugares destinados al culto de los dioses. Al principio de la sociedad, los hombres, que habitaban los bosques, tuvieron que reverenciar sus divinidades en los mismos parajes donde habitaban, y escogían los lugares más sombríos para ejercer su religión. Más adelante construyeron adoratorios y después templos. Para conservar esta antigua costumbre, plantaban, siempre que les era posible, alrededor de los templos, bosques sagrados como los mismos templos. Estos bosques fueron después muy frecuentados. Se reunía allí el pueblo los días festivos, en donde se hacían comidas públicas acompañadas de danzas y de otros regocijos. Realizaban en ellos ricas ofrendas y se consagraban a los dioses los árboles más lozanos y frondosos. Los adornaban con cintas de varios colores, lo mismo que a las estatuas de los dioses, cuyo uso prohibió severamente el emperador Teodosio, lo mismo que san Gregorio, varios concilios y ordenanzas de los reyes de Francia y por último las leyes lombardas. Cortar o arrancar estos bosques sagrados era un sacrilegio. No obstante era permitido entresacar sus ramas y podarlos. Roma estaba rodeada de estos bosques sagrados denominados lucus: los más célebres eran los de Egeria, en la vía Apia; de las Musas en la misma vía; de Diana en el camino de Aricia; de Juno Lucina en los Esquilios; de Lavernia cerca de la vía Salaria; el de Vesta al pie del monte Palatino. En Beocia (Grecia), el dios Neptuno tuvo dedicado un bosque sagrado, según narra la Ilíada. Hubo uno dedicado a la diosa Ishtar, sobre los montes Tauro, tal vez en los montes Amanus, de 2.260 m de altura. Ver, Claros, Epidauro.

