Concilio de Nicea
Concilio celebrado en Nicea (325), durante el pontificado de san Silvestre I. EI arrianismo fue una doctrina que vió la luz en Alejandría. Los intelectuales alejandrinos sostenían que Dios, único y trascendente, se manifestaba en el mundo a través del Logos, la "Palabra". Por otra parte, en el mismo Evangelio de San Juan se afirma que Cristo, redentor del género humano, era el Logos (Verbum, en latín). En el magma de todas estas elaboraciones y lucubraciones teológicas, quedaba sin definir la naturaleza, humana o divina, de ese Logos-Cristo. La Iglesia católica solventaba la cuestión recurriendo a la aceptación en Cristo de dos naturalezas: una humana, que es la que sufre y padece en la cruz, y la otra, eterna y creadora. Pero, en el 318, Arriano, clérigo alejandrino, afirmó que el Hijo, al proceder del Padre, no era igual al Padre, sino un ser intermedio, ni Dios ni Hombre. La reacción de san Atanasio, principal responsable de la polémica que posteriormente se desató, se centró en la defensa de las dos naturalezas. Los fieles y la jerarquía, al alinearse con un bando o con el otro, dejaban entrever que la cuestión no tendría fácil solución si se la abandonaba a su suerte. Por eso, Constantino, aconsejado quizás por el obispo hispano Osio de Córdoba, buscó la solución reuniendo (20 de mayo de 325) un concilio ecuménico en Nicea, que se encargase de definir apropiadamente la naturaleza de Cristo. Los padres conciliares redactaron el Credo de Nicea, que establecía doctrinalmente que el Hijo era homousios, esto es, de la misma naturaleza que el Padre. No todos los obispos y fieles aceptaron esa doctrina, y el arrianismo, con momentos de efervescencia y de sosiego, pervivió y siguió creando problemas durante mucho tiempo a la iglesia católica a través de los bárbaros, como los visigodos, ganados por la fe arriana.

