Anna Perenna
Diosa romana antiquísima, venerada en un bosque sagrado situado inmediatamente al norte de Roma, en la Vía Flaminia. Era representada con el aspecto de una anciana. Cuando la secesión de la plebe al Monte Sagrado, y como quiera que las provisiones eran insuficientes, dícese que Anna Perenna elaboraba tortas, que iba a vender todos los días al pueblo, librándolo así del hambre. Ello le habría valido los honores divinos cuando las turbulencias políticas quedaron pacificadas y la plebe se hubo reintegrado a Roma. De "à perennitate cultus" tomó el sobrenombre de Perenna. Ofrecíanla sacrificios los romanos a fin de obtener una vida larga y dichosa, de lo cual se derivaron las palabras "annare" y "perennare". Unos la confundieron con la Luna, otros con Temis o Io, o bien con una de las atlántidas que criaron a Júpiter. Muchos creen ver una ninfa del río Numicio, lo mismo que Anna, hermana de Dido (ver infra). Varrón la cuenta en el número de las divinidades campestres, tales como Palas, Ceres, etc.. Su fiesta se celebraba en los idus de marzo, en las orillas del Tíber, durante la cual entregábanse los pueblos al regocijo. Bebíase en abundancia y se bailaba mientras que algunas jóvenes cantaban versos en los que no se respetaba el pudor, aludiendo a una aventura amorosa que cuenta Ovidio en el tercer libro de los Fastos. Otra tradición, que se desarrolló al mismo tiempo que la novela de Eneas, hacía de esta Anna la hermana de la reina Dido. Después del suicidio de ésta (Ver, Eneas), el reino de Cartago había sido invadido por indígenas acaudillados por Yarbas (Ver), y Anna, obligada a huir. Primero halló asilo en la corte del rey de Mélite, isla de la costa africana. Pero Pigmalión, rey de Siria, había ido a pedir al de Mélite la entrega de la fugitiva. Ésta abandonó la isla y, hallándose en alta mar, una tempestad la arrojó a las costas del Lacio. Pero he aquí que a la sazón Eneas reinaba en la ciudad de los Laurentes, y precisamente allí abordó la joven. Eneas se paseaba por la orilla en compañía de su amigo Acates y éste reconoció a Anna. Eneas la acogió con lágrimas, lamentándose por el triste fin de Dido, e instaló a Anna en su palacio. Ello disgustó a Lavinia, esposa de Eneas, que no veía con buenos ojos la presencia de este testigo del pasado de su esposo. Un sueño reveló a Anna la necesidad de precaverse contra los lazos de Lavinia, y, en plena noche, la mujer huyó del palacio. En su errabundeo, encontró al dios del río próximo, Numicio, que fluía por aquellos parajes y la arrastró en su lecho. Entretanto, las gentes de Eneas estaban buscando a la fugitiva. Siguieron sus huellas hasta la margen del río. Allí los pasos cesaban, y como no sabían qué dirección tomar, surgió de las aguas una figura y les reveló que Anna se había convertido en ninfa acuática y que desde entonces se llamaba Perenna, nombre que indicaba su eternidad. Gozosos, los servidores de Eneas se esparcieron por los campos, pasando la jornada entregados a fiestas y banquetes, costumbre que fue luego perpetuada con la celebración anual de la festividad de Anna Perenna. Ya anciana, Anna fue elegida por Marte mediadora entre él y Minerva. Marte amaba a Minerva, pero la casta diosa se resistía a sus solicitudes. Por eso Marte ideó confiar a la vieja Anna el papel tradicional de "dueña". La mujer, que sabía se le confiaba una misión imposible de cumplir, puesto que Minerva era incorruptible, entretuvo al dios con palabras engañosas, le dio esperanzas y, finalmente, se puso en lugar de Minerva en una cita nocturna con él. Cuando el amante fue introducido en la cámara nupcial, ella levantó el velo que le cubría el rostro y Marte reconoció a la vieja, la cual se burló de él en términos muy picantes. Ello explica, se dice, las canciones obscenas que se cantan en ocasión de la fiesta de Anna.

