Pantarbe
Filóstrato, en su Vida de Apolonio, escribe "acerca de la piedrecilla que atrae y une a ella a otras piedras, no debes ser incrédulo, pues te es posible ver la piedra y admirar todo lo que hay en ella. Llega a ser, pues, la mayor como la uña de este dedo (señalando su pulgar) y se concibe en una cavidad de la tierra, a una profundidad de cuatro brazas; se halla dotada de tanto aliento, que la tierra se hincha y muchas veces se desgarra al estarse concibiendo en ella la piedra. Procurársela no le es posible a nadie, pues se escapa si no se la atrae con la ayuda de la razón. Pero sólo nosotros, por algunas cosas que hacemos y otras que decimos, obtenemos la pantarbe, pues ese es su nombre. De noche, en efecto, emite luz del día, como el fuego, pues es roja y radiante. Si se la mira de día, hiere los ojos con diez mil centelleos. La luz que hay en ella es un halo de una fuerza inefable, pues atrae hacia sí todo lo que hay cerca. ¿Qué digo lo que hay cerca? Te es posible echar al agua cuantas piedras quieras, en cualquier sitio de los ríos o del mar, y no cerca unas de otras, sino desperdigadas y como caigan, y una vez suspendida ésta de un cordel sobre ellas, las recolecta todas por la difusión de su aliento, y se quedarán en racimo sobre ella las piedras, como un enjambre".

