Dragón
El dragón es uno de los seres míticos más universales, antiguos y permanentes en la historia de la humanidad. Los hay desde Asia a América y en Europa no hay país que no los tenga en sus leyendas, folklore, literatura, arte, heráldica o botánica. La idea mítica del dragón ha dado pie a multitud de leyendas fabulosas en todas las épocas y civilizaciones, si bien sus representaciones artísticas adquieren significados distintos en Oriente (positivo) y Occidente (negativo). El dragón es una figura simbólica del arte universal. Un arquetipo cuyo origen hay que buscarlo en el miedo imaginativo de las antiguas civilizaciones por lo desconocido, de ahí que se le haga habitar en cavernas, lagunas y desiertos. Los bestiarios lo presentan como un ser agresivo, peligroso y maléfico, al que debe vencerse para recuperar un tesoro, liberar a una doncella o recobrar la paz perdida por su extraña voracidad. Su variada morfología hace de este animal un ser más fantástico que real, cuyas formas responden al gusto y la imaginación de cada artista. El prototipo más común tiene un gran cuerpo escamoso, similar al de una serpiente, que le confiere un aire tremendo, a lo que hay que añadir una cresta dorsal con espinas o dientes de sierra. Está dotado de una gran y potente cola enroscada, cuya función primordial es apresar a sus víctimas para engullirlas. Ocasionalmente, de su cuerpo nacen dos aletas membranosas, como las del murciélago, que le permiten volar y alcanzar velocidad. Al igual que los cuadrúpedos, tiene cuatro patas, aunque terminadas en fuertes garras de león o de águila. Su cabeza contribuye a resaltar su fiereza, así se le representa con una o múltiples testas, dotadas de grandes fauces dentadas y cuernos, que le confieren un aspecto terrible. Otro elemento destructor es su capacidad para despedir fuego por los ollares o por la boca. El carácter híbrido de este ser fantástico es el que permite que igual pueda aparecer surcando los mares, caminando en tierra firme o revoloteando por los aires. Tanto la mitología greco-romana como la Biblia lo mencionan con frecuencia, describiendo su terrible aspecto y narrando historias de matadores de dragones. La lucha con tan espantosa bestia es una de las pruebas a las que es sometido el héroe. El enfrentamiento cuerpo a cuerpo se inicia porque el monstruo ha raptado a una doncella, engullido a personas o atemorizado a una población, causas más que justificadas para que actúe el héroe, que lo aniquila con unas armas comunes a cualquier mortal, en alusión a que con la inteligencia y la razón el hombre es capaz de dominar a la naturaleza indómita. Recordemos que ya Homero, en la Ilíada, dice al referirse a la coraza de Agamenón: "arriba, cerca del cuello, destacan dragones de esmalte, tres en cada lado, parecidos a los arco iris que el hijo de Cronos asegura a una nube, presagio para los mortales". Era un animal consagrado a Atenea, para significar según dicen, que la verdadera sabiduría no duerme jamás, y a Dionisos, para demostrar el furor de la embriaguez. Plutarco lo da por atributo a los héroes. Es de advertir que "dracon" en griego significa a la vez dragón y vigilante, equívoco que forma todo el fundamento de la fábula del dragón de las Hespérides y de otras semejantes. La mitología griega está repleta de matadores de dragones, como Apolo, Perseo, Jasón, Cadmo o Heracles; recuérdese la lucha de este último con la Hidra de Lerna, devastadora de cosechas y ganados, a la que combatió con sus flechas encendidas, cortándole las cabezas. Los chinos tributan cierta clase de culto a los dragones: se ve representado en sus vestidos, sus libros, sus ceñidores y sus cuadros. Le consideran como el autor de su felicidad. Creen que dispone de las estaciones, y que a su voluntad cae la lluvia y retumba el trueno. Creen que todos los bienes de la tierra están confiados a su vigilancia, y que por lo regular moran en las montañas. En general los dragones, según los chinos, eran benévolos, pero a veces también dormilones, perezosos, traviesos, caprichosos, y amantes del alcohol. Entre las múltiples acepciones simbólicas que posee destaca la vigilancia y protección por su fuerza, agilidad y extraordinaria visión. Un ejemplo lo tenemos en la diosa Hera, quien confió a un dragón inmortal de cien cabezas, nacido de Tifón y Equidna, la custodia de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides que la diosa Gea le había regalado, y que Heracles mató para apoderarse de las áureas frutas, según deseo de Euristeo. Otro tesoro guardado por un dragón era el vellocino de oro, que Aetes, rey de Colco, había consagrado a Ares, y del que Jasón, después de matarlo, se apoderó para entregárselo a Pelias. El manantial de la Fuente de Ares también estaba guardado por un dragón descendiente de éste que engulló a los compañeros de Cadmo, por lo que el héroe del ciclo tebano le dio muerte. También Apolo con sus flechas mató a un dragón en Delfos, llamado Pitón, encargado de proteger un antiguo oráculo en Temis, y en cuyo honor se fundaron unos juegos fúnebres llamados Píticos. Mientras que Eneas tributaba las libaciones a los manes de su padre, salió del sepulcro un enorme dragón cuyo cuerpo formaba mil pliegues tortuosos y cuya espalda estaba cubierta de escamas amarillas y azuladas. Dio la vuelta alrededor del sepulcro y de los altares, se dejó caer entre el vaso y las copas, gustó de todos los manjares ofrecidos y volvió a entrar luego en el fondo del sepulcro sin haber causado el menor daño a ninguno de los espectadores. Eneas tomó a este dragón por un genio adicto al servicio de Anquises. En Áulide, mientras que la armada de los griegos se reunía en este puerto y se ofrecían sacrificios a los dioses a la sombra de una llanura, un horrible dragón salpicado de manchas de sangre, enviado por Júpiter, se dejó caer del altar y, arrojándose a la cima de un plátano donde había un nido con seis gorriones y la madre, los devoró a todos y luego fue transformado en piedra. Este prodigio llenó de espanto a los griegos, mas Calcante sacó de ello un augurio favorable, queriendo demostrar que el número de aves presagiaba el de los años que duraría el sitio y la suerte de la serpiente, la toma de Troya. La unión con el mundo atmosférico, con la lluvia, específicamente con el agua, es un rasgo del dragón cuyos orígenes se remontan por lo menos al mundo babilónico, a los mitos cosmogónicos de la pareja original: la diosa dragón Tiamat y Apsu, o sea las dos grandes masas de agua que cubren la Tierra: salada y dulce. De la muerte de la diosa dragón a manos del dios solar Marduk, nacerá el mundo conocido, y de los ojos de la víctima surgirán el Tigris y el Éufrates. Como símbolo de enfermedad aparece campeando sobre una copa, como en la iconografía de san Luis Beltrán, envenenado por los indios caribes, o san Juan Evangelista, que bebió un veneno para demostrar la veracidad de su predicación, no haciendo efecto milagrosamente en ninguno de los casos. También simboliza la inmortalidad, como en el mito nórdico de Sigfrido, el conquistador del tesoro de los Nibelungos, que se bañó en la sangre de un dragón para hacer invulnerable su cuerpo, salvo la espalda, su punto mortal, que no fue mojada, siguiendo el mito de Aquiles. Formó también parte de otras leyendas germánicas como Tristán e Iseo. Un animal tan especial y peligroso no tardó en ser asociado a demonios y brujas. El bíblico dragón Leviatán o Rahab también está ligado al mar, al hebraico tehom (etimológicamente afín al tamat babilónico), sobre el que Dios, "con potencia" divide y destroza "al jefe de los dragones en las aguas". Occidente recibió estas tradiciones, contribuyendo a crear el híbrido monstruo que legó a toda la Edad Media. San Agustín, en el siglo V, se limita a subrayar que "es el ser vivo más grande que exista sobre la Tierra" y que sigue siendo "nuestro antiguo enemigo", el diablo; dos ss. más tarde, san Isidoro de Sevilla dedica al dragón mayor espacio y ambos, lo mismo que otros sabios de su época, queriendo dar un aire "científico" a su exposición, intentan reunir las tradiciones que ya en aquella época habían cristalizado en torno a la figura del culebrón alado. Analizado desde el ángulo científico, el dragón es a la vez un animal subterráneo y aéreo, que ama abandonar la gruta en la que se esconde para volar por el aire. Por otra parte, y según las informaciones de todos los expertos medievales en dragones, su fuerza reside en la cola. Preocupado por dar una definición lingüística precisa, el enciclopedista medieval establece la diferencia entre dragón y serpiente, animal con el que siempre se le ha identificado, hasta el punto de no poder distinguir el uno del otro. Obviamente, retoma la antigua distinción latina entre el anguis que vive en el mar, la serpens que se arrastra por la tierra y el drago que vuela por el aire. Pero el erudito medieval advierte que está omitiendo algo fundamental: la tradición acuática de este ser, por lo que también hablará de un draco marinus. Para san Isidoro (560-636) también existen otros dragones: el tutelar, que velaba sobre las manzanas de oro del jardín de las Hespérides; el dragón anular, que se muerde la cola y representa el tiempo circular, o sea el año (y cita el episodio de Donato, obispo de Epiro en tiempos de los emperadores Arcadio y Honorio, que combatió contra un dragón cuyo aliento apestaba el aire circundante), y el dragón estandarte, que aparece en las enseñas militares. Este particular simbolismo militar se dio, ya en época cristiana, a principios del siglo IV, en el momento del triunfo de Cristo sobre las divinidades romanas: encima del labarum de las monedas de Constantino aparece un dragón vencido. Según Le Goff, este dragón estandarte enlazaría con los estandartes (al menos entre los ss. XI y XII) diseñados en Occidente gracias a las aportaciones de anglosajones y vikingos del norte y a los árabes del sur. En esta época, el dragón estandarte desarrolló un simbolismo propio que terminó convirtiéndolo en emblema de las comunidades militares y, más tarde, nacionales: así, por ejemplo, el Draco Normannicus, metáfora del pueblo normando. Recordemos que aún campea un dragón en las enseñas de Marsilio y de los Moros, adversarios del Rey Carlos en la Chanson de Roland: "La enseña de Marsilio, el rey felón, que reúne a todo su ejército, la guarda el dragón, su favorito". Aunque el enciclopedista no concede valor simbólico al episodio, los combates, o acciones sustitutivas como el amansamiento o alejamiento, entre santo y dragones (a menudo también serpientes, ratones, insectos) son frecuentemente una representación simbólica de la roturación y conquista de una nueva tierra, lista para que se instale una comunidad y santificada por haber sido sustraída a las fuerzas naturales, representadas por varios animales y sobre todo por el dragón. Así, el antiguo tema religioso-folklórico, ya observado en el mundo babilónico y judío, del rito de fundación de un territorio y de la victoria de una divinidad sobre las fuerzas hostiles de la naturaleza, se magnifica en la cultura cristiana, donde el héroe mítico es encarnado por el obispo, autoridad religiosa y a menudo representado incluso por el poder público. Muchos son los episodios de la hagiografía que confirman tal interpretación. En la Vita de Siro, protoobispo de Génova en el siglo IV, se narra su victoria sobre un monstruoso reptil que anidaba en las aguas de un pozo y emponzoñaba el aire con su pestilente aliento. Entre los ss. IX-XI, la Vita de Venerio, que se desarrolla en los parajes de Luni, en Liguria, se habla de un dragón maléfico que arruina las naves cuando entran en puerto. El obispo de Luni encarga al ermitaño Venerio que intervenga y éste conjura a la bestia: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo yo te ordeno que abandones este lugar, que te sumerjas en las profundidades y que no regreses más". En medio de un enorme estruendo, el dragón vuelve de inmediato a su antigua morada, en lo más profundo del mar, al igual que su progenitor del Apocalipsis aprisionado por mil años hasta la derrota final. Singulares son los casos de santa Marta, que domesticó en Tarascon (Provenza) a un dragón fluvial rociándolo con agua bendita y lo llevó atado del cuello a Arlés donde lo mataron; o santa Margarita de Antioquía, que fue engullida por una de estas bestias y salió ilesa de él, de ahí que, en ambos casos, aparezca el animal a sus pies como atributo personal. En la Biblia aparece muchas veces, como en el Libro de Daniel, cuando el profeta mata al dragón de los babilonios para probar la autenticidad de Yavé, aunque no siempre utiliza este vocablo. Pero, sin duda, el dragón bíblico por excelencia es el que aparece en el Apocalipsis, desde el que quiere apoderarse del niño que va a nacer de una virgen, pasando por aquel sobre el cual cabalga airosa la gran prostituta de Babilonia, o el que encarna Lucifer a la hora de ser vencido por san Miguel, el príncipe de los ángeles. En el siglo XVII la dragonaria era considerada por Rolandino de Padua una nube que destruía los árboles y, retrocediendo en el tiempo, nos enteramos por Bernardino de Siena (siglo XV) que los marineros cortaban con una espada, el huracán que traía una nube que él llama Magonia, pero que todavía es conocida como drago. En su simbolismo, los dragones asumían el valor de otros enemigos del cristianismo: el paganismo, las herejías y, obviamente, el arrianismo. La victoria del santo, monje, obispo, anacoreta, etc., representaría uno de los episodios indicativos de la importancia de la difusión de la fe católica en detrimento de la arriana. Pero no excluyamos que el manoseado dragón también signifique la victoria de la comunidad cristiana sobre los pantanos circundantes, con todos los peligros que conllevaban. Un ejemplo brillante de los valores simbólicos que se sobreponen se encuentra en la Vita de San Mercurial de Forlí. En ella aquel obispo es llamado a combatir, junto con su colega Ruffillo de Forlimpopoli, al consabido serpentón alado (ingens draco), que acaba, como es de rigor, en un pozo herméticamente cerrado por una piedra colocada por pastores de ambos obispos milagrosamente convertidos en árboles. El relato ha sido objeto de dos interpretaciones que, de hecho, se solapan. Un hagiógrafo, de mediados del siglo XI, escribe la biografía sirviéndose de algunas pinturas murales de la fachada de la iglesia parroquial, bajo la advocación de san Esteban. Está convencido de que ante sus ojos tiene la historia de san Mercurial, del siglo IV. En realidad, el ciclo pictórico representaba la victoria del cristianismo sobre el paganismo y de la ortodoxia sobre la herejía arriana. Otra corriente de la historiografía forlivesa, basada en una crónica del siglo XV, le adjudicaba la victoria sobre un dragón originario "de los bosques marítimos". Evidentemente, se trata del recuerdo del saneamiento del pantano existente al sur de la ciudad. Es interesante observar cómo, a ss. de distancia de la escritura de la hagiografía, la memoria local mantuvo presente el antiguo lazo entre el dragón y las aguas del maléfico pantano. No es de extrañar, por tanto, que ante la proliferación de tanto reptil alado, san Jorge hallara abundante campo, para sus hazañas. Su leyenda es de las más fantásticas del Flos Sanctorum y de La Leyenda Dorada. Este oficial de la legión romana atravesó una ciudad atemorizada por un dragón, cuya voracidad debía saciarse con dos ovejas diarias, y luego con dos jóvenes doncellas. Cuando la hija del rey iba a ser devorada, el santo, montado sobre un blanco caballo, mató al animal atravesándolo con su lanza y liberó a la princesa. Esta historia dio pie a que, en el siglo XV el teatro de los Misterios escenificase el auto de fe Ludus draconi o Juego del dragón. Los ejércitos tuvieron piezas de artillería que se denominaban dragones, tropas de caballería con el mismo nombre e insignias y adornos que también eran dragones o dragonas; como dragón era conocido un tipo de barco utilizado por normandos y vikingos; en astronomía existe toda una constelación Dragón; un género de reptiles se denomina draco; en farmacia se llamaban dragones a los cloruros de mercurio; las órdenes civiles y militares denominadas dragón son innumerables y se extienden por todo el mundo; abundan, también, los lugares y regiones con ese nombre. El drago milenario es uno de los emblemas de la isla de Tenerife y en muchos lugares de Italia llaman dragó al arco iris. Ver, Andrómeda, Cadmo, Ceres, Deifonte, Cerbero, Hespérides, Medea, Cleóstrato, Delfos.
)o( NOTA.- Formas, olores o características especiales de algunos representantes del mundo vegetal han hecho que los hombres los asociaran con los dragones. Así tenemos la Dracaena, del griego drákena, dragona, de la familia de las liliáceas y el Calamus draco. De sus frutos se obtiene la Sangre de Dragón, una resina de color rojo oscuro utilizada también como pigmento. Su nombre, según Plinio, se debería a un combate entre una enorme serpiente y un elefante que, al haber recibido un mordisco mortal del reptil, se derrumbó sobre él matándole. De la sangre de ambos animales nació este pigmento rojo. También tenemos el Dracocephalum, de la familia de las Labiadas, de drakón y kefalé (cabeza), así llamadas por la forma de sus flores, con la garganta muy abierta, y el Dracontium, diminutivo de dragón, por la forma en espiral de la espata y el color jaspeado de su corteza. Otro dragón vegetal es el Dragoncillo o Artemisia dracunculus. Se ignora si su nombre se debe a su sabor pungente o a la forma de sus raíces, pero este dragoncito, empleado por los árabes para prevenir la peste, se sigue utilizando en muchas cocinas europeas. Ver, Delfine.

