Ares
Dios de la guerra, identificado con el itálico Marte. Era hijo de Zeus y Hera y, como Apolo, Hermes, etc., pertenece a la segunda generación de los Olímpicos. Figura entre los doce grandes dioses, a diferencia de sus hermanas Hebe e Ilitía, que son divinidades secundarias. Desde la época homérica, Ares aparece como el dios de la guerra por excelencia. Es el espíritu de la Batalla, que se goza en la matanza y la sangre. Ante Troya, combate casi siempre al lado de los troyanos, aunque poco le importa la justicia de la causa que defiende; por eso puede ayudar perfectamente a los aqueos. Se representa con coraza y casco, y armado de escudo, lanza y espada. Su talla es sobrehumana y profiere gritos terribles. Generalmente combate a pie, pero también se ve sobre un carro tirado por cuatro corceles. Lo acompañan demonios, que le sirven de escuderos, particularmente Deimo y Fobo (el Temor y el Terror), que son hijos suyos. También se encuentran junto a él Éride (la Discordia) y Enio. Ares habitaría en Tracia, país semisalvaje, de clima rudo, rico en caballos y recorrido por poblaciones guerreras. También mora allí, por lo menos según cierta tradición, el pueblo de las Amazonas, que son hijas de Ares. En la propia Grecia, era objeto de un culto particular en Tebas, donde se lo consideraba antepasado de los descendientes de Cadmo. En efecto, allí poseía un manantial, guardado por un dragón que era hijo suyo. Cuando Cadmo quiso coger agua de esta fuente, a fin de realizar un sacrificio, el dragón trató de impedírselo. Cadmo lo mató, y, para expiar aquel delito, hubo de servir a Ares, durante ocho años, en calidad de esclavo (Ver, Cadmo). Pero al expirar el plazo, los dioses casaron a Cadmo con Harmonía, hija de Ares y de Afrodita. Como es natural, la mayoría de los mitos en que interviene Ares son mitos guerreros, narraciones de combates. Pero no siempre el dios sale vencedor. Por el contrario, parece como si los griegos, desde la época homérica, se hayan complacido en mostrar la fuerza bruta de Ares contenida o burlada por la más inteligente de Heracles o por la viril prudencia de Atenea. Un día en que, en el campo de batalla, ante Troya, combatía al lado de Héctor, se encontró frente a frente con Diomedes. Acometiólo en seguida, pero Atenea, a quien el casco mágico de Hades ha vuelto invisible, se las compone de modo que desvía la lanza del dios, el cual es herido por Diomedes. Ares profiere un alarido espantoso, que oye todo el ejército, y huye al Olimpo, donde Zeus dispone que sea curado. Otra vez, en ocasión de la disputa de los dioses en Troya, Atenea luchó contra Ares, y también lo venció, dejándolo aturdido de una pedrada. Pero esta oposición entre Ares y Atenea no se manifiesta sólo en el ciclo troyano. Cuando Heracles presentó batalla a Cicno, hijo de Ares, este quiso defender a su vástago, y Atenea, en nombre de la razón, invitó a Ares, todo violencia y cólera, a someterse al Destino, que había dispuesto que Cicno muriese a manos de Heracles, sin que el héroe pudiese ser muerto por nadie. Pero sus palabras resultaron vanas, y Atenea tuvo que intervenir directamente, desviando la lanza del dios. Heracles, aprovechándose de un fallo en la defensa de Ares, lo hirió en un muslo, y Ares huyó cobardemente al Olimpo. Por otra parte, era la segunda vez que Heracles lo hería; la primera habla sido ante Pilos, y el héroe incluso le había quitado las armas. Cuando la amazona Pentesilea, hija suya, fue muerta por Aquiles ante Troya, Ares quiso precipitarse a vengarla, sin atender a los Hados. Zeus hubo de detenerlo con un rayo. Finalmente, otro infortunio de Ares es su encarcelamiento por los Alóadas, que lo tuvieron, por espacio de trece meses, encadenado y encerrado en una vasija de bronce. Con un acto de violencia de Ares se relaciona, en la leyenda, el nombre del Areópago, la colina de Atenas donde se reunía el tribunal encargado de juzgar los crímenes de orden religioso. Al pie de la colina había una fuente. En este lugar, Ares vio un día a Halirrotio, hijo de Posidón y de la ninfa Éurite, que trataba de forzar a Alcipe, la hija que él había tenido con Aglauro. Airado, dio muerte a Halirrotio; pero Posidón lo obligó a comparecer ante un tribunal compuesto por los Olimpicos, en la misma colina a cuyo pie habla cometido el crimen. Los dioses absolvieron al homicida. La leyenda atribuye a Ares muchas aventuras amorosas. La más célebre es, sin duda, la que nos lo presenta unido clandestinamente a la diosa Afrodita (Ver este nombre). Pero también tuvo muchos hijos con mujeres mortales. La mayoría de ellos fueron hombres violentos, inhospitalarios, que agredían a los caminantes, los mataban o se entregaban a actos de crueldad. Así, tuvo con Pirene tres hijos: Cicno, Diomedes de Tracia, cuyas yeguas comían carne humana, y Licaón. Los tres murieron a manos de Heracles. O bien son héroes secundarios que desempeñan un papel en los mitos guerreros. A veces se le atribuye también la paternidad de Meleagro y la de Driante, que, como aquél, participó en la cacería de Calidón. Finalmente, Ares pasaba por haber procurado a su hijo Enómao las armas con las que éste daba muerte a los pretendientes a la mano de su hija (Ver, Pélope e Hipodamía). Los animales consagrados a Ares son el perro y el buitre.

