Gladiadores
Como cabeza de un Imperio mundial y asiento de las instituciones políticas y religiosas, el pueblo de Roma gozaba de los beneficios que el dominio del mundo reportaba, y hacia ese pueblo se dirigían los favores del poder. En una proporción cada vez mayor, este carácter hizo de los habitantes de Roma una masa parasitaria y desocupada que había que alimentar y entretener, si querían evitarse comprensibles riesgos de subversión. Juvenal lo expresó certeramente con el célebre panem et circenses, que, en efecto, definía las dos preocupaciones fundamentales del pueblo romano: su alimentación y su entretenimiento. Es comprensible que el régimen imperial, larvada monarquía de signo totalitario, llevara a los emperadores a multiplicar las fiestas como medio de control y manipulación de una masa que servía de marco, pero que también podía convertirse en una amenaza al ejercicio de su poder. Los juegos y espectáculos públicos establecían entre la multitud y el príncipe un necesario contacto, que evitaba el peligroso aislamiento y fortalecía la ola de popularidad necesaria a todo totalitarismo. Por ello, los espectáculos constituyeron uno de los más firmes pilares del régimen imperial. Entre ellos, los combates de gladiadores (munera gladiatoria) fueron, con las carreras de carros (Ludi circenses), los más populares y apreciados, constituyendo una de las señas de identidad más características y también más controvertidas de la civilización romana. Se atribuye a los etruscos el origen de los combates de gladiadores, como parte de las ceremonias destinadas a honrar la memoria de los muertos. Según Festo, "había la costumbre de sacrificar prisioneros sobre la tumba de los guerreros valerosos; cuando se hizo patente la crueldad de este uso, se decidió sustituirlo por combates de gladiadores ante la tumba", y con este significado fueron adoptadas en Roma las luchas de gladiadores. En el año 264 a.C., los hijos de Junio Bruto Pera, hicieron luchar en el mercado de los bueyes (Forum Boarium) a tres parejas de esclavos como parte de las honras fúnebres en memoria de su padre. Se trataba, pues, de un rito sagrado, en el que la ofrenda de sangre revestía un significado mágico en el marco de un combate a muerte. Por ello, el espectáculo de gladiadores nunca fue designado con el nombre de ludus, "juego", sino con el de munus, "obligación" o " regalo", porque ante todo representaba un "deber" para con los muertos. Pero fue precisamente su fuerte contenido violento y emocional una de las principales razones de que perdiera el valor de rito y paulatinamente se "secularizara". A ello contribuyó el juego de la vida política en Roma en la tardía República. La obsesiva búsqueda del voto ciudadano, necesario para obtener la magistratura, y sus ilimitadas posibilidades de enriquecimiento y gloria convirtieron los combates de gladiadores en un formidable instrumento de atracción de las masas. Su carácter privado y la creciente pasión que los combates despertaban explican su multiplicación como instrumento ideal de propaganda para todo aspirante a una magistratura pública. En 164 a.C., hubo de interrumpirse la representación de una comedia de Jerencio cuando se corrió el rumor de que se estaba celebrando cerca un combate de gladiadores... El número de gladiadores enfrentados fue aumentando al ritmo de la pasión que despertaban los combates, hasta obligar a la intervención del Estado, que intentó controlarlos incluyéndolos, en el año 105 a.C., entre los espectáculos públicos. Aunque continuaron los combates por iniciativa privada para honrar la memoria de un pariente difunto, en el marco de la agonizante República se utilizó cualquier pretexto para satisfacer el ardor desenfrenado que despertaban en el pueblo. Su tránsito hacia mero espectáculo se vió favorecido por el creciente fasto con el que los políticos trataban de rivalizar entre sí para lograr el favor del electorado. César llegó a revestir a los combatientes con armaduras de plata y ofreció un munus en el que enfrentó a trescientas parejas. No es extraño que en el naciente régimen imperial la gladiatura se convirtiera en uno de los más firmes instrumentos de poder. Así lo comprendió el propio fundador del régimen, Augusto, que se apresuró a confiscar en provecho propio un medio tan eficaz de propaganda. Al tiempo que regulaba las luchas de gladiadores, a cuya organización estaban obligados los pretores y cuestores dos veces al año, multiplicó los extraordinarios, estableciendo así una especie de monopolio de hecho que la familia imperial de los Flavios convirtió en monopolio de derecho. Desde entonces, en Roma, y a excepción de los concursos oficiales mencionados, todos los combates de gladiadores eran ofrecidos al pueblo por el emperador. Las luchas de gladiadores se convirtieron así en el espectáculo imperial por excelencia, que fue imitado en todos los rincones del Imperio, donde esta prohibición no contaba. Magistrados municipales, sacerdotes del culto imperial y ricos burgueses rivalizaron en el reconocimiento de sus conciudadanos y procuraron forjarse una reputación de generosidad con la organización de combates consagrados al emperador, al tiempo que erigían edificios apropiados para su celebración: los anfiteatros. Inicialmente, los combates no disponían de un recinto propio y, por lo general, se celebraban en el foro, en el que solían levantarse gradas de madera. Al parecer, fue un político cesariano, Curión, quien en el año 53 a.C., con el pretexto de las honras fúnebres en honor de su padre, convocó juegos escénicos seguidos de un munus de gladiadores. Y para ello levantó dos teatros semicirculares de madera, asentados sobre soportes móviles y adosados el uno al otro, donde se representaban simultáneamente sendas obras teatrales. Una vez finalizadas, los dos teatros giraban sobre sus ejes para formar un óvalo, en cuyo interior tendrían lugar los combates: era el nacimiento del amphiteatrum. El primer anfiteatro de piedra fue construido durante el reinado de Augusto, en el año 29 a.C., por iniciativa de Estatilio Tauro. Destruido en época de Nerón por el gigantesco incendio del año 64 d. J.C., Vespasiano, fundador de la Dinastía Flavia, decidió reemplazarlo por el Coliseo, así llamado por la colosal estatua de Nerón situada en sus cercanías. Construido con piedra traída de la vecina Tibur sobre el estanque de la Casa Dorada de Nerón, el Anfiteatro Flavio, sin duda el más emblemático de los monumentos romanos, todavía hoy imponente en sus ruinas, es un edificio oval de cuatro plantas, cuyos ejes miden 188 por 156 metros. Albergaba una arena de 86 por 54 metros, sobre la que se situaban las gradas, con capacidad para 45.000 espectadores sentados, y un subsuelo con complicadas instalaciones (celdas, conducciones de agua, planos inclinados y montacargas) destinadas a facilitar el desarrollo de los espectáculos. Ingeniosos métodos favorecían la entrada y la salida de la multitud a través de pasillos en rampa, los vomitoria; un inmenso toldo, el velum, tendido sobre mástiles, defendía del sol a los espectadores. A lo largo y ancho del Imperio, más de setenta anfiteatros, construidos a imitación del Coliseo, todavía muestran sus ruinas, algunas tan imponentes como las de Verona, Arlés, Nîmes, Itálica o Mérida. La frecuencia de los combates y el creciente aumento del número de combatientes precisaba tanto en Roma como en las provincias de una gigantesca oferta de gladiadores. Eran de muy diversa extracción. En primer lugar, prisioneros de guerra, pero también criminales condenados a morir en la arena, los noxii ad gladium Iudi damnati, o a servir de gladiadores durante un tiempo determinado, al término del cual recibían la rudis, el espadín de madera que les liberaba del deber de luchar.
La mayoría, sin embargo, eran esclavos, alquilados o vendidos por sus dueños a los tratantes (lanistae) especializados en un oficio que se consideraba infamante. No obstante, no faltaban hombres libres que voluntariamente se convertían en gladiadores, alquilándose por una cierta cantidad de dinero al tratante. Se trataba, generalmente, de desesperados o asociales (auctorati), que preferían "dejarse azotar con varas, quemar con fuego y matar con el hierro", como rezaba el juramento que prestaban ante el magistrado, a seguir viviendo en la miseria. Durante el tiempo de su contrato se convertían en esclavos y pasaban a fomar parte de la familia gladiatoria, mantenida y gobernada por el tratante en escuelas de entrenamiento (ludi gladiatorii), bajo una disciplina carcelaria. Las más antiguas escuelas de gladiadores estaban en Capua. Una de ellas se haría famosa en los años 70 del siglo I a.C. por la más formidable rebelión de gladiadores de toda la historia romana, la dirigida por Espartaco, que llegó a acaudillar a un ejército de más de 100.000 seguidores con el que aterrorizó toda Italia antes de ser aplastado por Craso. También en Roma, en época republicana, proliferaron instalaciones semejantes en manos privadas, a las que tenían que recurrir los organizadores de los enfrentamientos de gladiadores. Pero más tarde, los gigantescos y frecuentes espectáculos ofrecidos por los emperadores no podían depender de intermediarios y el Estado se hizo empresario: organizó sus propias escuelas, los ludi imperiales, y la profesión de tratante de gladiadores desapareció, confiscada por el emperador y ejercida a través de funcionarios del orden ecuestre, los procuratores a muneribus. Existían tres escuelas de gladiadores en Roma, la mayor de ellas, el Ludus Magnus. En Italia, otras escuelas imperiales estaban ubicadas en Capua, Rávena y Pompeya, donde se ha identificado un edificio que probablemente servía para estos fines. Fuera de Italia había escuelas imperiales en muchas, si no en todas las provincias del Imperio. El príncipe tenía asegurada, pues, la provisión de gladiadores, entre los que hay que contar a los prisioneros de guerra y a los condenados... En estas escuelas, los instructores o doctores adiestraban a los gladiadores en el arte y las técnicas de la esgrima. Las exigencias de entrenamiento eran extraordinariamente altas y la disciplina muy estricta, mantenida con durisimos castigos. Si en Roma estaban prohibidas las escuelas privadas de gladiadores, no ocurría lo mismo en las provincias. Los organizadores de combates podían comprar o alquilar los gladiadores necesarios a los tratantes. Una ley municipal procedente de Osuna (Sevilla) recoge la obligación de los magistrados de celebrar anualmente juegos, obligación que con el tiempo se convirtió en una carga económica insoportable. Otro fragmento de ley hallado en Itálica (Santiponce, Sevilla), de época de Marco Aurelio, fijaba los precios máximos de venta de los gladiadores para cada tipo de combates, como medio de aliviar las cargas de los organizadores. Tan variada como la extracción era la categoría de los gladiadores, que se distinguían por sus armas y técnicas de combate, con nombres que respondían, bien a su origen, a su indumentaria, a su armamento o a su manera de combatir: samnitas, secutores, hoplomachus, myrmillos, tracios, reciarios, dimachaerus, essedarius, eques o sagittarius, eran algunos de los más frecuentes. Normalmente los combatientes de los distintos tipos entraban en duelo individual, pero había también luchas entre varios adversarios e incluso combates en masa. Por lo general, nunca se enfrentaban dos combatientes del mismo tipo. El oponente del retiarius solía ser el secutor enfrentándose así un luchador ligero con otro pesado. Aunque en el anfiteatro no se suscitaban las ardientes tomas de partido que conocemos en las carreras de carros del circo, podía llegarse a manifestaciones de entusiasmo por uno u otro tipo de gladiador. Calígula y Tito preferían a los tracios; Domiciano, a los mirmilones. Precedido de una intensa propaganda, en la que se anunciaba públicamente la ocasión, el nombre del editor o patrocinador, el número de parejas enfrentadas, días y lugar de celebración, el festejo comenzaba ya la víspera del torneo con un abundante banquete para los combatientes, al que podía asistir el público (cena libera). La ceremonia se iniciaba con un desfile: los gladiadores, conducidos en un carro desde la escuela de lucha, saltaban a tierra al llegar al anfiteatro y daban una vuelta a la arena, vestidos de púrpura y oro, acompañados por esclavos que portaban sus armas. Ante la tribuna imperial se producía el saludo ritual y patético: Ave Caesar, morituri te salutant!. En la escenificación de los juegos quedaba patente el sentido romano por la intensificación dramática. Se comenzaba con duelos sin derramamiento de sangre (paegniarii o lusorii), con armas embotadas. Una vez enardecidos los ánimos, se elegía a las parejas de auténticos combatientes por sorteo. El editor debía proceder entonces al examen de las armas, (probatio armorum), para cercionarse de que estaban correctamente afiladas. El primer combate se abría con el sonido de la trompeta de guerra (tuba) y a lo largo del duelo se hacían sonar cuernos y trompetas, acompañados por los estridentes tonos de pífanos y flautas. La multitud enardecida seguía las peripecias de la lucha, jaleando a los combatientes o mostrando su disconformidad si era escasa la entrega. Se cruzaban entre los espectadores apuestas o sponsiones y, para que la lucha no se falseara por acuerdo previo de los combatientes, estaban cerca fustigadores (lorarii), que en caso necesario excitaban el ardor combativo de los gladiadores azotándolos o aplicándoles hierros candentes. Cuando uno de los combatientes caía vencido, se oían los aullidos del público "¡Ya lo tiene! ¡Ya lo tiene!" (Habet! Hoc habet!). Si podía hacerlo, el caído solicitaba clemencia levantando tres dedos de la mano izquierda. Le correspondía al vencedor la suerte del vencido, pero estando presente el emperador, se le cedía el derecho de decisión, quien solía tener en cuenta la opinión del público. Si el vencido había luchado con valor, los espectadores levantaban el pulgar gritando: "¡Suéltalo!" (Mitte!). El emperador repetía el gesto y el vencido podía abandonar vivo (missus) la arena por la Porta Sanavivaria. Si deseaban su muerte, bajaban el pulgar al grito de "¡Degüéllalo!" (iugula!). El emperador, con el pulgar hacia abajo (pollice verso), ordenaba la ejecución, que se producía con escalofriante dignidad: los gladiadores aprendían a morir igual que aprendían a luchar. Arrastrado el cuerpo del caído, cubiertas las manchas de sangre y alisada la arena, el vencedor recibía una palma con la que daba la vuelta al anfiteatro entre el entusiasmo de la masa; por eso, los gladiadores contaban sus triunfos por las palmas recibidas. Pero el vencedor recibía, también, sustanciosas recompensas, que podían enriquecerle. En Roma había espectáculos que duraban el día entero, con programas que mezclaban toda clase de atrocidades. Se acostumbraba a añadir a los combates de gladiadores, vespertinos, espectáculos con fieras por la mañana, las venationes, con distintos desarrollos: exhibición de fieras exóticas, combates de diferentes especies de animales entre sí, cacerías y luchas de hombres y fieras, que en ocasiones no eran otra cosa que auténticas masacres de miserables, condenados a morir entre las garras de las bestias (damnatio ad bestias). Pero todavía, en la pausa del mediodía, eran arrojados a la arena los llamados gladiatorii meridiani, criminales condenados a morir en el anfiteatro, en un simulacro de duelo en el que no había vencedor, pues el superviviente también era ajusticiado. Se llegaban a representar dramas mitológicos o episodios históricos, que terminaban con la muerte del protagonista: Orfeo despedazado por las fieras; Ícaro arrojado desde la altura con unas alas de cera; Mucio Escévola quemando su brazo en un brasero... Se consideraba al gladiador con un doble rasero. Por un lado era temido: el recuerdo de Espartaco siempre estuvo presente en la mente colectiva romana. Como otros oficios y categorías de criminales, estaban catalogados como infames, marginados, privados de honor personal. Pero este desprecio general era compensado por las manifestaciones de admiración y el entusiasmo que su persona y sus victorias despertaban. Muy pocas voces se levantaron en contra de un espectáculo que enfervorizaba a las masas y del que se extraía una alta rentabilidad política. Tímidas condenas, como las de Cicerón o Séneca, quedaron ahogadas por la fascinación colectiva ante el dolor y la sangre. Bajo la influencia del cristianismo, algunos de cuyos seguidores acabaron sacrificados en la arena, Constantino prohibió en el 326 las condenas ad bestias. A finales del siglo se cerraban los ludi imperiales. En el año 404, Honorio suprimía definitivamente los combates de gladiadores. Los anfiteatros enmudecieron. Ver, Senatus consultum de sumptibus ludorum gladiatorum minuendis, Accendones.

