Cleromancia

Adivinación que se hacía por medio de dados, de huesecillos, de habas negras y blancas, de guijarros, etc.. Se ponían en una urna y después de haber suplicado a los dioses que dirigiesen la suerte, se echaban sobre una mesa y se pronosticaba lo venidero por la disposición de los números que pintaban. Todas las suertes estaban consagradas a Mercurio que, según creían, presidía a esta especie de adivinación. Por esto, y con el objeto de tenerle propicio, se metía en la urna una hoja de olivo llamada la "parte de Mercurio" que luego se sacaba primero. Los griegos y romanos, curiosos de saber su suerte, habían adoptado una especie de adivinación algo diferente de ésta. Se proveían de un cierto número de sellos o documentos que contenían ciertos caracteres o inscripciones, y al salir de casa hacían sacar una por el primer muchacho que encontraban. Si la que salía tenía relación o aprobaba lo que habían imaginado, era considerado por ellos como un pronóstico infalible. Esta creencia tuvo origen entre los egipcios, los cuales observaban atentamente las acciones y las palabras de los jóvenes, suponiéndoles cierto don profético: opinión que provenía del encuentro que tuvo Isis buscando a su marido, con unos muchachos que jugaban en una plaza, cuyos informes le fueron de suma utilidad sobre el objeto de sus viajes. En los mercados, en las principales calles y en todos los parajes públicos, se veía a un muchacho o un joven, llamado en griego "agirles", que tenía en una mano una tabla, sobre la cual estaban escritos versos proféticos, que según la tirada fortuita de los dados, indicaba el porvenir y la suerte de los curiosos. Otras veces en lugar de tablillas tenían una urna o un vaso, en que se metían cédulas que se hacían sacar por cualquier niño. Artemidoro habla de los adivinos de los mercados; las "sortes viales", suertes de las calles o caminos, eran comunes en Roma. En Bura de Acaya había un templo dedicado a Heracles, en el cual, después de hacer la deprecación al ídolo, tiraba el suplicante los dados y el sacerdote vaticinaba, el próspero o adverso resultado de la súplica, por el número de tantos que marcaban. De esta adivinación se valieron antes de echar al mar a Jonás, a fin de saber quien era el que había provocado la tempestad que iba a sumergir la nave. Ver, Adivinación.
 
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