Egeria
Divinidad menor que compartía el santuario de Diana en el bosque de Nemi, cerca de Aricia, en el Lacio. La ninfa de las claras aguas que borbotaban al salir por entre las rocas de basalto y caían en gráciles cascadas sobre el lago, en el sitio denominado Le Mole a causa de haber sido emplazados allí los molinos del pueblo moderno de Nemi. El murmullo de la corriente sobre su lecho de guijas es mencionado por Ovidio, que nos cuenta que bebía de sus aguas con frecuencia. Las mujeres embarazadas acostumbraban hacer sacrificios a Egeria, suponiéndola, como Diana, capaz de concederles un parto feliz. Las ofrendas votivas encontradas en el lugar, que por su forma se refieren al engendramiento de criaturas, posiblemente fueron dedicadas a Egeria, mejor aún que a Diana, o quizá se debería decir que la ninfa Egeria es solamente otra forma de la gran diosa de la naturaleza, Diana misma, la señora así de los ríos murmurantes, rumorosos, como de los bosques umbríos, que tenía su casa en las márgenes del lago y su espejo en las quietas aguas y cuya contrafigura griega, Artemisa, gustaba frecuentar lagunas y fuentes. La identificación de Egeria con Diana está confirmada por el relato de Plutarco que dice fue Egeria una de las dríadas del roble que los romanos creyeron presidía sobre todo los robledales, pues mientras Diana era una diosa de los bosques en general, ella aparece íntimamente asociada con los robles en particular y especialmente en su bosque sagrado de Nemi. Egeria parece haber sido solamente una forma local de Diana, en su caracter de diosa de los bosques, de las aguas y de los nacimientos. Quizá, entonces, Egeria fue el hada de una fuente que manaba de entre las raíces de un roble sagrado. Dícese que un manantial había brotado del pie de un gran roble en Dodona y en su murmurante corriente se inspiraba la sacerdotisa para sus oráculos. Entre los griegos un trago de agua de ciertas fuentes sagradas o pozos se suponía que confería virtud profética. Esto podría explicar la más que mortal sabiduría con que, según cuenta la tradición, Egeria inspiró a su marido o amante real, Numa Pompilio. Su nombre a pasado a la lengua para designar una consejera secreta, pero escuchada. Plutarco compara la leyenda con otras historias de amores de diosas con hombres mortales, tales como los amores de Cibeles y la Luna con los hermosos jóvenes Atis y Endimión. Según otros autores, el lugar de las citas de los amantes no estaba en el bosque de Nemi, sino en un bosquecillo situado en las afueras de la Porta Capena de Roma, en donde otra fuente, también consagrada a Egeria, brotaba del interior de una cueva oscura. Todos los días, y para lavar el templo de Vesta, las vestales romanas sacaban el agua de este manantial, y la llevaban en cántaros de loza, sobre la cabeza. En tiempos de Juvenal la roca natural había sido revestida de mármol y el lugar consagrado estaba siendo profanado por cuadrillas de judíos menesterosos a quienes se consentía guarecerse en el bosquecillo como gitanos. Suponemos que el manantial que caía sobre el lago de Nemi fue el verdaderamente original de Egeria y que cuando los primeros emigrantes bajaron de las colinas albanas a los bancos del Tíber, trajeron consigo a la ninfa y fundaron un nuevo hogar para ella en un bosquecillo extramuros de la ciudad. Restos de baños encontrados dentro del recinto sagrado, así como muchos modelados de distintas partes del cuerpo hechos de barro cocido, sugieren que las aguas de Egeria se usaron para la curación de enfermos, los que pudieron manifestar su fe o testimoniar su gratitud dedicando a la diosa exvotos de los miembros enfermos, del mismo modo que todavía se acostumbra hacer en muchas partes de Europa. Hoy día, al parecer, el manantial sigue teniendo propiedades medicinales.

