Demonio

Esta palabra no se tomaba en mal sentido entre los antiguos filósofos, pues significaba, lo que tiene alguna cosa de divino, daimonion. Los platónicos, después de Pitágoras, daban este nombre a ciertos seres intermedios entre la divinidad y los hombres, divididos en clases más poderosas y más ilustradas unas que otras. Ellos son según su sistema los que reciben las preces y los sacrificios, y los que responden en los oráculos. A cada hombre dice Menandro, se le da al nacer un demonio o buen genio que le sirve durante su vida de director y de guía. Plutarco añade que estos demonios trababan algunas veces amistad con los hombres, a quienes advertían sus deberes, les dirigían en el camino de la virtud, velaban por su seguridad y los apartaban de todos los peligros en que podían incurrir los hombres por precipitación o por ignorancia. Estos seres intermedios, según algunos filósofos no eran tan sólo simples inteligencias, sino que además estaban revestidos de un cuerpo sutil e imperceptible a nuestros sentidos. El universo dicen ellos, está lleno de demonios y los hay en el aire, en el mar, en los montes, en los bosques, etc.. Los poetas dan también el nombre de demonios a los manes o sombras de los muertos. Ver, Genio, Diadoco.
 
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