Daunia

La región de Daunia ocupaba en el pasado el lugar de la actual provincia de Foggia, desde el río Fortore al Ofanto, incluido el monte del Gárgano, la franja sudeste de la cuenca del Ofanto (Città metropolitana de Bari) y el área de Melfese, en la zona media del curso del Ofanto y la zona alta del valle del Bradano. Cada una de estas áreas (Gárgano, Tavoliere y Melfese) presenta un perfil geomorfológico y ambiental distinto que ha condicionado la distribución y la tipología de los asentamientos. Junto con Pucenzia y Messapia, Daunia completaba, según las fuentes antiguas, la geografía de Apulia. La civilización daunia se prolongó durante más de siete siglos, desde principios de la Edad del Hierro (siglo IX a.C.) hasta la romanización (ss. III-II a.C.). Esta era una civilización con una fuerte cohesión cultural, escasamente permeable a las influencias externas. El nacimiento de grupos de poder aristocráticos, los príncipes, que transforman la sociedad de someramente igualitaria a fuertemente jerárquica, conduce a la construcción de las primeras tumbas de rango (entre la segunda mitad del siglo VII y principios del VI) y, más tarde (finales del siglo VI y durante el siglo V) de residencias principescas, los "palacios". A excepción del siglo V a.C., durante el cual los arqueólogos han descubierto evidencias de una grave crisis en la ideología aristocrática, los príncipes daunios son los protagonistas de la arquitectura protourbana, primero, y urbana, después, gracias a la receptividad de los modelos helenizantes durante los ss. IV y III a.C., hasta la completa romanización de la región. A diferencia de otras poblaciones itálicas, Daunia se convierte en civilización urbana tardíamente, no antes del siglo IV-III a.C., ya en plena fase de romanización. Si se analiza la evolución del sistema de asentamiento, se observa que durante gran parte de la Edad del Hierro, la región no se aleja del modelo de poblados dispersos y abiertos, es decir, núcleos de cabañas no fortificados, situados en la llanura y en las franjas al pie de las colinas; o bien, encaramados a las colinas y en lugares con buenas características morfológicas. Incluso en el segundo caso, las cabañas están dispuestas en grupos, a menudo alternadas con áreas artesanales y de pastoreo. La organización de la región se desarrolló en pequeños pueblos o en concentraciones de pocas unidades, que compartían funciones económicas. Estas microunidades de población se repartían grandes espacios dedicados al cultivo o a actividades industriales. Las relaciones entre las unidades no están regidas por jerarquías de dependencia o de dominación, sino por relaciones de equivalencia. Dentro de un mismo nivel jerárquico, cada núcleo territorial tenía distintas funciones de especialización en los procesos productivos de acuerdo con las características específicas del lugar y las necesidades de los esquemas organizativos. Hasta alrededor del siglo IV a.C. no se observan articulaciones jerárquicas complejas, sino una conexión espacial entre los dos tipos elementales de asentamientos: centro o pueblo central de notable extensión (de cincuenta a ochenta hectáreas) y aldeas agrícolas de extensión modesta (entre una y cinco hectáreas). Se trata siempre de pueblos abiertos, distribuidos dentro de un área desde la que podía controlar con la vista los asentamientos limítrofes. Esta disposición permite afirmar que estaban planificados para establecer comunicaciones recíprocas extremadamente cómodas y para seguir precisas directrices de expansión. La distancia entre una población y otra debía ser reducida, raramente superior a las dos o tres horas de camino. En realidad la circunscripción daunia no necesitó un modelo urbano puesto que ya disponía de una coherencia asociativa y organizativa. El sistema de poblados era más que suficiente para controlar la región y gestionar sus recursos. La adquisición del modelo urbano en sentido estricto, es decir, la asociación política de toda la región, centrada en la ciudad como elemento de nueva formación, constituye un fenómeno importado del exterior, que tuvo lugar cuando toda Daunia se había helenizado por completo (fines del siglo IV y durante el siglo III a.C.), empujada en primer lugar por la expansión samnita y, en segundo, por la romana. )o( Asentamientos y arquitectura Durante gran parte de la Edad del Hierro, los centros habitados son pueblos abiertos formados por cabañas construidas con materiales como la paja, la arcilla cruda y la madera. La planta de estructura rectangular con fondo rectilíneo o de ábside, como en Salapia (ss. X-IX a.C.), evoluciona con lentitud hacia estructuras circulares o elípticas (ss. VII-VI a.C.), como muestran numerosos asentamientos en Arpi, Cupola, Ordona y Lavello. El modelo más común es el que se caracteriza por un hogar central interior, cimientos formados con piedras y guijarros, palos exteriores para sostener las paredes y, en algunos casos, una pequeña puerta de acceso. La transformación de la casa-cabaña protohistórica en un edilicio de tipo "urbano" es un proceso largo y heterogéneo (en algunas localidades la construcción de cabañas de ardua y materiales vegetales se prolonga durante mucho tiempo), que empezó a vislumbrarse hacia finales del siglo VI y sobre todo en el siglo V a.C.. A partir de entonces, las casas de planta rectangular se construyen con un zócalo de piedras unidas con arcilla, paredes de madera y ladrillos crudos y, para terminar, un tejado de tejas, a veces decorado con antefijas en forma de palmera, de influencia griega (asentamientos de Banzi, Canne y Ordona). Los edificios públicos constituyen una excepción a este proceso evolutivo. En Canosa, localidad de Toppicelli, en la segunda mitad del siglo VI, se construyó un edificio, identificado como una capilla de tipo griego, con grandes bloques cuadrados y decorado con terracotas arquitectónicas de influencia helénica. En Lavello, y probablemente también en Tiati y Ascoli Satriano, se han hallado complejos palaciegos que debían cumplir funciones político-religiosas, tanto sagradas como civiles. El palacio de Lavello es una muestra de arquitectura mixta, con cimientos y muros de guijarros, unidos con zampeado de madera en las paredes y techo cubierto con materiales perecederos. La planta se articulaba en una gran sala rectangular alargada, precedida de un vestíbulo. Tanto la capilla, edificio de tipo griego, como los palacios, que representan la típica evolución de la arquitectura autóctona, pueden ser considerados ejemplos tardíos de arquitectura protourbana, como lo fueron antes los grandes y aislados complejos palaciegos etruscos. La aparición de este tipo de construcción "sólida", primero en los edificios públicos y, más tarde, en las viviendas privadas, se atribuye en parte a influencias culturales externas, como demuestra la difusión de las terracotas arquitectónicas, de tipo griego y etrusco-campano. Las antefijas circulares en forma de cabeza de Gorgona, de origen magno-griego, se encuentran extendidas en el área del Melfese, con influencias de las colonias del golfo de Tarento, mientras que las antefijas de cabeza con aureola de tipo etrusco-campano son propias de la Daunia centroseptentrional (Lucera, Arpi y Tiati), en estrecha relación con la Campania de influencias etruscas. A falta de modelos urbanos durante gran parte de la Edad del Hierro, tan sólo se puede atribuir con certeza a este tipo de edificios de carácter público, civil y religioso (capillas, naiskoi, templos y palacios), la función de concentrar las actividades cotidianas, de ámbito social y político. Si en los ss. VIII y VII a.C. la mayoría de asentamientos parece impermeable a la influencia exterior, a partir de los ss. VI y V, el entorno daunio deviene de forma progresiva receptivo a la influencia helenizante del mundo grecocolonial (golfo de Tarento), como muestran los cálices jónicos y los de barniz negro, así como la cerámica de barniz negro, entre otros. Recientes prospecciones topográficas en la zona de Ascoli Satriano, muestran el bienestar y el crecimiento económico de la región, definitivamente transformada no sólo en cuanto a receptividad a las influencias, sino también en la promoción de un nuevo orden productivo de extraordinaria vitalidad durante todo el siglo IV a.C.. A pesar de que esta actividad productiva raramente superara los confines territoriales, los pequeños centros agrícolas manifiestan tal demanda de productos (materias primas y objetos refinados), que por fuerza debía existir un complejo sistema de distribución. En esta fase (siglo IV a.C.), la transformación de la construcción de edificios públicos y privados, así como el fuerte impulso de la cultura helenizante, contribuyen de forma decisiva a la formación de la ciudad. Así, nacen nuevos centros urbanos fortificados, rodeados de murallas, con estructuras planificadas y espacios reservados a viviendas privadas (que dejan de ser aisladas) y a la arquitectura pública, religiosa y civil. Este fenómeno de concentración urbana y demográfica conduce al despoblamiento de los campos y de los pueblos esparcidos. A principios del siglo V la mayoría de estos pueblos están abandonados y han dejado lugar a haciendas rurales aisladas. El proceso entraña la transformación de los asentamientos primarios que ya tenían función de centro neurálgico, como Canosa, Canne, Ascoli u Ordona, en centros urbanos y la confluencia en ellos de hábitats menores diseminados por la región. En Canosa y Canne, la transformación urbana conduce al abandono de los poblados preurbanos y arcaicos, de los antiguos templos y de los centros productivos, en favor de asentamientos más extensos y más fáciles de defender, desarrollados en torno a una acrópolis. Se reproduce el mismo fenómeno en Ordona, la antigua Herdonia, en la que, a finales del siglo IV a.C., tiene lugar la fundación de la ciudad en el área que más tarde verá crecer el asentamiento romano y que constituía el núcleo principal de los asentamientos daunios. La colina fue fortificada con un muro de tierra reforzado mediante una estructura de madera (a principios del siglo III a.C., se añadió otra barrera y un foso). La muralla de la colonia latina de Luceria (año 315 ó 314 a.C.) está realizada con bloques tallados de arenisca. El último ejemplo de arquitectura pública en Daunia es el templo de San Lucio de Canosa, (datable entre finales del siglo IV y principios del III a.C. Se trata de un edificio majestuoso, situado sobre una alta meseta, con escaleras monumentales y una columnata jónica, coronado con un friso dórico, con metopas y triglifos; en los capiteles de la entrada aparecen cabezas masculinas y femeninas, decoradas con volutas y plantas de acanto. La monumentalidad del templo y la riqueza de la decoración son el resultado del poder económico de los príncipes de Canosa, y el asentamiento, la prueba del paso del entorno cultural daunio al romano. )o( Las estelas sepulcrales Una característica de la cultura daunia consiste en las estelas funerarias, es decir; esculturas antropomorfas que marcaban las sepulturas. Estas muestras de arte fúnebre alcanzaron la máxima difusión entre los ss. VII y VI a.C., en el período floreciente de los asentamientos protohistóricos en la región. Las estelas se obtenían con losas de caliza tierna: la parte inferior, no trabajada, venía fijada al suelo; la superior tiene forma antropomorfa (aparece representado el difunto con un vestido talar (a menudo, la persona aparece ataviada con objetos personales o armas), rodeada de decorados geométricos y escenas figurativas). Las partes figurativas representan escenas de la vida cotidiana con temas relacionados con la pesca, la caza, la navegación, actividades domésticas, como el proceso de hilado y la molienda del trigo, así como a ritos mágico-religiosos. También aparecen representaciones de juegos fúnebres y del último viaje del difunto, en clave heróica, hacia el mundo de ultratumba. La ejecución de los detalles de las estelas se obtiene con pequeños grabados y se completa con el uso de los colores rojo y negro. Las estelas masculinas se caracterizan por su forma, con los cuatro lados rectilíneos, y por la ausencia de objetos personales representados; además, en muchos casos, aparecen con armas, espada corta, escudo o pectoral. En cambio, las estelas femeninas están enriquecidas con hebillas, pendientes y collares; las figuras tienen los brazos plegados en el pecho, llevan guantes; las estelas presentan dos agujeros a los lados del cuello, que estilizan la forma. La realización antropomorfa de este arte monumental es estilizada y no pretende tanto representar con fidelidad la fisionomía del difunto, como papel social y político, además de su identidad personal y para ello, lo dota incluso de virtudes apotropaicas indispensables para afrontar el viaje al más allá. Prescindiendo ello, esta manifestación de la cultura funeraria debía ser exclusiva de las clases importantes que dejaban patentes sus modelos ideológicos, sobre todo en los ritos funerarios.
 
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