Flath-Inis
o Flath Innis. Paraíso de los galos. Los druidas reconocen no sólo la inmortalidad del alma, sino también las recompensas o penas después de la muerte. En este estado el alma está revestida de un cuerpo aéreo, susceptible de dolor o placer. Estos seres bienaventurados disfrutaban de mucho poder en su nueva morada, pero tenían muy poca influencia en los sucesos sublunares. Esta morada, en la cual ponen los druidas las almas de los hombres valientes y virtuosos, se llamaba Tiath-lunis, esto es, "isla de los valientes y de los buenos". En ella reinaba una eterna primavera y una juventud inmortal. El sol derramaba allí sus más benéficos influjos. Soplaban si cesar los suaves céfiros y algunos riachuelos de un curso, siempre igual, alegraban la vida y conservaban la frescura. Los árboles cubiertos continuamente de músicos alados, se humillaban hasta tierra bajo el peso de las flores y los frutos. El aspecto de la naturaleza, siempre en calma y sereno, llevaba a todos los corazones, cerrados a la amargura del infortunio, el sentimiento de la dicha. Los galos colocaban esta mansión encantada en una región superior, donde no podían llegar los males que afligen a la especie humana. El paso de este mundo a aquel lugar de delicias, lejos de ser sombrío y terrible como nos describe la mitología griega y romana, era agradable y corto, y si el alma no estaba afligida con alguna mancha, debía remontarse con alegría y sin dolor hacía su elemento nativo. Esta noción del cielo que hacía a la muerte más agradable que temible, explicaba la intrepidez con que las tribus célticas despreciaban la muerte en todas las empresas que los druidas habían jurado ser legítimas.

