Guebros

o Güebros o Gauros o Parsis. Nombre que daban los mahometanos a los persas que habían conservado la antigua religión de los magos después de la derrota de su último rey Yerdeguerd III por los califas. Se hallaban dispersos por la India, y algunos vivían en las provincias más miserables de Persia. Los mahometanos les dejaban ejercer su religión, pero los miraban con el más alto desprecio, y les daban el nombre de gauros, infieles. A pesar de su dispersión, estos pueblos conservaron su religión en toda su pureza. Francos y sinceros en sus procedimientos, austeros en sus costumbres, sufrieron con una paciencia heróica la pobreza a que se hallaron reducidos, y el desprecio de los demás pueblos. Se discute si los guebros de la Edad Moderna eran idólatras, si el fuego sagrado era el objeto real de su adoración. Los turcos, los persas y los indios los consideraban como tales; mas, según los viajeros europeos, los guebros pretendían adorar el fuego, en memoria tan sólo de su legislador que se salvó milagrosamente de entre las llamas; y para distinguirse de los idólatras de la India se ceñían con un cordón de lana o pelo de camello. Aseguraban reconocer un dios supremo, creador y conservador de la luz; le daban siete ministros y estos mismos ministros tenían otros, a quienes los guebros invocaban como genios intercesores: el Ser Supremo era superior a los principios y a las causas, sin embargo atribuían tanto poder a estos genios subalternos que dejaban muy poco al soberano, o a lo menos no hacían mucho uso de él; admitían inteligencias que residían en los astros, e intervenían en el gobierno de los hombres, y ángeles, o criaturas inferiores que gobernaban los cuerpos animados, y cada árbol y cada hombre tenía su patrón o custodio. Los guebros no tenían ningún ídolo ni imagen, y eran verosímilmente los únicos pueblos de la tierra que jamás los han tenido. Todo el aparato de su religión consistía en conservar el fuego sagrado, en respetar en general este elemento, no poner en él nada sucio, ni que pueda hacer humo, y aun no infectarlo con su aliento, queriéndolo soplar: en sus casas hacían sus oraciones, actos y juramentos delante del fuego, y ninguno que hubiese tomado por testigo este elemento terrible y vengador, osaría perjudicar. Como consecuencia de este respeto, conservaban siempre el fuego en su hogar, no apagaban sus lámparas y nunca se servían del agua en sus incendios, los cuales procuraban ahogar con tierra. Tenían diversas ceremonias legales para hombres y mujeres, una especie de bautismo en su nacimiento y una especie de confesión en su muerte. Hacían oración cinco veces al día, volviéndose hacia el sol cuando se hallaban fuera de casa. Tenían ayunos señalados, cuatro fiestas cada mes y sobre todo mucha veneración por el viernes, y por el 1º y el 20 de cada luna. En sus días de devoción tenían entre sí convites comunes, en los cuales se dividía igualmente lo que cada uno traía a ellos, según sus facultades. Tenían mucho horror a tocar los cadáveres, nunca enterraban los muertos ni los quemaban; contentandose con exponerlos al aire en un lugar rodeado, poniendo cerca de ellos diferentes utensilios de casa. El aire y la sequedad del pais permiten sin duda este uso que sería peligroso y desagradable para los mortales en cualquier otro clima. Sin embargo nació de esta costumbre la creencia singular, de ir a observar de que manera la aves vienen a atacar a sus cuerpos; si el cuervo toma el ojo derecho, era señal de salvación, y se sigue el regocijo; si elige el ojo izquierdo era una señal de reprobación, y se llora la desgracia del difunto. Esta especie de crueldad hacia los muertos se encuentra reparada por otro dogma que extiende la humanidad de los guebros hasta la otra vida. Pretendían que el mal principio y el infierno serían destruidos con el mundo; que los demonios serían anonadados con su imperio, y que los reprobados, en medio de sus sufrimientos, encontrarán en fin un Dios clemente y misericordioso cuya contemplación les hará felices.
 
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