Mesías

Forma helenizada del arameo Mesihá, idéntica al término hebreo Masiah que significa "ungido". El término griego correspondiente es Christos. "Mesías" era el nombre empleado para designar a los miembros del sacerdocio que recibían la unción a su entrada en función y eran consagrados a Dios. Eran ungidos el rey y el Sumo Sacerdote y su persona era inviolable. Sólo en el siglo I a.C. fue así denominado el Redentor que se esperaba. En este sentido puede llamarse "esperanza mesiánica" a la que reinaba entre el pueblo judío en la antigüedad. Esperaban un Mesías, hijo de David, dándole un carácter político y religioso pues se esperaba que el Mesías restableciera la libertad del antiguo reino de Israel, entonces sometido al poder de Roma. Es bien sabido que los judíos todavía esperan uno. Pero no será inoportuno dar un compendio de los dogmas rabínicos acerca de su libertador. Entre los rabinos, unos le han visto en Ezequiel, otros, sin fijar época, precisa no dudan que según los antiguos oráculos en el Mesías no ha venido en los tiempos señalados por el espíritu de Dios, pero creen que no envejece, que permanece oculto en la tierra y espera para manifestarse y establecer su pueblo con fuerza, poder y sabiduría a que Israel haya celebrado como debe el sábado lo que aún no ha hecho, y que los judíos hayan reparado las iniquidades de que están manchados y que les ha privado de las bendiciones del Eterno. Los antiguos hebreos creyeron que el Mesías había nacido el día de la última destrucción de Jerusalén por los ejércitos romanos. El rabino Kimchi, que vivía en el siglo XII, creía que el Mesías, cuya venida se imaginaba que estaba cerca, arrojaría a los cristianos de Judea. Saladino fue este libertador, pero los judíos nada ganaron. Muchos quieren que el Mesías esté actualmente en el Paraíso terrestre; otros le ponen en Roma, y los talmudistas pretenden que éste ungido del Altísimo está oculto entre los leprosos y los enfermos que hallan en la puerta de esta ciudad, esperando que Elías, su precursor, se manifieste a los hombres. Pero la opinión más seguida ente los rabinos es que el Mesías no ha venido aún, que habrá dos que deberán sucederse el uno al otro, el primero en un estado humilde, el segundo glorioso y triunfante; el uno y el otro simples hombres. Los hebreos han tenido siempre la idea de la unidad, carácter distintivo del Ser Supremo. Precederán su venida diez grandes milagros. Desde luego, y este será el primero, Dios suscitará los tres tiranos más abominables que jamás hayan existido, que perseguirán atrozmente a los judíos. Vendrán de los extremos del mundo hombres negros con dos cabezas y siete ojos resplandecientes, y de un mirar terrible, ante los cuales no osarán presentarse lo más atrevidos. Pestes, hambres, mortandades, el sol transformado en espesas tinieblas, la luna en sangre, la caída de las estrellas, de los dominios insoportables, son el segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto milagros. El séptimo es el más notable. Un mármol que Dios tiene formado desde el principio del mundo y que ha esculpido con sus propias manos bajo la figura de una hermosa doncella, será objeto de una abominable impudencia. De este comercio impuro nacerá el Anticristo Armilius (Ver). Este vencerá al primer Mesías (Ver, Nehemías) y será vencido por el segundo. Este volverá la vida al primero, reunirá a todos los judíos vivos y muertos, reedificará los muros de Sión, restablecerá el templo de Jerusalén, sobre el plano presentado a Ezequiel en una visión, hará perecer a todos los enemigos de su pueblo, establecerá su imperio sobre toda la tierra habitable y fundará así la monarquía universal. Se casará con una reina y un gran número de mujeres, de las cuales tendrá una numerosa familia que le sucederá. Para celebrar su victoria, dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán, un banquete, cuyo vino será el mismo que Adán hizo en el Paraíso y que se conserva en vastas bodegas ahondadas por los ángeles en el centro de la tierra. Se servirá en él, el pez Leviatán, y para carne el Behemoth.
 
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