Galli
o Galos o Galles. Sacerdotes de Cíbele que tomaban su nombre de Galo, río de Frigia, cuya agua les volvía furiosos. Esta institución tuvo su cuna en Frigia y se esparció por Grecia, Siria y África, y por todo el imperio romano. Luciano describe las ceremonias de su iniciación del modo siguiente: "Concurre un gran número de gente a la fiesta de la diosa, tanto de Siria como de las regiones vecinas: todos llevan a ellas los ídolos y los señales de su religión. En un día señalado se reunían en el templo esta asombrosa multitud: se encontraban en el mismo muchos galli, y celebraban sus misterios; se daban cuchilladas en los codos y se pegaban mutuamente latigazos en las espaldas. La multitud que los rodeaba tocaba la flauta y el tímpano. Otros, llenos de entusiasmo, cantaban canciones improvisadas. Todo esto pasaba fuera del templo, donde no entraba la muchedumbre. Este sonido de las flautas inspiraba a muchos asistentes una especie de furor, y entonces el joven que debía ser iniciado, arrojaba sus vestidos y, dando grandes gritos, desenvainaba una espada y el mismo se castraba. Después de esto corría por la ciudad, llevando entre sus manos el miembro mutilado, y lo arrojaba en seguida a una casa, en la cual tomaba el vestido de mujer". Los galli eran vagabundos y charlatanes que iban de ciudad en ciudad, tocando el címbalo y el crótalo, llevando imágenes de su diosa para seducir las gentes incautas y recoger limosnas de las cuales se aprovechaban. Según Plutarco: "Estas gentes emitían oráculos, los unos de repente, los otros los investigaban por medio de la suerte en ciertos libros. Los vendían al pueblo y a la mujercillas, que estaban admiradas de poseer estos oráculos en versos y en cadencia". Les era permitido por la ley de las doce tablas, dice Cicerón, pedir limosna en ciertos días, con exclusión de todos los demás mendigos. Eran en fin decidores de la buenaventura, que se metían en predecir lo futuro. Admitían en su compañía viejas encantadoras que recitaban versos entre dientes y arrojaban hechizos para turbar la paz de las familias. Sus sacrificios iban acompañados de violentas contorsiones, de meneos de cabeza, y se herían mutuamente en la frente como los cameros. Los continuos viajes de Cíbele eran representados por sus ministros, que llevaban su imagen por todas partes, ya sobre un carro, ya sobre un pollino, y recogían limosnas para la diosa, que empleaban en su favor. Su jefe se llamaba Archigallo, el cual iba vestido de púrpura, usaba tiara y gozaba de una gran consideración. Ver, Archigallo.

