Furrina
o Furina. Furrina era una diosa perteneciente a la mitología romana, cuyo culto, según la tradición, fue instituido por el rey Numa, sucesor de Rómulo. La diosa Furrina no era considerada una entidad benévola, por lo que su templo estaba fuera de Roma en un paraje no habitado y sin cultivos. La diosa Furrina poseía un manantial y un pequeño bosque en la orilla derecha del Tíber, al pie del Janículo, lugar donde se celebraban las "Furrinalias". Actualmente está situado en la villa Sciarra frente a la vía Dandolo. Según se sabe por las pocas crónicas que hacen referencia al culto de la diosa Furrina, el bosque era extremadamente denso y escarpado, lo que dificultaba enormemente su ascenso. Hoy en día el bosque ha quedado reducido a una pequeña porción de lo que era, pero aún conserva gran parte del misterio que siempre lo rodeó. Posiblemente fue una deidad dual, similar a la del dios Jano: por un lado castiga a los hombres malvados o que han cometido crímenes y por otra parte es la que conserva la paz social, precisamente al castigar los crímenes. Algo en lo que todos los especialistas están de acuerdo, es que se trata de un culto antiquísimo y que ya en el siglo II a.C. había desaparecido. En la época republicana es considerada como una de las Furias. Poco a poco, este santuario dejó de frecuentarse y fue ocupado por sirios, que introdujeron en él sus peculiares prácticas religiosas. Se han encontrado en Roma muchos altares que le estaban consagrados. En uno de los cuales se le da el sobrenombre de Placabilis "compasiva" por el deseo, sin duda, de inspirarle piedad. En una patera de arcilla negra, reluciente y dura, se la representa con un rostro feo y con el pecho, cuello y brazos desnudos. Sus ojos son fieros y su boca hundida y horrorosa. Salen de sus espaldas dos grandes alas de murciélago y parece disponerse para tomar vuelo e ir a castigar los crímenes. Según otros, que derivan su nombre de la palabra fur, era la diosa de los ladrones. Otra opinión la hace diosa de la casualidad, entre los toscanos. Sea lo que fuere, tenía un templo en la XIV región de Roma, y un flamen furinalis, uno de los 15 flámenes, para servirla. Su culto, en tiempo de Varrón, estaba muy decaído. Ver, Amharia.

