Clientela
En la composición de la familia arcaica, la recíproca necesidad que el pobre tiene del rico y el rico del pobre, creó a los servidores. En esta especie de régimen patriarcal, servidores o esclavos es lo mismo. El principio de un servicio libre y voluntario, pudiendo cesar a capricho del servidor, no puede concordar con un estado social en que la familia vive aislada. Por otra parte, la religión doméstica no permite que en la familia se admita a un extraño. Es necesario, pues, que el servidor se trueque por cualquier medio en miembro y parte integrante de esa familia. A esto se llega por una especie de iniciación del recién llegado al culto doméstico. Una curiosa costumbre que subsistió mucho tiempo en las casas atenienses nos dice cómo entraba el esclavo en la familia. Se le hacía acercarse al hogar para ponerlo en presencia de la divinidad doméstica, se le vertía en la cabeza el agua lustral, y compartía con la familia algunas tortas y frutas. Esta ceremonia era análoga a la del casamiento y la adopción. Significaba indudablemente que el recién llegado, extraño en la víspera, sería en adelante un miembro de la familia y participaría de su religión. Por ello, el esclavo asistía a las oraciones y participaba en las fiestas. El hogar le protegía, la religión de los dioses lares le pertenecía tanto como a sus amos; por ello debía enterrársele en el lugar de la sepultura de la familia. Pero lo mismo que le hacía adquirir el culto y el derecho de orar le hacía perder su libertad. La religión le retenía quedando incorporado a la familia para toda la vida, y aun en el tiempo posterior a su muerte. Su amo podía hacerlo salir de la baja esclavitud y tratarlo como a hombre libre, pero el servidor no se liberaba por ello de la familia. Como estaba ligado por el culto, no podía separarse de ella sin impiedad. Con el nombre de liberto o de cliente, continuaba reconociendo la autoridad del jefe o patrono y no cesaba de tener deberes con relación a él. Sólo se casaba con autorización del amo, y los hijos que le nacían continuaban obedeciendo a éste. De esta manera se formó en el seno de la gran familia cierto número de pequeñas familias clientes y subordinadas. Los romanos atribuyeron a Rómulo el establecimiento de la clientela, como si una institución de esta naturaleza pudiera ser obra de un hombre. La clientela es más antigua que Rómulo y existió en todas partes, en Grecia al igual que en Italia. No fueron las ciudades quienes la establecieron y regularon. Al contrario, fueron ellas quienes la redujeron y destruyeron poco a poco. La clientela fue una institución del derecho doméstico y existió en las familias antes de que hubiese ciudades. No conviene juzgar la clientela de los primeros tiempos por los clientes que vemos en tiempos de Horacio. Es claro que el cliente fue durante mucho tiempo un servidor afecto al patrono, pero entonces tenía algo que constituía su dignidad y fue que tomaba parte en el culto y que estaba asociado a la religión de la familia. Tenía el mismo hogar, las mismas fiestas, los mismos sacra que su patrono, y en señal de esta comunidad religiosa adoptaba en Roma el nombre de la familia, considerándosele como un miembro gracias a la adopción. De ahí el estrecho lazo y la reciprocidad de deberes entre el patrono y el cliente. Oigamos a la vieja ley romana: "Si el patrono ha hecho agravio a su cliente, que sea maldito, "sacer esto", que muera". El patrono debía proteger al cliente por todos los medios y con todas las fuerzas de que disponía, con su oración como sacerdote, con su lanza como guerrero, con su ley como juez. Más tarde, cuando la justicia de la ciudad reclame al cliente, el patrón deberá defenderlo y hasta deberá revelarle las misteriosas fórmulas de la ley que puedan hacerle ganar su causa. Se podrá servir de testigo contra un cognado (Ver, Agnación), pero no contra un cliente, y seguirán considerándose los deberes respecto a los clientes como muy superiores a los que nos unen con los cognados. La razón es que un cognado, ligado sólo por las mujeres, no es un pariente ni toma parte en la religión de la familia. El cliente, por el contrario, posee la comunidad del culto y, por inferior que sea, participa del verdadero parentesco, que consiste en adorar a los mismos dioses domésticos, según la expresión de Platón. La clientela es un lazo sagrado que la religión formó y que nada puede romper. Una vez cliente de una familia, ya no es posible separarse de ella. La clientela de esos tiempos primitivos no fue una relación pasajera y voluntaria entre dos hombres, sino que fue hereditaria, se era cliente por deber, de padres a hijos. Han llegado hasta nosotros dos testimonios que avalan lo dicho: uno por conducto de Plutarco, otro por medio de Cicerón. C. Herennio, llamado como testigo contra Mario, alega que es contrario a las reglas antiguas que un patrono deponga contra su cliente, y, como causase aparente sorpresa que Mario fuese calificado de cliente habiendo sido ya tribuno, añadió que, en efecto, "Mario y su familia eran de muy antiguo clientes de la familia de Herennio". Los jueces admitieron la excusa; pero Mario, que no se resignaba a quedar reducido a esta situación, replicó que el día en que se le había elegido para una magistratura había quedado libre de la clientela; "lo que no era completamente cierto, añade el historiador, pues no todas las magistraturas eximían de la condición de cliente: sólo las magistraturas curules gozaban de este privilegio" (Plutarco, Vida de Mario, 5). La clientela era, pues, excepto este único caso, obligatoria y hereditaria; Mario lo había olvidado; los Herennios lo recordaban. Cicerón menciona un proceso debatido en su tiempo entre los Claudios y los Marcelos. Los primeros, a título de jefes de la gens Claudia, pretendían en virtud del derecho antiguo, que los Marcelos eran sus clientes. En vano ocupaban éstos, durante dos ss., el primer rango en el Estado: los Claudios seguían sosteniendo que el lazo de la clientela no habían podido romperlo. Estos dos hechos, salvados del olvido, nos permiten juzgar sobre lo que era la primitiva clientela. Ver, Cliente, Patronato.

