Éstige
o Estigia. El Éstige es un río o laguna de los Infiernos. La Estigia era uno de los ríos de la región de la muerte. Los otros, el Aqueronte y el Cocito. En la Teogonía de Hesíodo, Éstige es el de más edad de los vástagos de Océano y Tetis. Pero la genealogía que Higino pone a la cabeza de sus fábulas lo presenta como uno de los hijos de la Noche y del Érebo (las Tinieblas). Figura entre las compañeras de juego de Perséfone, en el "Himno homérico a Deméter". Pero existe también otra tradición, citada por Apolodoro, según la cual es la madre de Perséfone, en lugar de Deméter. Con bastante frecuencia se presenta a Éstige casada con Palante, con el cual engendra a Zelo, Nice, Cratos y Bía, es decir, el Celo, la Victoria, el Poder y la Fuerza. Cuando la batalla de Zeus contra los gigantes, llamó en su auxilio a todos los inmortales y entonces Éstige fue la primera que se presentó con su formidable familia. Quedó el padre de los dioses tan prendado de su actividad y tan agradecido a los servicios que le prestaba que la colmó de dones y de honores. "Tomó, dice Hesíodo, por comensales a todos sus hijos, y para distinguirla del modo más lisonjero quiso que desde entonces fuese el nudo sagrado de las promesas de los dioses, estableciendo las penas más rigurosas contra aquellos que violasen los juramentos hechos en su nombre". Según otra versión, transmitida en un fragmento de Epiménides, Éstige se unió a un tal Piras y le dio una hija, Equidna (Ver). Finalmente, uno de los hijos atribuido a Éstige es Ascálabo o Ascálafo (Ver). Había una fuente de este nombre que la mitología situaba en Egipto. En sus orillas Isis dio sepultura a los miembros de su esposo, Osiris que el asesino Tifón había ocultado y que ella pudo recoger con harto trabajo. Escogió por sepultura la Estigia, porque era dificil su acceso y porque sus aguas murmuraban sordamente inspirando una tristeza sombría. Esta fuente conservó por largo tiempo su nombre en
aquella comarca, y de ello hace mención Ptolomeo. Cuando Orfeo llevó a los griegos la creencia del Tártaro, les hizo particular mención de Éstige. También se daba este nombre a una fuente que se encontraba en Arcadia no lejos del pueblo de Nonacris (cerca de la ciudad de Féneo). Esta fuente brotaba de una roca elevada y luego se perdía bajo tierra. Se atribuía a sus aguas propiedades perniciosas: eran un veneno para los hombres y el ganado; quebraban el hierro y los metales, así como la alfarería que se sumergía en ellas. Sin embargo, un casco de caballo resistía a esta agua, no era atacado por ella. Pausanias, que nos ha conservado esta enumeración de las propiedades del agua del Éstige, alude a una leyenda según la cual Alejandro habría sido envenenado por el líquido de esta fuente. Además de la fuente de Egipto y de esta última, había otra del mismo nombre, cerca del puerto Lucrín y del lago Averno, en Italia. El agua del río infernal, y no ya la de la fuente, que se creía que afluía a aquél, pasaba también por tener propiedades mágicas. En este río, Tetis habría sumergido a Aquiles para hacerlo invulnerable. Pero, sobre todo el agua del Éstige servía a los dioses para pronunciar un juramento solemne. Cuando un dios quería comprometerse por juramento, Zeus enviaba a Iris a llenar un jarro con agua del Éstige, y volvía con él al Olimpo para que fuese "testigo" del juramento. Si luego el dios cometía perjurio, le esperaba un castigo terrible. Permanecía un año entero privado de respiración, y no llegaban a sus labios ni ambrosía ni néctar. Al cabo del año se le imponía otra prueba. Durante nueve años quedaba al margen de los dioses, que gozaban de vida perenne, sin participar en sus consejos ni en sus festines. Sólo al cabo de diez años recuperaba sus prerrogativas. Esta descripción de los efectos del perjurio, contenida en un pasaje interpolado de la Teogonía, da, además, detalles sobre la naturaleza de esta agua fatal. Consiste, se dice, en un brazo del Océano, exactamente la décima parte del río inicial, mientras las otras nueve son las espiras con que el río rodea el disco de la Tierra. Esta cifra de nueve espiras se vuelve a encontrar en la descripción virgiliana del Éstige infernal, que rodea con sus meandros el reino de los Infiernos. En iconología se representa a Éstige, bajo la figura de una mujer vestida de negro y descansando sobre un jarro, cuya agua apenas puede salir. Algunas veces se la pinta en su palacio, que era una gruta subterránea, sostenida, dice Hesíodo, por dos columnas tan brillantes como la plata. El poeta describe de este modo los cristales o estalactitas que se forman ordinariamente en las cavidades, donde el agua que destilan los peñascos se congela antes de caer. "La de la Éstige, dice el mismo Hesíodo, forma bajo tierra un arroyo, cubierto siempre de una noche oscura. Discurre hacia el Tártaro, pero queda reservada la décima parte, para castigar a los dioses perjuros. Siguiendo a Platón, las ondas de la Éstige eran azuladas y los cinco peces que contenía, tan sumamente pequeños y escamados o flacos, que apenas podían percibirse, siendo su color negro, así como el de todos los reptiles horribles que moraban en sus orillas. Los griegos suponían que los malvados y los calumniadores iban a parar a las aguas de Éstige. Los pueblos de Italia que consideraban como dioses a todos los lagos y ríos de su clima, que adoraban el lago Alba, el lago Fusine, los de Aricia y de Cutilia, los ríos Clitumne y Numico, que se prosternaban delante los estanques de Marica, de la fuente Juturna y de las aguas Ferentinas y de Feronia, tributaron como los griegos un respeto particular a la Éstige y a los otros ríos infernales. Por esto se ven con frecuencia sus nombres y sus atributos en las obras de los más célebres poetas, y si hay pocos monumentos que los representen entre ellos, es porque durante mucho tiempo y después del reinado de Numa, hasta el consulado de Cornelio Cetego, los romanos y los pueblos vecinos sospechando la incorporalidad de los dioses, miraron como una impiedad la costumbre de las naciones que atrevidamente los pintaban o esculpían. (Ver, Aqueronte).

