Jueces del Infierno

Platón dice que antes del reinado de Júpiter, había una ley establecida desde el principio del mundo, que al salir de la vida, los hombres fuesen juzgados para recibir la recompensa o el castigo de sus buenas o malas acciones. Pero como este juicio se celebraba en el instante que presidía la muerte, estaba sujeto a grandes injusticias. Los príncipes avaros y crueles comparecían delante de los jueces con toda la pompa y aparato de su poder, les deslumbraban y les ponían tímidos, de modo que pasaban sin dificultad a la morada feliz de los justos; al contrario, los buenos, pobres y sin apoyo, estaban expuestos a la calumnia y condenados como culpables. La fábula añade que movido Júpiter por las infinitas instancias que se le dirigían, mudó la forma de estos juicios, fijando el tiempo en el momento que sigue a la muerte. Radamantis y Eaco, hijos ambos de Júpiter, fueron establecidos jefes, el primero por los asiáticos, el segundo por los europeos; y Minos para decidir soberanamente en caso de oscuridad e incertidumbre. Su tribuna se hallaba colocada en un lugar llamado Campo de la Verdad, porque no se podía acercar a él la mentira y la calumnia; y confinaba por una parte con el Tártaro y por la otra con los Campos Elíseos. Allí comparecieron los príncipes; desnudos de su grandeza, reducidos a sí mismos, sin defensa y sin protección, mudos y trémulos por su suerte, después de haber hecho temblar toda la tierra. Si el juzgado se encontraba culpable de crímenes que podían ser expiados, se le confinaba por cierto tiempo al Tártaro, y con seguridad de salir de él cuando se hallara suficientemente purificado. Tales son las ideas que tenía sobre la otra vida un filósofo clásico. Los griegos habían sacado la idea de este juicio después de la muerte, de una antigua costumbre de los egipcios, que refiere Diodoro: "Cuando un hombre muere en Egipto, dice, se anuncia el día de los funerales, primeramente a los jueces, después a toda la familia y amigos del difunto; al instante se reunen cuarenta jueces y van a sentarse en su tribunal, erigido en la otra parte de un lago antes de hacer pasar el muerto por este lago. La ley permite a todos quejarse contra el muerto. Si alguno es convencido de haber vivido mal, los jueces dan la sentencia y privan al muerto de la gloria que se le había preparado, pero si el que ha intentado la acusación no la prueba, está sujeto a grandes penas. Cuando no se presenta ningún acusador, o los que se presentan son convencidos de calumnia, todos los parientes se quitan el luto, alaban al difunto, sin hablar siquiera de su raza, pues todos los egipcios se creen igualmente nobles, y en fin ruegan a los dioses infernales que les admitan en la mansión de los bienaventurados. Entonces todos los asistentes felicitan la muerte del que debe pasar a la eternidad a gozar de la paz y de la gloria".
 
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