Juicio Final
Los turcos admiten, como los cristianos, dos especies de juicios, el que se hace después de la muerte, o particular, y el juicio universal. Hay, sin embargo una diferencia entre ellos, acerca del juicio particular. "Dios, dice la Sunna, no se toma la pena de presidirlo, y da su comisión a los ministros de sus voluntades. Al instante que se pone el cuerpo en el sepulcro, dos ángeles terribles, Moukir y Nakir, le examinan su fe, sus obras, etc. y le castigan cruelmente, sino responde a este temible examen". En cuanto al alma, un ángel de la muerte viene a recibirla al salir del cuerpo, con el mayor agrado si ha animado el cuerpo de un verdadero creyente, y con mucha aspereza si es de un infiel. Distinguen tres clases de fieles musulmanes: los profetas, cuyas almas son conducidas en triunfo a la morada de los bienaventurados por los otros ángeles que tienen este encargo; los mártires que van a reposar sobre el lomo de ciertos animales verdes, que se alimentan de los frutos del árbol de la vida; en fin, en la tercera clase se encuentran las almas de aquellos sobre cuyo estado están divididos los sentimientos. "El juicio final, dicen, se celebrará al fin de los siglos, después de la resurrección general, sea de hombres, sea de animales, cuando la trompeta les haya reunido desde las extremidades de la tierra: esperarán cincuenta mil años en el valle de Siria, hasta que sea del agrado de Dios, de decidir su suerte. Durante este tiempo los miembros de los buenos musulmanes, que habrán tenido buen cuidado de lavarse bien antes de la oración, brillarán con la gloria; pero los infieles estarán prosternados en tierra, mudos sordos y ciegos: sus partes sexuales serán negras y deformes. Cuando llegue el fatal momento, el examen de cada hombre no durará más del tiempo necesario para ordeñar una oveja o dos camellas. El ángel Gabriel sostendrá la balanza donde se pesarán las acciones de los hombres: será de una magnitud tan prodigiosa que en sus platillos, de los cuales uno colgará sobre el paraíso y el otro sobre el infierno, podrán caber los cielos y la tierra. Después que los brutos sean juzgados, y que Dios les haya permitido vengarse los unos de los otros, volverán al polvo". Los antiguos persas admitían una especie de juicio universal al fin del mundo, y sus ideas acerca de este punto tenían mucha semejanza con las del cristianismo. Decían que Ormuz o el Ser Supremo, después de haber permitido a Arimán o el demonio, atormentar a los hombres por cierto tiempo, destruiría el universo, y llamaría a todos los hombres a la vida; que los buenos recibirían la recompensa de sus virtudes y los malvados la pena de sus crímenes, y que dos ángeles encargados de ello presidirían el suplicio de estos últimos. Pensaban que los malvados serían admitidos en la compañía de los buenos, después de haber expiado sus crímenes por cierto tiempo; pero que para ser distinguidos llevarían en la frente una marca negra y estarían a mayor distancia que los otros del Ser Supremo. Según los parsis, las almas, al salir del cuerpo, están obligadas, para trasladarse al otro mundo, a pasar por un torrente cuyas aguas son negras y frías, extendido sobre la espalda de la gehena; éstos son los términos que usa un árabe al hablar de este puente: "En uno de sus extremos hay dos ángeles apostados, que esperan a las almas a su paso para juzgarlas. Uno de ellos tiene en la mano una balanza destinada a pesar las obras de todos los que se presentan. Cuando tales obras se encuentran demasiado ligeras, el ángel examinador da cuenta a Dios, que condena al desgraciado a ser precipitado al torrente, sentencia que se ejecuta inmediatamente. Aquellos cuyas obras tienen en la balanza un peso correspondiente, tienen libertad de pasar el puente para llegar a la morada de las delicias que ha destinado el Ser Supremo para los virtuosos".

