Imperio Nuevo egipcio
Tras el Segundo Período Intermedio que concluyó con la derrota y expulsión de los hicsos, Egipto comienza una etapa de expansión sin precedentes en su milenaria historia, el llamado Imperio Nuevo (1.552-1.069), que comprende las Dinastías XVIII (1.552-1.305), XIX (1.305-1.186) y XX (1.186-1.069). No obstante, este largo período de cinco ss. aparece jalonado por la denominada "crisis de el-Amarna" que, aunque sólo duró una veintena de años (1.364-1.347), constituye toda una época. Si la "revolución religiosa" de mediados del siglo XIV fracasó, es también indudable que después del reinado de Akhenaton Egipto era un mundo distinto. A mediados del siglo XVI, momento en que en Egipto empieza el Imperio Nuevo, todas las grandes potencias del Próximo Oriente están ya en contacto entre ellas. En Grecia, los aqueos han dado vida al mundo micénico. Un poco al sur, la Creta minoica se encuentra en la época de los grandes palacios. Tanto el mundo minoico como el micénico, están en contacto permanente con Egipto y extienden sus relaciones coloniales a la costa de Siria, donde se establecen sólidamente. A partir, como mínimo, del reinado de Tutmosis III, está documentada la llegada de embajadas minoicas y micénicas a Egipto. En el centro de Anatolia. el reino hitita atraviesa un período de grave crisis, al que acaba poniendo remedio Telepinu (1.525-1.500). El estado hitita tardará en rehacerse como una gran potencia y es precisamente aprovechando este prolongado período de debilidad, que surge el reino independiente de Arzawa, en la costa meridional anatólica. La Alta Mesopotamia y Siria, son regiones ocupadas en estos años por un gran imperio, Mitanni, cuya capital Wasuganni, debía situarse en algún lugar al norte de la Alta Mesopotamia, ignorándose su emplazamiento exacto. El Imperio Mitánnico estaba integrado por un conglomerado étnico, compuesto principalmente de hurritas y semitas. Su organización era de tipo feudal, pero se sabe muy poco. Puede afirmarse que se trataba de un conglomerado de pequeños estados, cuyos soberanos aceptaban el protectorado del Gran Rey de Mitanni y al mismo tiempo practicaban una política exterior prácticamente independiente. Al sureste del Imperio Mitánnico, en la Baja Mesopotamia, hallamos el reino de Babilonia, en el cual se acaba de establecer la Dinastía Kasita. En el País de Canaán, la actual Palestina, situado en la zona del Levante mediterráneo, se encuentra, tras el derrumbamiento del poder hicso, acosado por los ataques de los vasallos del Gran Rey de Mitanni y completamente desorganizado. La costa fenicia escapa al control de Mitanni, que es un imperio eminentemente continental. Así pues las ciudades fenicias se convierten en importantes y cosmopolitas focos económicos y culturales, a lo que coadyuva el establecimiento de colonos minoicos y micénicos, especialmente en la región de Ugarit. Es en este momento, en un mundo en efervescencia, donde se ve aparecer una invención de importancia trascendental para la historia de la humanidad: el alfabeto. Se conocen dos series de testimonios, ambos en lengua cananea: el alfabeto jeroglífico sudarábigo y el alfabeto cuneiforme de Ugarit. Se cierra el panorama de los vecinos de Egipto a comienzos del Imperio Nuevo, citando, al menos, los reinos africanos de Opone, en la costa del Mar Rojo y de Cush, en el Valle del Nilo. Durante el Imperio Nuevo o, más concretamente, durante la primera fase de la Dinastía XVIII, se puso en práctica la dinámica imperialista, de tal modo que Egipto en poco más de cincuenta años se convirtió en una potencia hegemónica en el ámbito del Próximo Oriente antiguo. Se afianzó el esquema geopolitico diseñado por los faraones del "Imperio Medio", consistente en "crear" un imperio "asiático" para mantener el imperio "nilótico", del que dependían la mayor parte de los recursos del país. En etapas anteriores se habían puesto las bases para la construcción de un imperio, pero la estructura del Estado apenas había sido alterada durante siglos. Por eso, aunque el Imperio Nuevo egipcio fue el resultado final de la política agresiva de la nueva dinastía faraónica, iniciada por Tutmés I en Asia ca.1.500 a.C., los éxitos militares egipcios se vieron respaldados por los cambios institucionales exigidos por la nueva situación. El período se inicia con las sucesivas campañas de Ahmosis contra los hicsos o "reyes" del Delta, que concluyeron en la toma de Avaris, su capital, la expulsión del país y su persecución hasta Sharuhen, en Palestina. Alejado el peligro hicso del Delta, Ahmosis logró recuperar también el dominio de Nubia, donde reinaba un príncipe nativo. Su hijo y sucesor, Amenhotep I (Amenofis I), continuó con éxito las acciones militares en Asia de tal manera que ya a finales del siglo XVI, bajo el reinado de Tutmés I (Tutmosis I), las fronteras del "imperio asiático" se sitúan al oeste del Éufrates, en los territorios que median entre este río y el Orontes. Si, como parece, esta área caía bajo la influencia del reino-imperio de Mitanni, no debe tratarse de una ocupación permanente sino de demostraciones de fuerza, que permitían recibir tributos de las poblaciones dominadas. Además, territorios tan alejados del "centro" como el norte de Siria o la Nubia alta eran difícilmente dominables y excesivamente costoso su control. Los periódicos levantamientos de los nativos exigían guarniciones permanentes, destinadas tanto a disuadir a los indígenas como a proteger las rutas comerciales. Ahora bien, en los 130 años que separan los reinados de Tutmés I y Amenhotep IV, la política exterior egipcia experimentó cambios radicales. Las expediciones punitivas de los períodos precedentes fueron sustituidas por asentamientos militares en las zonas ocupadas. La política defensiva anterior dejó paso a otra agresiva, que hoy calificamos como "imperialista", basada en la salvaguardia del angosto aunque alargado "imperio nilótico" (de hasta 2.200 Kms en la época de mayor expansión), que se alineaba a ambos lados del río desde la 4ª catarata del Nilo hasta el Mediterráneo. La periferia de este reino-imperio la formaban otros dos imperios: uno, asiático, que alcanzaba el norte de Siria; otro, africano, que incluía el control de la Nubia alta y parte del Sudán, en el sur. Del primero procedían la mayor parte de los productos consumidos por los egipcios. Del segundo, en cambio, venia el oro y aportaba mercenarios y esclavos. Pero la organización política, social y económica de Egipto dependía del control de los recursos del país, por lo que la existencia de estos dos imperios periféricos, alejando en lo posible los focos de conflicto, contribuía indirectamente al mantenimiento de la estabilidad interior. En tales circunstancias, ésta sólo se veía amenazada a causa de relevos dinásticos, como cuando Amenhotep I murió sin dejar hijos legítimos que pudieran sucederle. El trono fue ocupado entonces por un hijo bastardo que tomó el nombre de Tutmés I. En otros casos, la reina se vio obligada a mantener la regencia, como en el caso de Hatshepsut, quien más tarde conseguiría convertirse en un auténtico faraón, gobernando Egipto durante veintidós años (1.490-1.468). Aunque insólito, el hecho tenía precedentes en las primeras dinastías, pero lo verdaderamente novedoso fue la forma de llevarlo a la práctica. Hatshepsut se preocupó no sólo de difundir una teología de su nacimiento, sino también de aparecer ante el pueblo con un aspecto varonil (indumentaria masculina, barba) para que no hubiera duda de su completa titulatura faraónica. Pero dio un giro "pacifista" a la tendencia militarista de los tutmésidas, hasta el punto que su sucesor, Tutmés III, quizá vindicando su propia legitimidad dinástica, procedió a una auténtica damnatio memoriae de su antecesor en el trono, reemplazando el nombre de la reina por el suyo o el de alguno de sus antecesores. Más tarde, Tutmés III se preocuparía de garantizar la continuidad dinástica asociando al trono a su hijo Amenhotep II dos años antes de su muerte. Los disturbios internos, originados por el relevo en el poder, eran aprovechados por los jefes de los pueblos dominados para intentar sacudirse el yugo egipcio. De hecho, cada nuevo faraón se veía obligado a restablecer la hegemonía en áreas teóricamente ya conquistadas. En este sentido, el Levante asiático era particularmente vulnerable, porque los reyezuelos de las ciudades sirias (Meggido, Kadesh, Zahi) estaban en contacto con los estados vecinos y concertaban a menudo alianzas recíprocas. Garantizar el dominio egipcio de esta zona costó nada menos que 17 expediciones al enérgico Tutmés III (1.490-1.436). En estas campañas el faraón demostró ser un gran conquistador y buen conocedor de la estrategia militar. En la 8ª campaña Tutmés sorprendió a Mitanni en el Éufrates con un "ejército de barcos", previamente construidos en Biblos y transportados hasta allí a través del desierto. Esta acción le valió el reconocimiento de los reyes de las restantes potencias asiáticas (Babilonia, Asiria, Imperio Hitita), que enviaron un precautorio tributo al vencedor. Pero todavía fueron necesarias otras nueve campañas para consolidar la posición de Egipto en el área sirio-palestina, porque las coaliciones antiegipcias continuaron en torno al viejo y tradicional enemigo de Kadesh. Por el sur Tutmes III llegó hasta la 4ª catarata del Nilo, según atestigua una estela levantada en Napata, con lo que el imperio egipcio se extendía desde el Éufrates hasta el país de Kush, alcanzando así el punto culminante de su expansión, que se mantuvo sin dificultad durante los reinados de sus sucesores Amenhotep II y Tutmés IV, hijo y nieto de aquél, respectivamente. Pero durante el reinado siguiente bajo Amenhotep III se empiezan a apreciar ya algunos indicios de la "crisis" que se avecinaba: la fastuosidad imperialista choca con un cambio en la actitud del faraón, que ya no dirigirá el combate, sino un "visir" o virrey, mientras que él se ocupará de las relaciones diplomáticas. Se cubría así la primera fase "expansionista" del Imperio Nuevo egipcio. La segunda fase, de menor intensidad que ésta, se inicia tras el paréntesis de la "revolución religiosa" de el-Amarna. La Dinastía XVIII concluye con un faraón-general, Horemheb, de origen desconocido, que sube al trono en nombre de Horus y Amón. Entretanto, la inactividad militar de Egipto en esta época fue aprovechada por los reyezuelos de los pequeños estados asiáticos para conseguir la liberación o por los imperios rivales, como el hitita, para imponer su autoridad en los territorios antes dominados por los egipcios, bien ampliando su base territorial, bien estableciendo alianzas con otras potencias, como Asiria, a fin de doblegar a poderosos aliados de Egipto en Asia, como el reino de Mitanni. De esta forma, desde finales del siglo XIV los hititas reemplazaron a los egipcios en el control del área sirio-palestina. Este relevo no se explica sólo por razones de superioridad militar, sino también de carácter institucional. Egipto había conseguido construir un imperio territorial, pero su dinámica correspondía todavía a un modelo primitivo, centralizado y sin los cambios en la superestructura administrativa que habrían convertido a éste no en apéndices del país, sino en prolongación del propio Estado. Sin embargo, la falta de una organización administrativa en distritos o "provincias" de los territorios dominados hizo inútil su defensa o resistencia ante la presión de otras potencias rivales y las frecuentes sublevaciones locales. Todavía durante algunas décadas el debilitado poder faraónico intentó mantener su prestigio cuestionado en el exterior. Este nuevo período, que se conoce con el nombre de "época ramésida", comprende las Dinastías XIX y XX, en las que 11 de los 18 faraones conocidos llevaron el nombre de "Rameses". Aunque generalmente se considera a este período como una segunda fase de expansión imperialista, la política exterior ramésida se centró en la reconquista de algunos territorios perdidos, pero en ningún caso se superaron los límites territoriales fijados por sus predecesores tutmésidas. Incluso la política ofensiva de los primeros ramésidas (Rameses I, Seti I, su hijo, y sobre todo Rameses II, nieto del primero) dio un giro hacia el 1.200 a.C. cuando primero Mineptah (1.224-1.204) y, más tarde, Rameses III (1.184-1.153), el segundo faraón de la Dinastía XX, tuvieron que renunciar a sus pretensiones expansionistas al verse amenazadas las fronteras naturales de Egipto por los ataques en el Delta de libios y otros pueblos del Egeo, los llamados "Pueblos del Mar". La política defensiva obligó a renunciar a la ventajosa posición egipcia en la frontera norte frente a hititas, sirios y palestinos, recuperada gracias a las exitosas campañas de Seti I, quien también consolidó su poder en el sur, en Nubia, al otro extremo del "imperio". Aunque las incursiones periódicas en el Delta fueron sofocadas por Mineptah ca.1.215 y por Rameses III más tarde, el potencial militar egipcio quedó muy mermado. Fue necesario reforzar el ejército con mayor número de mercenarios (libios, nubios, minorasiáticos) que, en el plazo de unas décadas, utilizarían su relevancia militar para aspirar a puestos de responsabilidad política e incluso al control del propio poder faraónico. Ver, Dinastías, Imperio egipcio, Imperio Antiguo egipcio.

