Luna

La mayor parte de las divinidades clásicas después del Sol. Macrobio pretende que todas pueden referirse a estos dos astros. Hesíodo la hace hija de Hiperión y Tea. Píndaro la llama el ojo de la noche y Horacio la reina del silencio. Una parte de los orientales la honraban bajo el título de Urania. Es la Isis de los egipcios, la Astarté de los fenicios, la Meni y la reina del cielo de los hebreos, la Milita de los persas, la Alicat de los árabes, la Selene de los griegos y la Diana, la Venus, la Juno de los romanos. César no da otras divinidades a los pueblos del Norte y los antiguos germanos, que el Fuego, el Sol y la Luna. El culto de este último astro traspasó los límites del océano germánico y pasó de Sajonia, en Reino Unido, a las Galias, donde la Luna tenía un oráculo servido por las sacerdotisas druidesas en la isla de Sain, en la costa meridional de la Baja Bretaña. Los magos de Tesalia decían tener un gran comercio con la Luna, y se gloriaban de poder, por medio de sus encantamiento, o librarla del dragón que quería tragarla, lo que se hacía con ruido de calderos cuando se eclipsaba, o hacerla descender a la tierra cuando querían. La idea de que este astro podía ser habitado ha dado margen a ficciones ingeniosas. Tales son entre otras los viajes de Luciano y de Cirano de Bergerac, y sobre todo la fábula del Aristo, que pone en la Luna un vasto almacén lleno de redomitas, en las cuales está encerrado el buen sentido de cada individuo. Ver, Diana.
 
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