Cronología y periodización

Haciendo uso de una inveterada costumbre, los historiadores suelen fechar de forma precisa los acontecimientos históricos de acuerdo con los datos proporcionados por fuentes antiguas, arqueológicas o escritas. Pero no es menos cierto que reducir la expresión del tiempo histórico a una serie de cronologías absolutas resulta arriesgado, sobre todo si se trata de períodos en que éstas presentan diversos grados de fiabilidad: mayor, las más recientes; menor e incluso nulo, las más remotas. Tal es el caso de la Historia del Próximo Oriente hasta una fecha cercana al 2.500 a.C.. En el ámbito de las cronologías absolutas la arqueología utiliza tres procedimientos usuales de datación: estratigrafía, dendrocronología y carbono 14. Pero todos ellos presentan importantes limitaciones. Aunque el establecimiento de estratos arqueológicos conforme a los niveles de ocupación-destrucción permite establecer series (generalmente de estilos cerámicos) con los restos de cultura material, el problema se plantea cuando las piezas halladas se encuentran fuera de su contexto arqueológico debido a la remoción del terreno en fecha posterior. De todos modos los arqueólogos suelen datar en términos circa (ca., abreviado) y resultan poco fiables las fechas absolutas aportadas por este procedimiento. La dendrocronología, en cambio, es más segura, aunque todavía poco utilizada. Consiste en establecer la datación de un resto arbóreo por el número y grosor de las capas acumuladas en su corteza, que son diferentes en cada área pero idénticos en una zona determinada, homogénea en cuanto al grado de humedad o precipitación anual. Mediante secuencias progresivas, partiendo de los troncos recientes hasta los restos más antiguos, se ha llegado a establecer la cronología de las diversas áreas en términos de anualidad. Por otra parte, la datación por el C 14 se aplica a restos orgánicos de gran antigüedad, basándose en el hecho de que un isótopo radiactivo del carbono, el C 14, presente en la materia orgánica viva en términos porcentuales se consume progresivamente después de la muerte, de tal manera que la cantidad de C 14 contenida es la mitad después de 5.568 años, lo que permite determinar el momento de la muerte en función del C 14 perdido. Pero esta forma de datación se ha revelado bastante imprecisa, por lo que suele ir seguida de la expresión plus minus (+/-) o +/- 50 ó 100 años, que debe entenderse como aproximación u oscilación. Aparte de estos tres métodos de datación arqueológica, la historiografía aporta dos más. Uno, basado en los testimonios escritos y fechados del pasado. Otro, en la comparación de éstos con otros testimonios no fechados. Para el primero se han utilizado sobre todo Crónicas y Listas reales, aunque elaboradas generalmente mucho después. Tal es el caso de la Lista real sumeria, confeccionada durante la Dinastía de Isín a comienzos del II milenio y que recoge las sucesivas Dinastías desde tiempos inmemoriales, más míticos que históricos. En consecuencia, la duración de los reinados es ficticia como la propia sucesión de Dinastías, puesto que algunas de ellas han sido coetáneas. Sólo hacia el 2900 a.C. los reinados son más cortos, pero hasta ca.2.500 ó 2.400 la duración de éstos no regularmente comparable con la de la vida humana. No obstante, es posible que el cómputo no siga los parámetros tradicionales, pero proporciones como 241.200 (años de reinado) entre 8 (reyes) con una media de unos 30.000 (años por reinado) son difícilmente reducibles a cualquier otro parámetro. Otras Crónicas, como la Asiria, son incluso posteriores, ca.800 a.C., aunque la lista de reyes se remonta al 1.600 a.C. En estos documentos se observa también que no hay un único criterio de datación, siendo los más usuales los llamados "nombres de año" (en memoria de un evento relevante), los "epónimos" (bajo el nombre de algún magistrado) y los "años de reinado". Así, Hammurabí habría promulgado su famoso Código en el 8º año de su reinado. Pero el problema es que éste no se puede establecer con seguridad, dependiendo de la escala cronológica que se use. Hay pues tres sistemas de datación o cronologías alta, medía y baja, según que el reinado de Hamniurabí se establezca en 1.848-1.806, en 1.792-1.750 o en 1.728-1.696, respectivamente. En general la cronología seguida es la "media", pero no faltan partidarios de las otras, lo que origina un cierto confusionismo, dado que la oscilación de 120 años en el período babilónico modifica notoriamente las fases de evolución precedentes. De todos modos, cualquiera que sea el sistema asumido, la fiabilidad es muy discutible hasta ca.2.500 a.C., con una certeza mayor en las fechas más recientes y menor en las más remotas. Así, para el III milenio la cronología de Mesopotamia es bastante dudosa, pero el sincronismo con la egipcia, bien datada, permite establecer algunas certidumbres. Las variaciones son acusadas todavía en el II milenio, aun cuando los sincronismos son mejor conocidos. Durante la primera mitad, como hemos visto, la cronología oscíla hasta 120 años desde la "alta" a la "baja", siendo de 56 entre aquélla y la "media" y de 64 entre ésta y la "baja". Para la segunda mitad los documentos escritos son ya abundantes y la posibilidad de error no sobrepasa los 10 años. En fin, durante el I milenio la contrastación de fuentes de origen diverso (asirio, egipcio, persa) permite establecer sincronismos sistemáticos de tal modo que la cronología resultante es válida salvo error tan sólo de 1 ó 2 años. La cronología egipcia, mucho más precisa en principio, plantea otro tipo de problemas. Como es sabido, la tradicional organización por Dinastías faraónicas (30 ó 31 con unos 190 faraones o reyes) es debida a Manetón, quien escribió en griego una lista real a comienzos del siglo III a.C., en plena época helenística. Pero la organización de la historia egipcia por períodos de auge ("imperios") y declive ("períodos intermedios" y "crisis") es un producto de la egiptología moderna que, sin embargo, no resuelve el problema de la arbitrariedad o convencionalismo implícito en el esquema "Dinástico" ideado por Manetón: no hay una clara solución de continuidad entre Dinastías. Éstas a veces no son tales, sino que incluyen en la sucesión a personajes de las noblezas locales no pertenecientes a la familia real. Es arbitrario probablemente el criterio que excluye a algunas Dinastías como ficticias (la VII), que sólo reconoce a un faraón (XXVIII y XXIX) o dos (XXIV y XXX), mientras que la mayoría oscila entre 5 y 10 soberanos por Dinastía, aunque la XVIII, por ejemplo, excede ampliamente este número: 14. La razón de estas vacilaciones radica en el propio sistema de cómputo egipcio, no unitario, en el que las fechas se adscribían a "años de reinado", esto es, al ordinal correspondiente al de acceso al trono, por lo que cada relevo en el poder implicaba de hecho un nuevo cómputo, una "nueva era". Por otra parte, el sistema secuencial aportado por los datos arqueológicos (el llamado "Sequences Date" debido a Petrie) presenta un error de plus minus 70 años, aunque los casos límites son frecuentes, según que se utilice el sistema arqueológico o el cómputo astronómico. Por ejemplo, el inicio del "Imperio Medio" se suele hacer coincidir con el comienzo de la Dinastía XII con Amenemhat ca.2.000, a.C.. Pero sobre la base del ciclo sotíaco, que sólo cada 1.460 coincidiría con el comienzo del año solar (en julio, para los egipcios, como aparición de las "crecidas" del Nilo), el comienzo de esta Dinastía se retrotraería hasta 3.579 a.C., lo que automáticamente implicaría rebajar más de dos milenios el inicio de la Dinastía I, lo cual es inadmisible. Otro ejemplo ilustrativo es el período que transcurre entre 1.786 y 1.567. Según el esquema tradicional, en estos 220 años se suceden las dinastías XIII (1.786-1.633), XIV (1.786-1.603), XV-XVI (1.674-1.567) y XVII (1.630-1.567). Por tanto, esta última comenzaría cuando teóricamente la XIII está todavía en el poder. La misma coetaneidad se observa en la cronología de las Dinastías XXIII, XXIV y XXV (945-656). Esta superposición se explica por razones políticas recurriendo al argumento de la "anarquía", pero puede tratarse también de gobiernos paralelos en proceso de reunificación política con predominio alternativo del Delta sobre el Valle y viceversa. En cualquier caso, el balance temporal de los llamados "períodos intermedios" en la historia egipcia incluye hasta 9 dinastías, sobre un total de 20, con unos 600 años sobre aproximadamente 1.300 de reinado, lo que supone así un 50 % del período considerado (ca.2.200 a ca.900 a.C.). Con estas limitaciones de precisión cronológica, tanto en Mesopotamia como en Egipto, es preferible optar por una "cronología relativa", que se define como relación temporal (de anterioridad, simultaneidad, posterioridad) entre dos hechos conocidos, sin perjuicio de que las dataciones fiables sean incorporadas en el discurso a fin de situar hechos y personajes en un marco cronológico preciso. Por tanto, cronología "absoluta" y "relativa" no son excluyentes sino complemetarias y constituyen la base sobre la que se establece cualquier tentativa de periodización general.
 
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