Purificación

Práctica religiosa muy común entre los antiguos que la llamaban ablución, expiación o lustración. Había de dos clases; generales y particulares, que pueden considerarse como ordinarias y extraordinarias. Las purificaciones generales ordinarias se practicaban cuando en una asamblea, antes de los sacrificios, un sacerdote, después de haber mojado una rama de laurel o un tronco de Verbena en el agua lustral hacía la aspersión al pueblo. Las purificaciones generales extraordinarias se verificaban en las épocas de peste, de hambre o de alguna otra calamidad pública, y entonces estas purificaciones eran crueles y bárbaras en particular entre los griegos. Escogían a aquel de los habitantes de una ciudad que tenía el aspecto más feo o que era más deforme, lo conducían con pompa triste y lúgubre al lugar del sacrificio y después de varias prácticas supersticiosas o le inmolaban, o le quemaban y arrojaban sus cenizas al mar. Las purificaciones particulares ordinarias eran muy comunes, y consistían en lavarse las manos con agua común, cuando este acto se hacía en particular, y con agua lustral al entrar en los templos y antes de los sacrificios. Los que pretendían adquirir más pureza se lavaban la cabeza, los pies y hasta todo el cuerpo, inclusos los vestidos. Estaban obligados a ello los sacerdotes cada vez que tenían que entrar en las funciones de su ministerio. Además debían observar varias prácticas austeras durante muchos días antes de la ceremonia religiosa, tales como evitar cuidadosamente toda clase de impurezas y privarse hasta de los placeres permitidos e inocentes. Las purificaciones particulares extraordinarias, las usaban los que habían cometido algún crímen atroz, como el homicidio, el incesto, el adulterio etc. Estos eran purificados por unos sacerdotes llamados Farmaques, quienes les hacían aspersiones de sangre les frotaban con una especie de cebolla, y les ponían un collar de higos.
 
Volver