Presagio
Signo enviado a los hombres por los dioses para confirmarlos en sus empresas o disuadirlos. Se distingue entre "omen", presagio que se ofrece al oído y "auspicios", el que se ofrece a la vista. Estos presagios no eran determinantes; es decir, ante ellos, se podía actuar o no, por medio de fórmulas para conjurarlos. Esta debilidad humana consistía en considerar como indicios de lo futuro, los acontecimientos más sencillos y naturales, siendo una de la ramas más considerables de las creencias antiguas. Es preciso notar que se distinguían los presagios de los augurios, en que estos consistían en señales buscadas e interpretadas, según las reglas del arte augural, y que los presagios que se ofrecían fortuitamente, eran interpretados para cada particular de un modo más vago y más arbitrario. Pueden reducirse a siete clases, a saber: 1º) Las palabras fortuitas que los griegos llamaban femen y klédona y los latinos omen por orimen. Estas palabras fortuitas eran llamadas voces divinas cuando se ignoraba el autor de ellas. Tal fue la voz que advirtió a los romanos de la aproximación de los galos, y a la cual se edificó un templo bajo el nombre de Aio-Locucio. Estas mismas palabras recibían el nombre de humanas cuando su autor era conocido, y cuando se juzgaba que no venían inmediatamente de los dioses. Antes de empezar una empresa salían de su casa para recoger las palabras de la primera persona que encontraban o bien mandaban a este fin un esclavo, y sobre palabras proferidas a la aventura y que ellos aplicaban a sus designios, tomaban algunas veces resoluciones importantes. 2º) Los estremecimientos de alguna de las partes del cuerpo, principalmente del corazón, los ojos y las cejas. Las palpitaciones del corazón pasaban por una mala señal, y presagiaban particularmente la traición de un amigo. Los estremecimientos del ojo derecho y de las cejas eran por lo contrario, una buena señal. El adormecimiento del dedo pequeño, y el hormigueo del pulgar de la mano izquierda, nada significaba de favorable. 3º) El zumbido de las orejas. Los antiguos decían que cuando la oreja les zumbaba, alguno hablaba de ellos en su ausencia. 4º) Los estornudos. Este presagio era equívoco y podía ser bueno o malo según las ocasiones. Por este motivo se daba el salve a las personas que estornudaban, o bien se deseaba su conservación, cuya fórmula era ¡Júpiter te conserve!. Los estornudos por la mañana, esto es, después de la media noche hasta al medio día no se reputaban por buenos, eran mejores los del resto del día y en particular los que venían del lado derecho; bien que el amor les hacía siempre favorables a los amantes de cualquier lado que viniesen. 5º) Las caídas imprevistas. Camilo, después de la toma de Veies, viendo el gran botín que había recogido, rogó a los dioses que, con una pequeña desgracia, alejasen la envidia que podía ocasionar su fortuna o la de los romanos. Cayó mientras hacía la rogativa, y esta caída fue tenida en los sucesivo como el presagio de su destierro y de la toma de Roma por los galos. Las estatuas de los dioses domésticos de Nerón se encontraron derribadas en el primer día de enero, de donde se sacó el presagio de su destierro y de la toma de Roma por los galos y de la próxima muerte de este príncipe. Si cuando salían tropezaban en el umbral de la puerta, si se les rompía el cordón de su calzado, o levantándose de la silla se pisaban el vestido etc., todo esto lo tomaban por mal agüero. 6º) El encuentro de ciertas personas y de ciertos animales. Un etíope, un eunuco, un enano, un hombre contrahecho, les causaba miedo y les hacia retroceder. Había animales cuyo encuentro era afortunado como por ejemplo el león, las hormigas, las abejas. así como las serpientes, los lobos, las zorras, los perros, los gatos, etc., eran de mal agüero. 7º) Los nombres se empleaban con cuidado en las ceremonias religiosas, y en los negocios públicos y particulares, incluso cuando su significado designaba una cosa agradable. Querían que los niños que ayudaban en los sacrificios, que los ministros que hacían la ceremonia de la dedicación de un templo, que los soldados que se alistaban los primeros, tuviesen nombres afortunados, al paso que detestaban los nombres que significaban cosas tristes y desagradables. Puede añadirse a todos estos presagios la observación de la luz de la lámpara de la que sacaban diversos pronósticos y otros vanos que sería largo referir. No había época determinada para los presagios, porque jamás debían despreciarlos, pero se observaba más particularmente al principio de todo lo que se hacía. De donde derivaba la costumbre de los romanos de felicitarse mutuamente en el primer día de enero enviándose presentes, sobre todo de miel y de otros dulces, y procuraban al mismo tiempo no pronunciar palabra que no fuese agradable. Esta misma costumbre se extendía en todas las ceremonias religiosas, en los actos públicos que por esta razón comenzaban con el preámbulo: "quod felix, faustum, fortunatunque sit!", que sea feliz, venturoso y afortunado. Con igual cuidado se observaban en los asuntos particulares, como en los casamientos, en el nacimiento de los niños, en los viajes, en las comidas, etc. Sin embargo, no bastaba la mera observación de los presagios; debían aceptarse, si eran favorables, dar gracias a los dioses y pedirles que les ratificasen oon otros nuevos; si eran contrarios debían desecharlos y procurar borrar de su memoria la idea horrorosa que les causaba, rogando a los dioses que procurasen evitar sus efectos, cuando el presagio se había presentado casualmente; pues cuando se buscaba no quedaba otro arbitrio que someterse a la voluntad de los dioses. Finalmente, procuraban remediarlos de varios modos. La práctica más común para evitar el efecto de un discurso o de un objeto desagradable, era la de escupir inmediatamente, porque se creía que con esta acción arrojaban de sí el veneno que habían respirado. Cuando no podían evitar ciertas palabras de mal augurio tomaban la precaución expresa a todo lo que podían presagiar de mal. Por lo regular se servían del expediente de suavizar los términos, sustituyendo expresiones que presentasen al espíritu, imágenes menos tristes y menos horrorosas. Así es que los atenienses a la cárcel la llamaban casa; al verdugo, hombre público; a las Furias, las Euménides, etc.. Ver, Adivinación.

