Lares
Deidades domésticas de origen latino, etrusco y sabino, cuya función fue la de proteger las encrucijadas, las murallas y los recintos domésticos. Los lares no poseen mitología propiamente dicha. En su origen, divinidades de la fecundidad y de los campos que recibían un culto privado, pero también un culto semipúblico en las encrucijadas de las ciudades. Después, divinidades protectoras del hogar (lar familiaris). La leyenda de su nacimiento, tal como la cuenta Ovidio (Ver, Lara), que los presenta como hijos de Mercurio, significa simplemente que los Lares tienen funciones análogas a las de Mercurio-Hermes, dios de las encrucijadas y también de la prosperidad. Su origen real hay que buscarlo en la asociación de las fuerzas oscuras (de ahí su relación con Larentia, la diosa de los muertos etrusca) y con el "robo" a la Naturaleza de la tierra virgen. Eran los dioses domésticos, los genios de cada casa, los guardianes de las familias. Apuleyo dice que los Lares no eran otra cosa que las almas de los justos y de los que habían llenado completamente los deberes de la vida. Al contrario, los que habían vivido mal erraban vagabundos y espantaban a los hombres. Según Servio, el culto de los dioses lares tiene su origen de la antigua costumbre de enterrar los cadáveres en las casas, lo que dio lugar a que el pueblo crédulo se imaginase que sus almas permanecían en ellas como genios benéficos y propicios, y que debían por lo tanto ser honrados como a tales. Se puede añadir también que habiéndose introducido la costumbre de enterrar a los muertos en los caminos, espoleó la credulidad a mirarlos como dioses de los caminos. Según los platónicos, las almas de los buenos eran los lares, y los lemures las de los malvados. Los lares se representaban antiguamente, dice Plauto, bajo la figura de un perro, sin duda porque los perros ejercen las mismas funciones que los lares, que es de guardar la casa, y estaban persuadidos de que estos dioses alejaban de ellos todo lo que hubiera podido dañarles. El lugar que por lo regular ocupaban en las casas, era detras de la puerta o alrededor de los hogares. Se representaban sus estatuas en pequeño. Se ponían en un oratorio particular, y se tenía cuidado de conservarlo bien aseado, y en las casas grandes había un criado ocupado únicamente en el servicio de estos dioses, encargó que los emperadores acostumbraban a confiar a un liberto. Sin embargo, sucedía algunas veces que se les perdía el respeto a su presencia, como en la muerte de alguna persona querida, pues entonces se acusaba a los lares de no haber velado bien en su conservación y de haberse dejado sorprender por los genios malévolos. Un día Calígula hizo arrojar a los suyos por la ventana, porque decía que no estaba contento de su servicio. Cuando los niños romanos llegaban a la edad en que se les quitaban los joyeles, que sólo llevaban en su infancia, los colgaban al cuello de los dioses lares. "Tres jóvenes revestidos de túnicas blancas entraron, dice Petronio, dos de los cuales pusieron sobre la mesa los lares adornados de joyeles y el otro, girando con una copa de vino en la mano, clamó: ¡Séannos propicios estos dioses!". Los esclavos les ponían también sus cadenas cuando recibían la libertad. Se distinguían muchas especies de lares: los públicos que presidían los edificios del procumunal; los de la ciudad, Urbani; los de las encrucijadas, Compitales; los lares de los caminos, Viales; los de las campiñas, Rurales; los enemigos, Hostiles, y otros que cuidaban de alejar al enemigo. Familiares los que presidían las casas y las familias; Parvi, los de los campos, cuyas estatuas eran muy sencillas tanto por lo que toca a la materia, como por lo perteneciente a la forma; Publici, reyes y príncipes que elevados al cielo después de su muerte, solicitaban el socorro de los dioses para el estado: se les sacrificaba un tocino en las encrucijadas. Se establecieron lares marinos para las naves (permarini). Algunos autores creen que estos eran Neptuno, Tetis y Glauco. No deben confundirse con los dioses pataicos, que se ponían en la proa de las naves. Las doce divinidades de la primera jerarquía, eran contadas también entre los Penates. Asconio Pediano, explicando los Diis magnis de Virgilio, pretende que los dioses mayores, son los lares de Roma. Jano, según Macrobio, era uno de los dioses lares porque presidía en los caminos. Harpócratres era contado también entre los mismos. Apolo, Diana, Mercurio eran reputados como lares, porque se encontraban sus estatuas en las esquinas de las calles y en los caminos. En general, eran llamados lares, todos los dioses considerados como patronos y tutelares de los lugares y de los particulares, y todos los dioses cuya protección se deseaba o invocaba en cualquier género que fuese. Propercio nos dice que los lares arrojaron Aníbal de delante de los muros de Roma, porque se le aparecieron algunos fantasmas nocturnos que le atemorizaron. Cuando se sacrificaba a los lares en público, se les ofrecía un cerdo, pero en particular se les ofrecía casi todos los días vino, incienso, una corona de lana y un poco de lo que se ponía a la mesa. Se les hacían frecuentes libaciones, que a veces pasaban a ser sacrificios. Ovidio, en sus Fastos, da a los dioses lares por atributo, un perro, y Plutarco dice que se les cubría con la piel de estos animales. Una fuente etrusca, representa dos lares públicos, sentados, apoyados en sus escudos, y teniendo sus picas como para alejar los enemigos. Dionisio de Halicarnaso hace mención de un templo en Roma, cerca del foro, donde se veían las imagenes de los Penates troyanos que cada uno podía mirar libremente, y donde se leía la inscripción Denas, que significa Penates. Los lares tenían un templo en Roma en el campo de Marte. Junto al genius Augusti han contribuido a la formación de la religión imperial bajo Augusto. Los romanos celebraban en su honor los Compitalia. Representábase a los lares, fundidos en bronce, como esculturas pequeñas (20-30 cm) que se hacían por parejas y representaban a jóvenes o adolescentes de túnica corta con sandalias o botas y cimbreándose esbeltamente sobre la punta del pie. Los brazos, siempre levantados, portaban en una mano una pátera, para derramar las libaciones, y en la otra, una cornucopia o cuerno de la abundancia, lleno de flores y frutas. Estas figurillas, a diferencia de la escultura monumental, no siguen una tradición clásica, lo que otorgaba al artesano mayor libertad artística. Ver, Grudiles, Lar.

