Marrana
Sirvió de presagio a Eneas, según refiere Dionisio de Halicarnaso. Este príncipe supo por el oráculo de Dodona que, cuando llegara a Italia, debía tomar por guía un animal de cuatro patas, y que en el lugar donde éste se dejara caer de cansancio, debía edificar una ciudad. Luego de haber desembarcado se preparaba para sacrificar una marrana preñada cuyos pequeñuelos debían también ser inmolados, pero habiendo la marrana roto los lazos, en el momento que los sacerdotes se preparaban para empezar el sacrificio, se escapó de entre sus manos y emprendió la fuga atravesando la campiña. Eneas comprendió entonces que aquélla era la guía anunciada por el oráculo, así es que la siguió de lejos con algunos de sus compañeros, por miedo de esquivarla y de separarla de la ruta marcada por los destinos. La marrana se alejó de la mar cerca de veinticuatro estadios y ganó la cima de una colina, donde se dejó caer de cansancio. Habiendo reflexionado Eneas la situación de aquél lugar poco cómodo, dudaba de si debía obedecer al oráculo, cuando oyó una voz que salía del bosque vecino que le mandaba construir lo más pronto posible una ciudad en aquel lugar, y le decía que los destinos reservaban a los troyanos un establecimiento más considerable, para después que hubiesen morado en él tantos años como pequeñuelos tuviera la marrana. Eneas obedeció la voz celestial y edificó la ciudad de Lavinia. Al día siguiente la marrana parió treinta pequeñuelos, lo que dio a conocer a Eneas que treinta años después los de su nación construirían otra ciudad mayor. Este príncipe inmoló, en el mismo lugar en honor de sus dioses penates, a la madre con los treinta pequeñuelos. Ver, Lavinia.

