Juramento de los dioses
El juramento solemne de los dioses era por la aguas de Estigia. La fábula dice, que habiendo la Victoria, hija del Estigio, socorrido a Júpiter contra los gigantes, el dios mandó en reconocimiento que los dioses juraran por sus aguas, y que si perjuraban serían privados de vida y sentimiento por espacio de nueve mil años, según Servio, que explica el motivo de esta fábula diciendo que siendo los dioses felices e inmortales, juran por el Estigio, que es un río de tristeza y de dolor, como por una cosa que les es enteramente contraria; lo que se llama jurar por modo de execración. Hesíodo, en su Teogonía, refiere que cuando alguno de los dioses ha mentido, Júpiter envía a Iris para que le lleve un vaso de oro lleno de agua de la Estigia sobre el cual el dios debe jurar; y si perjura está un año sin vida ni movimiento, pero este año contiene muchos millones de los nuestros. Diodoro de Sicilia dice que en el templo de los dioses Pálices, en Sicilia, se iban a hacer los juramentos acerca de los más importantes negocios, y que el castigo seguía siempre de cerca al perjuro: "Se ha visto, dice, salir algunos ciegos; y la persuasión en que se está de la severidad de los dioses que lo habitan hace que se terminen los mayores procesos por el solo juramento pronunciado en este templo. No hay ejemplos que hayan sido violados estos juramentos". Los romanos juraban por los dioses y por los héroes puestos en el número de los semidioses, especialmente por los cuernos de Baco, por Quirino, por Hércules, por Cástor y Pólux. El juramento de Cástor se exprimía por esta palabra, Ecástor, por Pólux, Edepol por Hércules, Hecle o me Hercie, Aulo Galio observa que el juramento por Cástor y Pólux fue introducido en la iniciación de los misterios de Eleusis, y que de allí pasó al uso ordinario. Las mujeres juraban comúnmente por Cástor, y los hombres por Pólux. Juraban también aquellas por Juno como los hombres por su Genio. En tiempo de los emperadores, la lisonja introdujo jurar por su salud o por su genio. Tiberio, dice Suetonio, no quiso sufrirlo; pero Calígula hacía perecer a los que rehusaban hacerlo; y se llegó hasta el exceso de locura de mandar que se jurase por la salud y la fortuna del hermoso caballo que quiso fuese su colega en el consulado.

