Parsondes
o Parsondas. Persa, héroe de una aventura singular. Valeroso guerrero, cazador intrépido, era favorito del rey de los medos, Arteo. Varias veces le había pedido que le concediese el cargo de sátrapa de Babilonia, un hombre afeminado llamado Nánaro, pero Arteo nunca había accedido. Al fin Nánaro, enterado de las intenciones de Parsondes, decidió vengarse y prometió una recompensa a quien se lo entregase. Habiéndose extraviado Parsondes, durante una cacería en las cercanías de Babilonia, encontróse con partidarios de Nánaro, los cuales lo embriagaron y lo convencieron de que pasara la noche con ellos. Luego, una vez dormido, lo ataron y le llevaron a su enemigo. Éste lo entregó a sus eunucos con orden de obligarlo a llevar vida de mujer en su harén. Pronto Parsondes aprendió a tocar la cítara, a bailar, a ataviarse, y se convirtió en una de las mujeres del sátrapa. Llevó esta vida por espacio de siete años. Al cabo de este tiempo consiguió, ayudado por un eunuco, enviar un mensaje al rey Arteo, que lo creía muerto. Al saber que su favorito vivía, éste expidió un embajador a Nánaro para reclamarle la libertad de Parsondes. Nánaro respondió que ignoraba dónde se encontraba éste, pero, amenazado de muerte por el rey, terminó entregando a su prisionero, quien se había afeminado hasta tal punto que el embajador apenas lo reconoció entre las ciento cincuenta mujeres de Nánaro. Cuando Parsondes volvió a la corte de Arteo, clamó venganza, pues, según dijo, sólo la esperanza de conseguirla lo había sostenido durante su largo e infame cautiverio. Arteo prometió castigar a Nánaro, pero éste, por medio de presentes, supo corromper al rey, el cual acabó negándose a la petición de Parsondes. Entonces éste abandonó la corte, y al frente de tres mil hombres, huyó al país de los cadusios, donde su hermana estaba casada con uno de los principales magnates del país. Estalló la guerra y, gracias a su habilidad, Parsondes obtuvo la victoria. Los cadusios lo proclamaron rey, y la guerra no cesó ya entre los medos y los cadusios. Al morir Parsondes, su sucesor, que le había jurado no hacer jamás las paces con sus enemigos, siguió la misma política, continuando aquella situación hasta que Ciro incorporó a los cadusios a su imperio.

