Josué

o Yehoshua o Iesous o Iosue(finales siglo XIV a.C.). Sucesor de Moisés y "siervo de Yahveh". Hijo de Nun, de la tribu de Efraím. Se llamaba Oseas, pero Moisés se lo cambió por el de Josué. Su papel en la saga que narra la salida de los israelitas de Egipto y su viaje a la Tierra Prometida es sólo inferior al de Moisés. Si durante 40 azarosos años Moisés condujo a la generación del Éxodo desde el Mar Rojo hasta la ribera oriental del Jordán, correspondería a Josué conducir a la generación siguiente a la otra orilla del Jordán, derrotar a reyes, pueblos y ciudades y, finalmente, dividir la Tierra Prometida entre las doce tribus de Israel y los levitas. Tras la muerte de Moisés, Dios habló a Josué y le dijo que se apoderara de todo el país que se extendía entre el "gran mar" (el Mediterráneo) y el Éufrates. Pese a que las tribus de Rubén y Gad, así como la mitad de la tribu de Manasés, habían recibido asignaciones de tierras al este del Jordán, sus guerreros acompañaron a sus tribus hermanas cuando Josué cruzó el Jordán por el norte, no muy lejos del Mar Rojo, y comenzó la primera de sus campañas. Durante esta fase, que sería también la principal, se produjo en primer lugar la captura de Jericó, en el valle al oeste del río, y de Ay, en las colinas que se extendían más hacia occidente. Luego, descendiendo hacia el sur a lo largo de una cadena de montes, se sometió a los gabaonitas (los naturales de Gabaón), haciendo uso para ello de una mezcla de diplomacia, fuerza y engaño. Derrotó a continuación a la confederación de reyes que encabezaba el monarca de Jerusalén y, finalmente, se llevaron a cabo una serie de operaciones de limpieza que condujeron a los israelitas aún más al sur hasta llegar a Gaza. La segunda fase de la campaña de Josué se desarrolló en el norte, al oeste del Mar de Galilea, donde derrotó a una liga formada por los cananeos. Aunque, en teoría, todas estas tierras seguían perteneciendo al imperio egipcio, en la práctica Egipto tenía sobre ellas un poder meramente nominal, de modo que los adversarios de Josué fueron en realidad una amalgama de pueblos vagamente relacionados entre sí. La principal desventaja a la que tenía que hacer frente Josué era la carencia de máquinas de asedio y de carros. Pero contaba con algo a su favor: la derrota que Moisés había infligido en la orilla oriental del río a los reyes Sijón y Og había hecho que cundiera la inquietud y el desaliento en las tierras occidentales, de modo que la moral de los enemigos de Josué antes de que se enfrentara a ellos era más bien baja. Antes de cruzar el río, Josué envió a dos espías a Jericó. Estos se alojaron en casa de una prostituta, de nombre Rajab, que, comprendiendo que el futuro sería de los israelitas, decidió asegurárselo, escondiendo primero a los espías en el tejado de su casa y ayudándoles luego a huir por una cuerda que había dejado caer desde su ventana que, por una feliz coincidencia, daba a las murallas de la ciudad. Los espías, tras garantizarle que la protegerían cuando cayera la ciudad (como así ocurrió), llegaron hasta Josué provistos de una información muy alentadora. El arca de la alianza, escoltada por los levitas, fue transportada hasta el río, que inmediatamente se secó, permitiendo que lo cruzaran 40.000 guerreros. Un miembro de cada una de las tribus cogió una piedra de en medio del curso del río y se la entregó a Josué, que erigió con ellas un monumento en Guilgal. Una vez alcanzada la orilla occidental, era imprescindible cumplir un requisito previo: Josué ordenó que toda la hueste fuera circuncidada. Los israelitas que habían partido de Egipto estaban circuncidados, pero durante los cuarenta años de marcha por el desierto no se habían realizado circuncisiones, de lo que se deduce que, dado que Josué y Caleb eran los únicos israelitas que habían cruzado tanto el Mar Rojo como el Jordán, el resto de sus compañeros aún seguían sin circuncidar. Superado este inconveniente, Josué avanzó sobre Jericó. Durante seis días consecutivos, los israelitas, transportando el arca y provistos de trompetas hechas con cuernos de carnero, estuvieron desfilando frente a las murallas hasta completar una vuelta cada día. Al séptimo, completaron siete vueltas y, una vez concluidas, hicieron sonar las trompetas y empezaron a gritar. Las murallas se desmoronaron al instante. Esta milagrosa victoria hizo que la moral de los israelitas subiera como la espuma y contribuyó a hundir aún más la de sus enemigos. Sin embargo, la conquista de la siguiente plaza fuerte (la ciudad de Ay) no resultó tan sencilla, y se vio precedida de un revés, fruto de un exceso de confianza. El primer ataque fue rechazado. Ocurría que un israelita había cometido un sacrilegio al apropiarse de parte de los despojos de guerra comunales. Cuando se descubrió al culpable, un tal Akán, tanto él como toda su familia fueron lapidados y luego quemados. Se reemprendió entonces el asalto y la ciudad cayó en sus manos tras haber hecho salir a sus defensores mediante una estratagema. La ciudad fue sometida al saqueo, su monarca fue ahorcado y 12.000 de sus habitantes fueron asesinados. Josué se dirigió entonces al sur, hacia las ciudades de los gabaonitas, con los que es probable que ya hubiera entablado negociaciones antes del asedio de Ay. Estableció con ellos un pacto, consiguiendo así separarles de sus vecinos y, a continuación, alegando que le habían engañado haciéndole creer que sus tierras se encontraban mucho más alejadas de lo que en realidad estaban, los denunció y los redujo a la condición de ciudadanos de segunda a perpetuidad, "leñadores y aguadores de la casa de mi Dios". Sus pueblos hermanos, indignados por la deserción de los gabaonitas, formaron una coalición para castigarlos: una liga de cinco reyes, encabezada por Adoni Sédeq, de Jerusalén. Pero Josué les hizo frente y los derrotó en una larga batalla, que conseguiría ampliar aún más al ordenar al sol que permaneciera inmóvil. Tras liquidar a todos aquellos reyes, Josué completaría su conquista de las tierras altas aniquilando a otras poblaciones y arrasando varias ciudades más. A partir de entonces, estuvo en condiciones de elegir entre desplazarse hacia el sur, donde se encontraban las ciudades de los filisteos, o hacia el norte, en dirección a Samaria y Galilea. Decidiría hacer ambas cosas. Al sur, invadió las tierras bajas hasta la altura de Gaza, aunque deteniéndose justo antes de alcanzar las principales ciudades costeras de los filisteos. Al norte, se enfrentó contra una liga cananea, liderada por Yabín, el rey de Jasor, y, una vez más, obtuvo un triunfo completo, al conseguir que los carros cananeos se metieran en un paso estrecho donde no podían maniobrar, para luego abalanzarse sobre ellos. Esta victoria le valió el control de todas las tierras que se extendían entre el Mar de Galilea y la costa, excluidas las principales ciudades costeras de los fenicios. El número de reyes a los que derrotó Josué tras cruzar el Jordán alcanzó la cifra de 31. En un sentido histórico más general, Josué y los israelitas conquistaron y redujeron a servidumbre a la mayor parte de los pueblos que habían llegado a estas tierras durante los ss. XVII y XVI a.C., y tan sólo la franja costera quedó fuera de su dominio. La historia de los dos siglos siguientes se caracterizaría por sucesivos intentos por parte de estos pueblos para hacer que se volvieran las tornas, así como por las campañas de los jueces de Israel, cuyo objetivo era mantener o recobrar el dominio israelita sobre este territorio. A la conquista de Josué le siguió el asentamiento de las tribus. En Silo (que sería el gran centro sagrado de los israelitas hasta que David trasladó el arca de la alianza a Jerusalén, su nueva capital), Josué y Eleazar, el hijo de Aarón, dividieron la tierra conquistada por lotes para distribuirlos entre nueve tribus y media (las tribus de Rubén, Gad y la mitad de la de Manasés, ya habían sido instaladas al este del Jordán). A los levitas, en lugar de otorgarles un territorio, se les asignaron 48 ciudades junto con sus alrededores, esparcidas por las tierras de las doce tribus "con los pastos correspondientes para sus ganados y sus haciendas". Igualmente, se establecieron seis ciudades de asilo, tres a cada lado del río, donde un hombre que hubiera cometido un asesinato podía refugiarse para escapar a la venganza hasta que fuera oportunamente juzgado. A Josué se le entregó la ciudad de Timnat Séraj, junto al monte Efraím, donde moriría y sería enterrado a los 110 años de edad. Antes de morir, recordó a los israelitas los dones que Dios les había otorgado, les imploró que conservaran su fe y les advirtió de que los pueblos que vivían en su tierra (sojuzgados pero no exterminados) constituían una amenaza para ellos.
 
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