Lázaro

Nombre que figura tan sólo en el Evangelio de Juan, donde se dice que era hermano de Marta y María, con quienes vivía en Betania. Jesús, según cuenta Juan, sentía especial afecto por los tres. Mientras Jesús se hallaba fuera de Betania, le llegó la noticia de que Lázaro se hallaba enfermo, pero que ahora dormía y no tardaría en recuperarse. Él, sin embargo, dijo que Lázaro no estaba dormido sino muerto. Cuando ya se acercaba a Betania, se enteró de que hacia cuatro días que Lázaro había fallecido. Marta acudió al encuentro de Jesús y le dijo que si él se hubiera hallado presente su hermano no habría muerto. Jesús le respondió que resucitaría. María imaginó que se refería a la resurrección del Día del Juicio, pero Jesús le dijo que él mismo le iba a devolver la vida. Llegó luego María con la misma desconsolada historia de que Lázaro no habría muerto de haber estado Jesús presente, y no tardaron en verse rodeados de una gran concurrencia de gentes que lloraban acongojadas. Entonces, "Jesús se echó a llorar" (éste es el más breve de todos los versículos en que se dividiría la Biblia en tiempos posteriores). A pesar de las objeciones de Marta, que temía que al llevar Lázaro cuatro días muerto el olor sería nauseabundo, Jesús pidió que se retirara la piedra que cubría la tumba. Así se hizo y, tras llamar Jesús a Lázaro para que saliera, apareció éste cubierto de vendajes. En una ocasión posterior, mientras Jesús comía con Lázaro y sus hermanas, una de ellas vertería sobre su cabeza un precioso ungüento. La resurrección de Lázaro es el milagro de Jesús que exige a una mente contemporánea un mayor esfuerzo para creer en su veracidad. En la Edad Media, sin embargo, Lázaro era venerado como si se tratara de un santo, y tras la conquista de Tierra Santa por los cristianos, en tiempos de la Primera Cruzada, su casa de Betania fue adquirida por la reina Melisanda para levantar allí un convento bajo su advocación. Ver, Marta, María.
 
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